Los límites de bajar impuestos a medida que baja el gasto
Aunque la economía creció y hubo avances en equilibrio fiscal, el esquema de gradualismo impositivo muestra límites estructurales que siguen afectando la competitividad de la producción.
El 2025 cerró con datos que, a primera vista, podrían interpretarse como alentadores. La economía volvió a crecer, se alcanzó el equilibrio fiscal y se avanzó en la eliminación o reducción de algunos impuestos particularmente distorsivos. Sin embargo, cuando se observa con mayor detalle la dinámica tributaria, aparece una señal clara: el gradualismo impositivo, tal como se viene aplicando, muestra límites que son inconsistentes con las urgencias que tiene la producción nacional de aumentar su competitividad.
Desde hace décadas, el sistema tributario argentino combina una presión elevada con una estructura profundamente ineficiente. Pero el problema no es sólo cuánto se recauda, sino cómo se recauda. A la alta presión impositiva se suma otro rasgo crítico: la proliferación de impuestos que castigan muy negativamente a la producción. Esta dinámica pone de relieve una distinción central que suele quedar fuera del debate público: no es lo mismo tener impuestos altos que tener impuestos malos. Los impuestos “buenos” son aquellos que recaudan con menores pérdidas de eficiencia, porque alteran menos las decisiones de producir, invertir o contratar. Suelen ser más neutrales, más simples de administrar y más difíciles de evadir. En este grupo se ubican, típicamente, el IVA y el impuesto a las Ganancias.
Los impuestos “malos”, en cambio, son los que distorsionan los precios relativos, penalizan el uso del sistema formal, encarecen el capital de trabajo y quitan competitividad. Son impuestos que pagan sólo quienes producen dentro del país. A nivel nacional, el impuesto al cheque y los derechos de exportación son ejemplos claros.
¿Qué avances hubo en 2025?
Durante 2025 se adoptaron decisiones tributarias relevantes. La eliminación del impuesto PAIS, la reducción de los derechos de exportación y algunos ajustes en impuestos patrimoniales e internos fueron pasos en la dirección correcta. Estos cambios representaron un alivio concreto para sectores productivos que venían operando bajo una presión fiscal asfixiante y con márgenes cada vez más estrechos. Sin embargo, son apenas un alivio para un sistema productivo que enfrenta crecientes niveles de integración al mundo con un tipo de cambio que no es alto.
Los datos de recaudación sugieren lo lejos que estamos de las soluciones. Según ARCA, en términos reales la recaudación del IVA creció apenas un 0,4% por encima de la inflación, mientras que el impuesto a las Ganancias aumentó sólo un 0,2%. En contraste, la recaudación del impuesto al cheque se incrementó un 4,7%, acompañando el nivel de actividad.
En 2025 ocurrió, entonces, exactamente lo contrario de lo que debería suceder en un proceso de normalización tributaria. Los impuestos “buenos” no aumentaron su protagonismo, mientras que los “malos” siguieron mostrando una dinámica sólida.
Esto deja al descubierto la paradoja central del gradualismo tributario: se confía en que el crecimiento económico permitirá, con el tiempo, reemplazar impuestos distorsivos por tributos más eficientes, pero ese mismo crecimiento se ve limitado por la persistencia de los impuestos que se busca eliminar.
La estrategia debería ser otra
Una estrategia más consistente exige ir más allá del gradualismo y complementar el orden fiscal con acciones que permitan que los impuestos “buenos” absorban a los “malos”. Esto implica fortalecer tributos como el IVA y Ganancias sin poner en riesgo el equilibrio fiscal.
Para que esto sea viable, resulta imprescindible modernizar y profesionalizar ARCA. Una administración tributaria más eficiente permitiría reducir la evasión y avanzar hacia la eliminación de los derechos de exportación y del impuesto al cheque, además de abrir el debate sobre un posible “Súper IVA” que absorba Ingresos Brutos y tasas municipales.
Allanar los obstáculos que el sistema tributario impone sobre la producción es una condición indispensable para darle sostenibilidad al crecimiento del PBI. Y esto difícilmente se logre con gradualismos.
(*) Economista de Idesa
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