Hace algunos años, la juventud vibraba con canciones que hablaban de “pegarla”, hacer plata fácil, cumplir los sueños y restregarle el éxito en la cara a los haters y envidiosos. Hace algunos años había ilusiones con volverse millonario minando bitcoins o volverse famoso siendo youtuber o tiktoker. Hace unos años, las series hablaban de grandes golpes y genios criminales que lograban gambetear la pobreza ambiente y ofrecían una fuga mental expresada por el giro a la derecha mundial.
“Me puse la' Gucci con un short de Nike
Buzo y cadena, estoy que goteo (estoy que goteo)
Sigo volando 'e ciudad en ciudad
Tumbando el club, shout-out para Neo (estoy que goteo)”.
Duki, Goteo.
Hoy no; hoy las ilusiones de salvarse con las novedades de la tecnología y las criptomonedas se estrellaron con la cruda realidad. Las canciones dejaron de hablar de éxito y los protagonistas de las series se parecen más a nosotros mismos, peleándola día a día. Un cambio de época a la velocidad de la digitalidad y mirado a través de la cultura de masas.
“Me voy pa'l Nike a buscar prenda' y me piden foto
A 300 en una Cherokee, ella de copiloto
Hoy estoy en el hood, mañana puede que en Miami
Y que los kilogramo' los cambiemos por los Grammys”.
Zaramay, BZRP Session.
El sociólogo Pablo Semán viene describiendo desde hace años el crecimiento de una subjetividad juvenil marcada por el emprendedorismo, el esfuerzo personal y la idea de “hacer la propia”. Semán sostuvo en distintas entrevistas que la sociedad argentina se volvió más individualista y que amplios sectores populares empezaron a organizar sus expectativas alrededor del ascenso personal más que de proyectos colectivos.
Esa transformación cultural coincidió con la explosión de artistas como Duki o Bizarrap, cuya estética estuvo profundamente asociada al éxito rápido y la visibilidad digital. Esta cultura de época se resume en una palabra: flexeo. Viene del inglés flex y se refiere a la acción de presumir y hacer ostentación de lujos y éxito.
Sin embargo, entre 2021 y 2023 empezaron a aparecer grietas en esa narrativa. El vacío detrás del éxito, la ansiedad y el agotamiento emocional comenzaron a ocupar un lugar cada vez más visible en la música urbana. Discos como Post Mortem marcaron un corrimiento hacia climas más oscuros, vulnerables y desencantados. Esto no significa que en este álbum no exista el flexeo, sino que aparecen las contradicciones de la fama, el vacío existencial y los traumas de la infancia que retornan.
“Music pa la plata (money)
Plata pa la ropa (sí)
Lucho con demonio' que parecen
Lo' de Lovecraft
Quiero tener 15 de nuevo (oh)
Quiero revivir a mi perro (¿huh?)
No quiero ser pobre de nuevo (nah)
No quiero 'tar broke ('tar broke, broke)
Gano plata mientras juego al Pou (Pou)
Mi vida está escrita por Allan Poe (Poe)”.
Dillom, Opa.
Wos y canciones como Canguro y Luz delito significaron una ruptura total con el flexeo y hacia el disco Oscuro Éxtasis, reflejando el lado B del éxito y dilemas existenciales, el camino del flexeo empezó un rápido declive.
Pero probablemente fue recién a partir de 2024 cuando esa sensibilidad aspiracional terminó de perder centralidad cultural. El derrumbe de muchas fantasías ligadas a las criptomonedas, la saturación de influencers y la persistencia de la crisis económica fueron erosionando la idea de que cualquiera podía “salvarse” gracias a internet o las nuevas tecnologías.
El antropólogo Alejandro Grimson viene señalando desde hace años que la Argentina atraviesa una crisis de expectativas donde se rompió la vieja idea de progreso y movilidad ascendente. Y para el consultor Guillermo Oliveto, “se terminó la era del consumo como fiesta”. Ese cambio de humor social empezó a reflejarse también en la cultura de masas: las canciones comenzaron a hablar menos de ganar y más de sobrevivir; los protagonistas dejaron de ser genios capaces de hackear el sistema y empezaron a parecerse más a espectadores agotados tratando simplemente de llegar a fin de mes. Como si la música y las series hubieran registrado, antes que la política, el final de una fantasía colectiva.
