Ángel Vicente Peñaloza, conocido por el afectuoso apodo de "El Chacho", fue uno de los últimos caudillos federales en resistir la hegemonía de Buenos Aires en el siglo XIX. Su liderazgo en las zonas rurales de La Rioja no se basaba únicamente en su rango militar, sino en un carisma profundo y una generosidad que lo vinculaba emocionalmente con los campesinos y peones.
Su trágica muerte en 1863, tras ser capturado y ejecutado en Olta, marcó un punto de inflexión en la historia política argentina. Peñaloza fue lanceado y decapitado, y su cabeza fue exhibida en una pica en la plaza pública para escarmentar a sus seguidores. Sin embargo, este acto de crueldad oficial generó el efecto opuesto en la psiquis del pueblo.
El martirio de Olta y la santificación del caudillo de los llanos
En lugar de infundir temor, el martirio del Chacho dio inicio a un proceso de sacralización laica. Para los habitantes de los llanos riojanos, su ejecución no fue la derrota de un rebelde, sino el sacrificio de un protector que entregó su vida por la dignidad de su gente, lo que le otorgó inmediatamente un estatus de entidad milagrosa.
El historiador riojano Ricardo Mercado Luna describe en sus crónicas que la figura del Chacho se fundió con el paisaje de tal manera que el pueblo comenzó a pedirle favores como a un santo. En las humildes viviendas de adobe, su imagen empezó a ocupar un lugar privilegiado junto a las de la Virgen y los santos tradicionales.
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La devoción al Chacho Peñaloza se manifiesta en la creencia de que su espíritu cuida el ganado, atrae las lluvias en épocas de sequía extrema y protege a los perseguidos por la injusticia. Los paisanos suelen dejar pequeñas ofrendas de tabaco o flores en los sitios vinculados a su vida, manteniendo una comunicación mística.
A diferencia de los santos canonizados por la Iglesia Católica, el Chacho es un "santo de la tierra", cuya autoridad emana de su lucha terrenal por el federalismo. Su culto representa una forma de resistencia cultural donde la memoria política se transforma en fe, permitiendo que su legado sobreviva al margen de los libros de historia.
Muchos devotos aseguran que, en las noches de tormenta sobre los cerros colorados, se puede ver la silueta del caudillo montado a caballo, vigilando las fronteras de su provincia. Este relato refuerza la idea de un ángel guardián guerrero que no ha abandonado a sus seguidores a pesar de haber pasado más de un siglo de su muerte.
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El sitio de su ejecución en Olta se ha convertido en un punto de referencia para la identidad riojana, donde el respeto por su figura trasciende las banderías políticas actuales. Allí, el silencio del monte se interpreta como un signo de respeto hacia el hombre que fue llamado "Padre de los Pobres" por su incansable labor social.
En la religiosidad popular del noroeste, el Chacho ocupa un lugar similar al de otros héroes sacrificados, donde el derramamiento de sangre se interpreta como un bautismo que purifica y eleva al difunto. Su cabeza expuesta, lejos de ser un símbolo de vergüenza, se transformó en la reliquia de un mártir de la causa federal.
La influencia de Peñaloza llega hasta la actualidad a través de coplas y canciones que narran sus hazañas y su bondad. Estos versos funcionan como oraciones laicas que transmiten de generación en generación la convicción de que el caudillo sigue intercediendo ante la divinidad por el bienestar de los riojanos más postergados.
Su figura también ha sido objeto de estudio por parte de sociólogos que ven en este culto una manifestación de la necesidad de justicia que históricamente ha reclamado el interior del país. El Chacho es el símbolo de una autonomía que, aunque derrotada en las armas, permanece invicta en el plano espiritual del pueblo.
La iconografía del caudillo suele mostrarlo con su lanza y su característica barba, una imagen que impone respeto y cercanía a la vez. Para el hombre de campo, hablar con el Chacho es hablar con un igual que conoce las penurias de la vida rural y que, desde el más allá, posee el poder necesario para revertir las desgracias.
El fenómeno de santificación de Peñaloza demuestra cómo el dolor colectivo puede transmutar una derrota militar en una victoria simbólica permanente. El Chacho no es recordado como un cadáver, sino como una presencia viva que habita en el viento de los llanos y en la esperanza de quienes aún creen en su protección.
Finalmente, la historia de Ángel Vicente Peñaloza cierra el círculo de los mitos populares argentinos donde la tragedia y la fe se encuentran. Su transformación en ángel protector asegura que, mientras exista un riojano que sufra una injusticia, el nombre del Chacho seguirá siendo invocado como un escudo contra la adversidad.