Salvando las distancias (11.383 kilómetros, en vuelo sin escalas de 14 horas y 13 minutos, con trayectoria curva, ya que la Tierra es una esfera oblonga –vale aclarar esto–), la edición 61 de la Bienal de Venecia hoy abre sus puertas al público en general. Desde hace un mes no dejó de ser noticia, más allá de su calificación como Olimpíada del Arte y demás elogios que la posicionan como un espacio de exhibición global del arte contemporáneo y su relación con casi todo, incluyendo el arte en sí mismo. Y esto último resulta sorprendente, veamos por qué.
La información en torno a la Bienal acumula desgracias, novedades llamativas (incluso alarmantes), que parecen la enumeración de un ingenioso guionista del género de misterio romántico internacional. Tan es así que un observador desprevenido diría: “Falta nada más que una huelga”. Y ayer, viernes, hubo una que realizaron los trabajadores culturales de Venecia, medida tomada como “un rechazo colectivo a la normalización del genocidio en la cultura y a las precarias condiciones laborales sobre las que se sustenta la Bienal”.
De esta manera finaliza la semana de “preinauguración”, con pabellones cerrados, como el que contiene Seaworld Venice, de Florentina Holzinger –incluye artistas desnudos (más adelante veremos cómo)– y que produjo largas colas de visitantes. Un cartel en el exterior advertía: “Algunos miembros del equipo han decidido participar en la huelga”. Los pabellones de Bélgica, Egipto, Japón, los Países Bajos y Corea del Sur también fueron clausurados. En el exterior se leían carteles: “Apoyamos a Palestina”. En el Arsenale, abierto pese a la huelga, algunos artistas colocaron banderas palestinas o carteles pro palestinos en sus obras.
Tal vez la desgracia, convertida en oscura sombra sobre la Bienal, fue la temprana muerte de la curadora de esta muestra, la camerunés-suiza Koyo Kouoh (58), ocurrida el 10 de mayo del año pasado. Si bien su equipo insiste en que plasmó la visión que desarrolló para la exposición, la crítica especializada sugiere que su presencia hubiese puesto límites a todo lo que siguió. Por ejemplo, a la renuncia en masa de todo el jurado, responsable de premiar pabellones y obras, bajo las figuras de leones de plata y oro. Por lo tanto, este año los premios se otorgarán al final de la muestra, en noviembre, a través del voto del público. Algo que despierta sospechas por parte de los países y los artistas: una manipulación publicitaria, o a través de redes y noticias, puede volcar las preferencias populares. Las sospechas conspirativas de los sistemas democráticos sobre la manipulación del voto también entraron en la Bienal.
Pero esto no es casual, la geopolítica es parte fundamental del evento. Fundada en 1895, la Bienal de Venecia fue una iniciativa para promover el arte italiano y atraer el turismo. En 1907, introduce los pabellones nacionales, convirtiéndose en exposición internacional de la diplomacia cultural. Cien países participan y treinta cuentan con espacios permanentes. Entre ellos, Rusia desde 1914 e Israel desde 1952. Justamente, por la participación de estos dos últimos como países que violan los derechos humanos, el jurado los excluyó de los premios. Luego de esto, según la agencia de noticias italiana Adnkronos, el artista israelí Belu-Simion Fainaru presentó denuncias legales por antisemitismo y discriminación por motivos de nacionalidad. Cuando el departamento legal de la Bienal advirtió a los miembros del jurado que podrían ser personalmente responsables de los daños causados a Fainaru, renunciaron.
Como para cerrar este capítulo político –mientras la Unión Europea retiraba una subvención de dos millones de euros en respuesta a la inclusión de Rusia en la Bienal–, el miércoles pasado hubo una manifestación ante el pabellón ruso. El colectivo ruso feminista de punk-rock Pussy Riot irrumpió con pasamontañas rosas, bengalas rosas, azules y amarillas al compás de música punk gritando consignas como “La sangre es el arte de Rusia”, “Rusia mata, la Bienal exhibe” y “Arte ruso, sangre ucraniana”. Una hora después, la Alianza Arte No Genocidio (Anga) organizó una manifestación frente al pabellón israelí en el Arsenale. Más de doscientos participantes en el evento firmaron una carta exigiendo la cancelación del pabellón israelí.
Si hay geopolítica y política a secas, también hay geografía. Por caso, volvamos a Seaworld Venice de Florentina Holzinger, artista del pabellón de Austria. En ella se resumen los problemas de la Venecia contemporánea: vulnerabilidad ecológica por el turismo masivo y el deterioro ambiental debido al cambio climático que eleva las aguas de la laguna que la contiene. Según consigna ArtReview, el pabellón austríaco se convirtió en una instalación que simula tanto un baño como una planta de tratamiento de aguas residuales, espacio donde viven varias artistas femeninas desnudas.
En ese espacio, Holzinger “invita a los visitantes a orinar en uno de los dos baños portátiles, cuyo producto circula por las cámaras del pabellón imitando el intercambio de agua de las mareas de la laguna de Venecia. Y nuestra contaminación de las mismas. Ese efluente proporciona el ‘mar’ artificial en el que su compañía de artistas desnudos retoza de forma escandalosa (hay una moto acuática entre otros accesorios). (…) No se pierdan a los badajos humanos y una serie de ‘estudios’ fuera del recinto (que incluyen, durante la semana de preestreno de la Bienal, una banda de punk femenina desnuda actuando bajo la lluvia, mientras una artista se balanceaba desde una grúa, suspendida por lo que parecían ganchos de carne) que amplían el argumento”.