La ciudad pensada

Borges: el escritor secreto en una biblioteca de Boedo

La biblioteca se creó el 11 de noviembre de 1927, en la esquina de Independencia y Castro Barros. La primera Biblioteca Municipal de la Ciudad de Buenos Aires, cuyo nombre recuerda a Miguel Cané, autor de "Juvenilia". En ese entonces, los lectores llegaban por centenares. El lugar de los libros necesitaba una casa más amplía, y así sus estanterías se trasladaron a una construcción de dos plantas y subsuelo, en Carlos Calvo al 4319, en el barrio de Boedo.

En la planta baja se acomoda su tesoro de libros. La biblioteca ofrece un catálogo de más de 10 mil títulos. Encima de un estante de libros, entre sillas y mesas modernas, se suceden unas fotografías de Borges frente al Muro de los Reformadores en Ginebra, en Mallorca o en un globo durante su viaje por el mundo, del que dio testimonio en "Atlas" (1984). Foto: Laura Navarro

Un lugar donde nació una porción significativa de la obra de un gran escritor es parte no escrita de su literatura. En la Biblioteca Miguel Cané, Jorge Luis Borges llevó su genio y su soledad entre 1937 y 1946. Allí, el autor de "El Aleph" -de cuya muerte se cumplen en 2026 cuarenta años-, trabajó como hemerotecario y catalogador de libros. Guardaba diarios y revistas consultados, con frecuencia, por estudiantes, periodistas e investigadores. Era un “tercer ayudante”, un cargo bajo en el escalafón laboral. El lugar de su actividad estaba en una parte del edificio original de la biblioteca, hoy convertido en un bar.

Su familia, encabezada por su padre Jorge Borges, hombre culto, era ávida de cultura, pero no abundaba en monedas y billetes. Borges tenía que trabajar para subvenir a sus necesidades.

Alfredo Bioy (el padre de Adolfo Bioy Casares), usó su influencia para recomendar a Borges ante Francisco Luis Bernárdez, poeta y diplomático, quien, en 1937, era secretario de las Bibliotecas Municipales. Así Borges accedió a un empleo en la Biblioteca Miguel Cané.

La biblioteca se creó el 11 de noviembre de 1927, en la esquina de Independencia y Castro Barros. La primera Biblioteca Municipal de la Ciudad de Buenos Aires, cuyo nombre recuerda a Miguel Cané, autor de "Juvenilia". En ese entonces, los lectores llegaban por centenares. El lugar de los libros necesitaba una casa más amplía, y así sus estanterías se trasladaron a una construcción de dos plantas y subsuelo, en Carlos Calvo al 4319, en el barrio de Boedo.

El historiador Arnaldo I. Miranda escribió sobre la historia de la biblioteca, en "La Biblioteca Municipal Miguel Cané: orgullo cultural del barrio de Boedo". Aquí se revela que la biblioteca contaba “con pupitres individuales, cuyos modelos fueron tomados de los existentes en la Biblioteca Nacional de Amberes: los experimentos realizados para la sala de lectura de la Biblioteca de Michigan-Estados Unidos de Norteamérica-sirvieron de base para la instalación de luz localizada para cada lector...... Esta casa, modelo en Sudamérica.... era la biblioteca más concurrida de Buenos Aires, llegando a atender diariamente un promedio de setecientos lectores".

Y a la biblioteca, hoy de fama internacional, llegamos en un día caluroso de enero, con un cielo diáfano y dispersas nubes. La calle parece una avenida. Los autos discurren numerosos y veloces. En torno a la biblioteca se distribuyen diversos negocios: verdulerías, una vidriería, un local de electromecánica, una fiambrería, bares.

Ingresamos, somos muy bien atendidos por los bibliotecarios. En la planta baja se acomoda su tesoro de libros. La biblioteca ofrece un catálogo de más de 10.000 títulos. Encima de un estante de libros, entre sillas y mesas modernas, se suceden unas fotografías de Borges frente al Muro de los Reformadores en Ginebra, en Mallorca o en un globo durante su viaje por el mundo, del que dio testimonio en "Atlas" (1984). Subimos por una escalera que supo dar sustento a las pisadas del escritor. En el primer piso, se encuentra el Espacio Borges. Nos recibe Mariana Soba, directora de la biblioteca y coordinadora del espacio.

