Dos cortos de los 60, cuando la animación analógica no era un privilegio del mercado japonés o los festivales europeos, coinciden en señalar la estupidez subyacente en el uso de una palabra que empezaba a ponerse de moda: cool. Uno pertenece a la larga decadencia de Popeye –cuyo apogeo había sido en los 30 con los hermanos Fleischer–, a quien vemos inserto en un ambiente vanguardista de la época, donde la gente, como en algunos ambientes pretendidamente vanguardistas de hoy, usa anteojos de marco grueso, adora la música étnica, bebe tragos de colores extraños y recita poemas ininteligibles. El otro, dirigido por Bob Clampett, influencia destacada de luminarias futuras tipo John Kricfalusi (el de Ren y Stimpy), está lleno de bromas hechas a costa de artistas que todavía eran considerados grandes innovadores, como Jackson Pollock, y despliega una galería de snobs similar a los del antro en el que están Popeye, Olivia y Brutus.
En ambos casos, los monos (así se llama en la jerga del rubro a los personajes dibujados, no vaya a pensar, querido lector, que hay algo discriminatorio) repiten maniacamente la palabra cool ante todo lo que se les cruza por delante. Llegado un momento, sobre todo en el de Popeye, se vuelven incapaces de decir otra cosa. Como ejemplo de lo mismo también tenemos a Cool Cat, un personaje patético de Looney Toons, diseñado en 1967 por el argentino Jaime Díaz, con el que la burla arranca desde el título.
Es un poco irónico que, habiendo sido objeto de críticas en productos tan masivos y populares como los dibujos animados para niños, seis décadas después, cool se use sin tanta ironía. Cada vez más preñados por el inglés del país de Donald, los idiomas, con el castellano a la cabeza, parecen avergonzarse un poco de sí mismos cediendo sus lunfardos, retruécanos, giros folclóricos y frases hechas, como si el fin último fuese confinar las posibilidades expresivas del habla corriente a un solo terreno. Pero en favor de cool se pueden computar su perdurabilidad y su potencia. Vieja como está, todavía irrumpe en las conversaciones, aguatándosela como el buen Popeye cuando come la espinaca.