Fuera De cuadro

El pintor de los faroles

Collivadino. Usinas, ca. 1914. Foto: cedoc

Se sabe que Sarmiento describió la pampa en el Facundo sin haberla transitado nunca y habiéndola leído siempre en los relatos de viajeros como Francis Bond Head. El inmenso territorio literario, vasto y semejante a un mar o un desierto, conformó el centro de preocupaciones del sanjuanino para desterrar la barbarie e instalar la civilización. En otra línea,  los paisajes de cielos de horizontes bajos y carretas que circulaban por un territorio sin dificultades ni peligros que diseñaron los pintores viajeros, como Emeric Essex Vidal, fueron fundacionales para “ver y representar” la pampa y sus extensiones. Para los viajeros y extranjeros que pasan tiempo en Buenos Aires, ésta forma parte del exotismo de un lugar lejano y sus ilustraciones y grabados están destinados a álbumes. Pero la Pampa también fue, un poco después, un espacio potencial de negocios y desarrollo. Esa ciudad que necesitó modernizarse, una vez que dejó de ser la aldea embarrada de El Matadero.   

Este proceso que comienza en 1870 y alcanza a los años 30 del siguiente tuvo, en el arte, también sus promotores. Si la mirada de los viajeros fue una impronta definitiva, contundente y apreciada para la construcción de la identidad nacional argentina en el siglo XIX, la del inmigrante que se incorpora masivamente al final de esa misma centuria y comienzos de la siguiente estuvo signada por la desconfianza y el desprestigio. Sin embargo, Pio Collivadino (1869-1945) está en la encrucijada de estas formas de mirar. Por un lado, sus obras “necesitaron” de todas y cada una de las transformaciones técnicas y culturales que sufrió la ciudad en los años mencionados. Para que pudiera ser reconocido como “el pintor de los faroles”, el torbellino de la electrificación comenzó en 1880, ya había pasado a una segunda etapa. La de las usinas al borde del río que se construyen entre 1907 y 1912 y están, también, entre los motivos de este gran pintor.