El Gauchito Antonio María: la estirpe de los "gauchos alzados" y el origen del mito milagroso
Antes de la masificación del Gauchito Gil, la figura de Antonio María y los gauchos alzados cimentó la devoción por los fuera de la ley que protegen al pueblo desde el más allá correntino.
La devoción por los gauchos milagreros en la provincia de Corrientes tiene raíces mucho más profundas que la figura contemporánea de Antonio Gil. Antes de la explosión del culto rojo, existió una estirpe de "gauchos alzados" como Antonio María, quienes encarnaron la resistencia contra las levas forzosas y las injusticias de los terratenientes durante el siglo XIX.
Antonio María es recordado en la memoria oral del litoral como un hombre de campo que, ante la persecución policial y política, decidió "ganar el monte" para vivir bajo sus propias reglas. Estos hombres no eran criminales comunes, sino desertores de guerras civiles fratricidas que se negaban a servir como carne de cañón para las élites porteñas o provinciales.
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La vida de un gaucho alzado implicaba una existencia de constante acecho, durmiendo bajo las estrellas y confiando en la lealtad de los paisanos que les brindaban refugio y comida. A cambio, estos hombres protegían a los humildes de los abusos de las partidas policiales, convirtiéndose en héroes rurales antes de ser elevados a la categoría de santos.
Honor, desertores y la justicia de cuchillo en el monte correntino
La muerte de estos gauchos solía ocurrir en enfrentamientos desiguales o mediante ejecuciones sumarias bajo el régimen de la ley de fugas. En el momento del martirio, según la creencia popular, se producía una transferencia de poder espiritual: la sangre derramada en la tierra bendecía el lugar y otorgaba al difunto la capacidad de interceder ante Dios.
El historiador correntino Hugo Wingeyer explica que estas figuras representan una "santidad rebelde" que nace del conflicto social. Antonio María, al igual que sus sucesores, es un santo que no pide permiso a la institución eclesiástica para hacer milagros, sino que responde directamente a la fe de quienes comparten su misma condición de postergados.
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A estos gauchos alzados se les atribuye el don de la ubicuidad y la capacidad de mimetizarse con la naturaleza para eludir a sus captores. La tradición oral asegura que Antonio María podía hablar con los animales y que el viento le avisaba cuando el peligro estaba cerca, rasgos que luego serían heredados por la figura del Gauchito Gil.
El culto a Antonio María se caracteriza por la colocación de una cruz de madera en el sitio exacto de su muerte, adornada con paños rojos que simbolizan tanto su pertenencia al partido autonomista como la sangre vertida. Con el tiempo, estos parajes se transformaron en pequeños santuarios donde el viajero debe detenerse para pedir protección.
A diferencia de los santos europeos, el Gauchito Antonio María exige una lealtad basada en el honor y el cumplimiento de las promesas. El devoto le ofrece tabaco, vino y velas, estableciendo una relación de reciprocidad: el gaucho cuida el camino y la salud, mientras que el fiel mantiene viva su memoria frente al olvido oficial.
La transformación de estos desertores en figuras místicas permitió que la población rural canalizara sus reclamos de justicia en un plano espiritual. Para el peón de campo, un gaucho que desafió al ejército y a la policía posee una autoridad moral superior a la de cualquier juez que firma sentencias desde un escritorio lejano.
En los departamentos correntinos de Mercedes y Curuzú Cuatiá, las historias de Antonio María se mezclan con las de otros gauchos rebeldes, creando un panteón de protectores que vigilan las estancias. Su figura es el antecedente directo que permitió que la sociedad aceptara la santificación de Antonio Gil décadas más tarde.
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La iconografía de estos santos populares suele ser similar: vestimenta gauchesca tradicional, facón a la cintura y una mirada desafiante pero serena. Esta imagen refuerza la identidad del hombre de campo que, aun en la derrota física, mantiene la frente en alto y el espíritu libre de las ataduras de la ley de los hombres.
Incluso hoy, los camioneros y viajeros que transitan las rutas del litoral reconocen en estas cruces un refugio espiritual. El color rojo, que domina el paisaje correntino, es un recordatorio constante de que la justicia del gaucho sigue vigente en cada petición concedida y en cada accidente evitado en las peligrosas curvas del camino.
El estudio de estos fenómenos revela una estructura de creencias donde la muerte trágica es necesaria para el nacimiento del mito. El sacrificio de Antonio María no fue en vano; su nombre se pronuncia en voz baja como una oración que protege contra la autoridad arbitraria y los males del cuerpo en la soledad del campo.
Finalmente, el Gauchito Antonio María sobrevive como el guardián de una tradición que se niega a morir bajo el avance de la modernidad. Su legado es la prueba de que, en Argentina, los santos más queridos no siempre visten hábitos, sino que a veces calzan espuelas y llevan el poncho al hombro como señal de eterna vigencia.
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