Primero aparece la sensación de extrañeza. Como si algo conocido hubiera sido desplazado apenas unos centímetros de su lugar habitual. Una imagen que ya no parece una imagen. Un pasillo que no conduce a ninguna parte. Un tejido que crece como una criatura viva ocupando el espacio. Las nuevas muestras de Fundación Andreani producen precisamente eso: la impresión de ingresar a territorios donde las reglas ordinarias dejan de funcionar. No se trata solo de mirar obras colgadas en una pared, sino de atravesar experiencias que modifican la relación con el cuerpo, el espacio y la percepción.
En distintos registros, Gabriel Valansi, Ernesto Ballesteros y el colectivo Trabajadoras de Tejido, Técnica y Trampa (T.T.T.T.) parecen compartir una misma obsesión: explorar aquello que permanece oculto bajo la superficie de las cosas.
En "UNPUNKT", Gabriel Valansi lleva esa búsqueda hasta el origen mismo de la imagen fotográfica. La exposición, concebida como un homenaje al bicentenario de la fotografía, funciona como una inmersión en las partículas mínimas que componen una imagen. Pero lejos de cualquier nostalgia tecnológica, lo que el artista propone es una especie de expedición hacia un territorio desconocido. Las obras fueron realizadas mediante un microscopio electrónico del Departamento de Física de la Universidad de Buenos Aires. Allí, en escalas invisibles para el ojo humano, la fotografía deja de registrar el mundo reconocible y se transforma en otra cosa: superficies abstractas, texturas inciertas, accidentes materiales que parecen paisajes siderales o restos arqueológicos de una civilización futura.
El recorrido tiene algo hipnótico. Las imágenes ya no documentan la realidad; revelan la materia secreta de la que están hechas. Valansi, que desde hace años expande la fotografía hacia instalaciones, objetos y videos, desplaza aquí la pregunta hacia el propio soporte: qué sobrevive de la imagen cuando se la lleva al límite de su descomposición.
A pocos metros, la experiencia cambia de escala pero no de intensidad. En "Espejismo", Ernesto Ballesteros transforma una idea matemática en una arquitectura desconcertante. La instalación toma como punto de partida la botella de Klein, esa figura topológica imposible donde el adentro y el afuera se confunden hasta volverse indistinguibles.
El visitante entra entonces en una serie de pasillos sinuosos que parecen plegarse sobre sí mismos. Hay pequeñas ventanas, dibujos fragmentados, desvíos inesperados. El cuerpo avanza, pero nunca termina de orientarse del todo. Cada giro parece devolver al mismo sitio y, al mismo tiempo, conducir a otro. Ballesteros consigue volver física una abstracción matemática. El espacio se comporta como un acertijo. La lógica cotidiana se suspende lentamente y aparece otra percepción del tiempo y del recorrido, más cercana al sueño que a la geometría.
Desde hace años, el artista trabaja sobre sistemas, repeticiones y estructuras que alteran la percepción. Pero en esta instalación la sensación es especialmente corporal: no hay manera de comprender la obra sin atravesarla. El pensamiento sucede mientras se camina.
En la tercera exposición, el espacio vuelve a transformarse. Ya no hay microscopía ni laberintos topológicos. Hay hilos. Máquinas de tejer. Tanzas. Elásticos. Manos trabajando juntas. "Tensión", del colectivo T.T.T.T., convierte la sala en una especie de organismo textil en permanente construcción. Las artistas —Flor Sánchez, Ju Ishii, Julia Hadida y Nereida— trabajan con antiguas máquinas Knittax fabricadas en la Argentina de los años sesenta y desarrollan una instalación inmersiva donde el tejido aparece como una forma de construir comunidad.
Pero aquí tejer no tiene nada de decorativo. La acción posee algo ritual y político al mismo tiempo. Los materiales se tensan, se enlazan, se desmontan y vuelven a unirse mientras el espacio se convierte en una red sensible de relaciones y apoyos mutuos. Parte de la obra, además, se produce dentro de la propia Fundación Andreani, convertida temporalmente en taller y laboratorio. El proceso deja de ocultarse: sucede frente a los visitantes, como si la muestra respirara y creciera día a día.
Hay algo profundamente contemporáneo en ese gesto. Frente a un mundo fragmentado y acelerado, T.T.T.T. propone detenerse en las formas mínimas de cooperación. Pensar el tejido como una tecnología afectiva capaz de sostener cuerpos, vínculos y experiencias compartidas. Aunque sus lenguajes sean distintos, las tres exposiciones dialogan entre sí de manera silenciosa. Todas trabajan sobre estructuras invisibles: la materia microscópica de la fotografía, los pliegues imposibles del espacio matemático, las redes colectivas que sostienen la vida cotidiana.
Y quizás ahí resida la fuerza del conjunto. En recordar que debajo de la superficie aparentemente estable del mundo siempre existe otra trama: compleja, inestable, secreta. Una trama que el arte, a veces, consigue volver visible.
AB/ff