Dialogamos y recorremos este santuario laico para cualquier visitante que ame el legado del escritor argentino y universal. Aquí, las huellas borgeanas se esparcen por doquier. Cerca de la escalera, en la pared de una sala, se ordenan los nombres de autores predilectos de Borges -como Melville, Woolf, James, Stevenson, Whitman, Dante, C.S. Lewis o Gibbon- junto a la indicación de sus obras. Muy cerca, una icónica foto del autor escribiendo en un cuaderno acompaña a una vitrina que protege libros en exhibición; algunos de ellos escritos junto a Adolfo Bioy Casares, como "Los orilleros", "El paraíso de los creyentes" o "El libro del Cielo y del Infierno". También se destaca "Borges en Sur", con sus artículos publicados entre 1938 y 1980, y una edición de "La memoria de Shakespeare" que incluye "La rosa de Paracelso" y "Tigres azules".

Enfrente, una infografía que une los hitos de su vida creativa ocupa una pared entera. En otra sala con pupitres, resaltan un retrato fotográfico del escritor y una imagen suya con la Mezquita Azul de Estambul a sus espaldas. En la imaginación, su espíritu regresa entre pisos de madera, blancas paredes, fotos conmemorativas y bruñidos pupitres.

En un extremo, un cuarto estrecho con un escritorio, otra foto memorable y un pequeño estante con libros que Borges mismo catalogó. En la parte inferior, el ejemplar de la enciclopedia en el que un empleado leyó su nombre… Miguel de Torre Borges, sobrino del escritor, reveló esta historia de los días de su tío en la biblioteca del sur: en una oportunidad, un compañero de trabajo, "el Rufián" Bogdano, descubrió en el apéndice de 1931 de la enciclopedia Espasa una nota sobre un tal Jorge Luis Borges. El artículo incluía una fotografía del escritor, entonces con bigotes, y anunciaba al eventual lector: 'Poeta y literato argentino, nacido en Buenos Aires en 1899'. Bogdano se sorprendió de que dos personas tuvieran exactamente el mismo nombre y la misma fecha de nacimiento. Borges le aseguró que la nota se refería a él, pero nadie le creyó.

Borges siempre recordó que los años en la biblioteca fueron desventurados porque sus compañeros de trabajo solo hablaban de futbol y carreras de caballos. No tenía tema de conversación con ellos. No sabían que, en esos años, Borges ya levantaba vuelo en cielos literarios, entre la altura de sus ficciones y su gesto de libre pensador agnóstico y anarquista.

Borges trabajó en la biblioteca Miguel Cané durante todos los años de la Segunda Guerra Mundial. Entonces, en el ambiente local se proyectaron tres tendencias respecto a los países en combate. Estaban los neutrales, y los partidarios del Eje (la alianza de los nazis de Hitler, el fascismo de Mussolini, y el Japón imperial), y los simpatizantes de los Aliados (Francia, Inglaterra, Estados Unidos), circunstancialmente unidos con la ex Unión soviética.

Borges despreciaba a los seguidores de la esvástica. Cuando París fue liberada escribió el ensayo "Anotación al 23 de agosto de 1944"; aquí sentencia que el nazismo era "entusiasmo por la propia ignorancia". Su amor por Inglaterra lo acercaba a la causa de los Aliados. Borges era asiduo colaborador de la revista Sur de Victoria Ocampo. Allí publicó textos contra la germanofilia.

Y en 1946, cuando llegó el primer gobierno peronista, que no era partidario de los Aliados, el escritor decidió alejarse. Sobre este hecho, Borges recuerda en su "Ensayo autobiográfico", escrito originalmente en inglés con Norman Thomas di Giovanni, y publicado por primera vez en la revista The New Yorker el 19 de septiembre de 1970: "Se me honró con la noticia de que había sido ‘ascendido’, fuera de la biblioteca, a la inspección de aves y conejos en los mercados públicos. Me presenté a la Municipalidad a fin de averiguar qué había ocurrido. ‘Vea usted -dije- resulta más bien extraño que entre tantos empleados como hay en la biblioteca haya sido precisamente yo el elegido para este puesto.' ‘Bien -respondió el empleado-, usted estaba de parte de los Aliados, ¿qué esperaba?’ Su argumento no admitía réplica alguna; al día siguiente presenté mi renuncia."

