A veces parece que no nos diéramos cuenta de que somos todos bastante parecidos. Por supuesto que hay diferencias. Imprecisas, incalculables. Que hay diferencias es evidente. Infinitas singularidades. La mejor parte del mundo las festeja; la peor hace guerras para eliminarlas. Prefiero hablar de lo que nos acerca, y que puede llegar a sorprendernos en lugares inesperados. Aquello que nos iguala de golpe. Humanos todos, al fin, entonces, ¿por qué tanto lío en este mundo?
Desde hace un tiempo, cada vez que entro al supermercado, hay algunos hombres en la puerta pidiendo alimento para sus hijos. Se presentan por lo general como padres de familia. No piden cualquier cosa, suelen ser productos que pertenecen a la canasta familiar: galletitas, yogur, frutas, jabón, papel higiénico, lavandina… Imagino que se turnan, según los días, porque van cambiando las caras y los pedidos; probablemente roten de local, se distribuyan la zona. Es una manera de salir a buscar el pan, allí donde el pan está, aunque no puedan ingresar por sus propios medios para obtenerlo. El mundo fue y será una paradoja. También los consumidores vamos cambiando de supermercado, según la cercanía y las promos. Y las grandes cadenas se las ingenian para simular descuentos en combinación con las tarjetas y distintas plataformas de pago. El gran simulacro de la oportunidad.
Últimamente me estoy olvidando de los descuentos, elijo según las personas: sonrisas cómplices de los que atienden en las cajas, miradas amables de quienes acomodan los productos, charlitas en la puerta con los que esperan un paquete de harina o venden repasadores. Prefiero reencontrar un rostro, retomar una discusión, preguntar por alguien. Si las personas que tenemos cerca no se convierten en personajes, ¿qué clase de historia estamos viviendo?
Recuerdo al menos tres novelas contemporáneas que transcurren en supermercados. Muy distintas entre sí, presentan, sin embargo, personajes inolvidables. Las tres pibas de La prueba, de César Aira, se conocen entre las góndolas, y dos de ellas, Mao y Lenin, terribles y entrañables, en nombre del “comando del amor”, arman un revuelo bárbaro. En otro relato genial del mismo autor, un carrito circula con autonomía en el supermercado, dando cuenta del estado de las cosas y las personas. La ternura y originalidad infaltable de Federico Jeanmaire, en Tacos altos, está toda puesta en una joven cajera china. Y por último, se me viene la novela estrepitosa, cruda, de Diamela Eltit, Mano de obra. Recordando esas historias, al ingresar en una de estas aplastantes cadenas, escucho el reclamo por un paquete de galletitas. En la góndola, recuerdo el añorante pedido, y trato de pensar si las preferiría dulces o saladas. Elegí unas de chocolate rellenas y cuando se las entregué, le comenté mi duda. Por suerte las quería dulces. Nos quedamos un rato conversando sobre los distintos tipos de galletas, las dulces, las saladas, las ganas que tenía de comer chocolate, con este frío, y entonces ahí mismo abrió el paquete y me convidó una.