"La casa de papel" y "El Eternauta" parecen separadas por mucho más que unos pocos años. Entre una y otra hay un cambio profundo en el modo en que la cultura de masas imagina la relación entre los individuos, el dinero, la tecnología y la posibilidad de futuro.
"La casa de papel", convertida en fenómeno global entre 2017 y 2019, pertenece todavía al momento de la fantasía aspiracional-digital. Sus protagonistas son marginales, sí, pero funcionan como winners. Son personajes capaces de hackear el sistema mediante inteligencia, audacia y planificación. El Profesor encarna perfectamente la imaginación de esa época: alguien que, usando información, estrategia y tecnología, logra vencer instituciones gigantescas. Incluso la estética de la serie —máscaras, himnos, overoles, frases épicas— transforma la precariedad en espectáculo cool. El dinero todavía aparece como promesa de liberación y el crimen como un atajo glamoroso hacia la autonomía.
Ese clima coincidió con el auge del trap aspiracional, las criptomonedas, los influencers y la idea de que cualquiera podía “pegarla” desde una computadora o un celular. Había una fantasía colectiva de ascenso individual acelerado. Como viene señalando Pablo Semán, buena parte de la juventud empezó a organizar sus expectativas alrededor del éxito personal, el emprendedorismo y la construcción de una identidad propia en el mercado digital.
En "El Eternauta" ocurre casi lo contrario. Ya no hay héroes brillantes capaces de torcer el sistema a su favor. El sistema directamente colapsó. Nadie busca hacerse rico, viralizarse o escapar de la mediocridad mediante inteligencia excepcional. Los protagonistas son personas comunes intentando sobrevivir en medio de una catástrofe colectiva. El conocimiento ya no sirve para ganar, sino apenas para resistir. La épica individualista desaparece y es reemplazada por una lógica de cooperación forzada, agotamiento y vulnerabilidad.
La música urbana proliferó, se retroalimentó y hoy hay trap, reggaetón, cumbia y todo tipo de música bailable conviviendo y combinándose. En los últimos años, las canciones más escuchadas en general no son de winners ni de ostentación.
“Abajo del foquito, en esa esquina, acá hay fuego
Donde está la bronca y el bardo (ahí)
Para ver si con vos la encuadro (ajá)
Estoy tratando de agarrar wifi
Abajo del foquito, en esa esquina, te espero
Para darte el beso más largo
El verdadero beso de vago
Que no vas a olvidar jamás”.
Amor de vago, La T y la M.
El cambio de sensibilidad que empezó a verse en la cultura de masas también coincide con una transformación en los indicadores de bienestar subjetivo. Mientras el trap aspiracional, las criptomonedas, los streamers millonarios y La casa de papel dominaban el imaginario cultural entre 2017 y 2021, los niveles de satisfacción vital en Argentina caían de forma sostenida. Según el World Happiness Report, el país pasó de registrar 6,65 puntos de satisfacción promedio en 2015 a tocar un piso cercano a 5,9 entre 2020 y 2021. Recién entre 2024 y 2025 los números comenzaron a recuperarse levemente, superando nuevamente los 6,4 puntos. Los informes más recientes además detectan un aumento del agotamiento emocional, la ansiedad y la comparación social entre jóvenes hiperexpuestos a redes sociales y culturas digitales aspiracionales. En ese contexto, el auge del flexeo parece menos la expresión de una sociedad optimista que el síntoma de una sociedad desesperada por seguir creyendo en alguna forma de salvación individual.
Llega a Netflix "México 86", un film sobre el detrás del histórico Mundial: cuándo se estrena
Este año la novedad argentina en Netflix es la nueva temporada de Envidiosa, una vuelta sobre el grotesco criollo con la exhibición de las miserias de una protagonista que sufre horrores mientras busca el amor como imperativo de éxito. Vicky envidia la pareja y la familia que tienen otras. Su novio la acaba de dejar y está a la caza de un hombre con el que cumplir la checklist de una vida soñada mientras que el tiempo biológico amenaza sus posibilidades de ser mamá.
Ya no sucedió. No nos hicimos “millos” minando bitcoins, ni virales, ni estamos “pegados”. Resistimos en este desengaño lleno de negocios cerrados, alquileres imposibles e ilusiones que se vuelven meme. Si alguien se salvará de este presente distópico es una incógnita. Sin embargo, Juan Salvo nos dejó una certeza: no lo hará en soledad.
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