Y durante los largos años en la biblioteca municipal, Borges concluía su tarea de catalogación en una hora. Luego, se refugiaba en el sótano, en la terraza, en el cuarto pequeño hoy conservado. Encontraba un escondite en la lectura, la escritura, en la gestación de la red de cuentos fantásticos que componen Ficciones y, quizá, algunos relatos de El Aleph. El tiempo vacío lo llenaba con su ansiedad creativa, y lo convertía en fértiles lecturas de muchas obras como los volúmenes de la Historia de la decadencia y caída del Imperio romano del ya mencionado Gibbon, que luego citaría con frecuencia.

El Espacio Borges hace presente el legado del escritor. Además “acá se realizan conferencias y charlas en torno a la obra y biografía de Borges. También talleres (a partir de abril comenzarán 3)”, nos dice Mariana.

Este espacio encantado ha sido visitado por muchos admiradores de la altura imaginativa del escritor, de su metafísica o de la “ética del coraje” de cuchilleros, compadritos y los guerreros vikingos. En este sentido nos informa Mariana: “Entre los escritores que visitaron la biblioteca (la mayoría antes de la creación de Espacio Borges) estuvieron. Mario Vargas Llosa, Jorge Edwards, Julián Barnes, Arturo Pérez-Reverte, Antonio Muñoz Molina, Fernando Savater, Matilde Asensi, Orhan Pamuk, Santiago Roncagliolo, Rodrigo Rey Rosa”.

Paul Auster visitó el Espacio Borges de la biblioteca. Como un niño adorador de un primer dios inolvidable, el autor de La Trilogía de Nueva York, La invención de la soledad o El palacio de la luna, no reprimió su asombro, bajó la mirada y expresó: “Borges caminó en este piso”.

Al Espacio Borges de la biblioteca “llegan muchos visitantes para conocer la biblioteca en la que Borges trabajó y de la que habló reiteradas veces. Y muchos de ellos nos piden subir a la terraza o bajar al sótano, que son los dos lugares en los que Borges recordaba haberse refugiado para leer”, nos agrega Mariana.

Todos los días de su destino en la Miguel Cané, Borges viajaba en el tranvía 27, desde su domicilio en ese entonces, en la calle Anchorena 1672, hasta unas cuadras de la biblioteca, luego de atravesar los barrios de Balvanera y San Cristóbal. En el trayecto podía brillar intenso el sol, o descender una suave o vehemente lluvia. Pero esto no lo distraía de su voluntad de aprovechar el tiempo de viaje para leer la Divina Comedia, o el Orlando Furioso de Ariosto, antes de volver al lugar en el que no podía socializar sus inquietudes literarias profundas. La lectura atenta la continuaba luego, en la biblioteca, con momentos de escritura tras cumplir su trabajo de catalogación. Así nacieron de su pluma relatos fundamentales como "Pierre Menard, autor del Quijote", un cuento bajo el formato de crítica literaria, en el que Menard reescribe parte de la célebre obra cervantina, pero lo que resulta es lo que parece una trascripción, palabra por palabra; "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius", el relato fundamental que une la influencia de la filosofía en el escritor con la imaginación de un mundo imaginario concebido por los anónimos escritores de una sociedad secreta; "El jardín de senderos que se bifurcan", y la salida del tiempo lineal hacia múltiples temporalidades laberínticas y paralelas en las que cada hecho sucede de distintas maneras.

