El uso de la Inteligencia Artificial ya es una realidad cotidiana en las escuelas argentinas y abre una discusión de fondo que excede lo tecnológico. Tutorías personalizadas, aprendizaje adaptativo, automatización de evaluaciones y gestión basada en datos conviven con alertas sobre el pensamiento crítico, la autonomía intelectual y el desarrollo socioemocional de niños y adolescentes.
El debate se apoya en el informe “Inteligencia artificial en la educación: desafíos y perspectivas”, elaborado por María Sol Alzú y Martín Nistal (Argentinos por la Educación) junto a Andrés Salazar-Gómez y Sanjay Sarma, investigadores de la Universidad de Massachusetts (MIT). El documento pone el foco en el sistema educativo argentino y advierte que la discusión no es si la IA debe o no estar en la escuela, sino cómo y para qué se la incorpora.
Los datos confirman la magnitud del fenómeno. Según relevamientos de UNICEF y UNESCO, el 76% de los chicos y chicas de entre 9 y 17 años conoce la IA generativa y el 58% ya utilizó herramientas como ChatGPT. En la mayoría de los casos, el uso tiene fines educativos: dos de cada tres la emplean para hacer trabajos escolares. También aparece asociada a la búsqueda de información, la curiosidad y el entretenimiento.
Aprendizaje personalizado
Entre los principales aportes de la IA al aprendizaje, el informe destaca los sistemas de tutoría inteligente, capaces de responder consultas, adaptar explicaciones y ofrecer retroalimentación inmediata según el ritmo y el nivel de cada estudiante. A esto se suman los sistemas de aprendizaje adaptativo, que reorganizan contenidos, evaluaciones y secuencias didácticas en función del desempeño individual.
Las evaluaciones automatizadas, los chatbots educativos y las tecnologías de asistencia —como el reconocimiento de voz o la traducción automática— aparecen como herramientas con alto potencial inclusivo, especialmente para estudiantes con discapacidades o barreras idiomáticas. En paralelo, la IA también impacta en la tarea docente. La generación automatizada de contenidos permite crear actividades personalizadas en pocos minutos, mientras que la corrección automática facilita analizar grandes volúmenes de trabajos, detectar errores recurrentes y ofrecer devoluciones más rápidas y precisas. Los reportes basados en datos, a su vez, abren la puerta a intervenciones pedagógicas más focalizadas.
Gestión educativa
El informe subraya que el impacto de la IA no se limita al aula. En la administración educativa, las plataformas analíticas permiten procesar información sobre matrícula, asistencia y recursos, optimizando la planificación institucional. Los asistentes virtuales pueden agilizar trámites como inscripciones, becas o emisión de certificados.
Uno de los desarrollos más relevantes son los sistemas de alerta temprana, que utilizan algoritmos para identificar riesgos de inasistencia, bajo rendimiento o abandono escolar. Estas herramientas permiten intervenir a tiempo y sostener las trayectorias educativas más vulnerables. Además, una mejor gestión de datos fortalece la gobernanza y el diseño de políticas públicas basadas en evidencia.
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El documento dedica un apartado central a los riesgos del uso intensivo de IA en educación. Entre ellos, señala el aprendizaje superficial, la pérdida de pensamiento crítico, el aislamiento social, la deshonestidad académica y los sesgos algorítmicos. La advertencia es clara: depender excesivamente de estas herramientas puede debilitar la creatividad y la autonomía intelectual.
“El principal riesgo de la IA para el aprendizaje es epistémico: puede acelerar la adquisición de información, pero distorsionar la comprensión”, sostiene Alejandro Artopoulos, director del Centro de Innovación Pedagógica de la Universidad de San Andrés. Para el especialista, el desafío es desarrollar competencias críticas y creativas primero en docentes y luego en estudiantes: “No hay atajos ni nativos digitales con la IA”.
Desde el MIT, Andrés Salazar-Gómez plantea que la clave es la alfabetización en inteligencia artificial: “Las nuevas generaciones crecieron con la IA, pero eso no las convierte automáticamente en usuarias críticas y responsables. Sin alfabetización, será la tecnología —y quienes sí la entienden— la que controle a la sociedad”. En la misma línea, Agustina Brizio, coordinadora de innovación y tecnologías digitales de Asuntos del Sur, destaca el potencial de la IA para una educación más centrada en los estudiantes, pero advierte sobre riesgos como la validación constante y la psicofancia, especialmente problemáticas en edades tempranas.
Para Santiago Siri, presidente de Democracy Earth Foundation, el foco no debe estar en prohibir ni idealizar la tecnología: “La IA ya está en el aula. El desafío es diseñar reglas claras, alfabetismo en IA y supervisión humana para que la personalización no se convierta en desigualdad”.