Y, a veces, el calor arreciaba en Boedo. Entonces, cuando Borges no era dominado por la necesidad de escribir o leer, se armaba una "cama" con pilas de libros en el depósito del sótano. Y dormía entonces una breve siesta, siempre tomando recaudos para no ser descubierto. En su actividad secreta en la biblioteca, también escribió la célebre Antología de la literatura fantástica junto a Bioy Casares y Silvina Ocampo. La escritura borgiana crecía en la biblioteca mientras jugaba a ocultarse. El arte de escribir en secreto. Si algún jefe aparecía de pronto, el escritor fingía estar inmerso en la preparación de fichas, pero su verdadera actividad era crear universos alternativos a la rutina tediosa.

Fue así como escribió el relato que mejor expresa su vida en la biblioteca municipal de Boedo: 'La biblioteca de Babel'. Allí, su entorno laboral lo inspiró para crear una biblioteca infinita de galerías hexagonales. En la terraza, convirtió su trabajo rutinario en una ficción sobre una arquitectura ilimitada de estanterías que contienen todos los libros posibles. Pero estos no comunican conocimientos ni emociones, sino meras combinaciones de letras ilegibles, ruido sin significado. "A una línea inteligible o a una noticia recta le suceden leguas de símbolos caóticos", afirma el escritor en el relato. Catalogar esos volúmenes resulta una actividad tan inútil y absurda como la catalogación diaria que Borges emprendía en su empleo.

En el relato, los bibliotecarios buscan con desesperación un "Libro Total" que le dé sentido al universo: una esperanza para superar el aislamiento que Borges sentía en sus rutinas diarias. Así, ante la pesadilla del bibliotecario infeliz, solo quedaba la fe en algo que trascendiera la percepción de estar rodeado por libros que nadie lee ni entiende.

Otros de los grandes relatos del tiempo de escritura a hurtadillas en Boedo, es “La lotería en Babilonia”. Aquí, prima la inquietud filosófica sobre el azar y su naturaleza; y la influencia de Kafka de un sistema burocrático insondable que se expresa en una "Compañía" invisible y todopoderosa. El individuo está siempre bajo el control de un caos que aspira a ordenarse. Algo que Borges percibía sobre los individuos aplastados por las fuerzas destructivas de la Segunda Guerra Mundial de la que fue testigo en su tiempo en la biblioteca Miguel Cané.

También su experiencia en la biblioteca en Boedo pudo influir en otros de sus grandes cuentos: “Funes el memorioso”, incluido en Ficciones. El personaje Irineo Funes no puede eludir recordarlo todo, aun lo totalmente innecesario e inútil, como el escritor no podría evitar catalogar datos inútiles. Funes como “archivista” de aun lo irrelevante que no puede olvidar o eludir. Como el bibliotecario tampoco puede evitar archivar continuamente todo, incluso los libros mediocres que no contribuyen a pensar como tampoco Irineo podía pensar, porque "pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer".

Podemos imaginar al escritor, que también era lector obsesivo, traductor, bibliotecario archivista, inmerso en la mediocridad de la rutina y sus estrategias para convertir el tiempo muerto en sustancia creativa, ficción, pensamiento. Ese mismo escritor luego se sentirá en su mundo en el laberinto de libros de la Biblioteca Nacional, en la calle México, en la que será director, ya ciego, por 18 años. Fue nombrado en ese cargo en 1955, después de la caída del peronismo.

 Y a veces, Borges escapaba a leer o escribir a la terraza de la biblioteca en Boedo. Entonces, percibía la vida del barrio con sus sonidos, y dedicaba unos segundos a contemplar las luces del cielo. Podía resplandecer el sol, o nacer una lluvia. Luego, en el poema “La lluvia”, en El hacedor escribirá: “La mojada/ tarde me trae la voz, la voz deseada, / de mi padre que vuelve y que no ha muerto.” Lo que vuelve y que no muere, como el Borges que siempre vuelve en la biblioteca que, a pesar de los sinsabores, fue el ámbito que estimuló la creación de muchas de sus ficciones fundamentales. Lo que elevó su obra hacia el cielo de sol ardiente o la íntima lluvia.

 

*Esteban Ierardo es filósofo, escritor, docente; su último libro es La red de las redes, Ediciones Continente. Su página cultural es La mirada de Linceo: www.estebanierardo.com.