Gatos y perros y la muerte
Entonces empezaba a escribir con mucho entusiasmo y después abandonaba. Lai se enojaba y decía que era porque escribía sin plan.
Me dice mi hermana que la Lola, una de las gatas de mi mamá, murió anoche. Estaba bastante mal la última vez que la vi, hará un mes. No porque estuviera enferma si no con demasiados años encima. Era una de las últimas que quedaba de la estirpe de gatos del tío Lolo, nacida después de la muerte del tío, hija de alguno de los tantos gatos que quedaron viviendo en su jardín. No le habían puesto Lola por él, pero podría ser un homenaje.
Resulta que mi mamá se la llevó a su casa convencida de que era hembra y cuando llegó el momento de castrarla, en la camilla del veterinario, descubrieron que era un macho. Pero el nombre y el género le quedó. Era una gata hermosa, de gran porte, pelaje negro y blanco, largo.
Se fue sin sufrir, me dice esta mañana mi madre por wathsapp: esperó a que volviera a la nochecita y se fue quedando en un sueño; la sepulté debajo de la higuera.
Pienso que es un buen lugar pues ella era una gata que apenas entraba a la cocina a la hora de comer. Le gustaba más estar afuera, durmiendo arriba de la parra en el invierno o abajo, justamente de esa higuera, en el verano. Me apena no volver a verla ni acariciarla, de ser muy arisca en los últimos años se había amansado.
Los humanos estamos preparados para la muerte de nuestros animales, pero siempre pienso ¿qué les pasará a ellos? Hebe Uhart, cuando tenía una cierta edad y se murió su gato, dijo que ya estaba muy vieja para tener otro, no quería morirse antes que él. Lai tampoco los tuvo los últimos años de su vida; apenas unos meses a la Negrita que pasó a vivir en mi casa, un par de años antes de que él muriera. En cambio, Lai se sentía desarmado sin perros ni gatos ni pájaros: eran su blindaje, su protección.
En la época en que trabajé en el hospital, era corriente ver perros esperando a sus dueños en los jardines o en los pasillos, sin saber o sin llegar a entender que ya no saldrían de la internación, sin haber alcanzado a husmear el rastro amado bajo ese bulto en la camilla camino a la morgue. Esas personas sólo tenían a su perro y ahora el perro no tenía a nadie.
Cuando murió el viejo Balori, mi tío José Bertoni se llevó al Negrito, que era el perro del viejo. Vivían a pocas cuadras de distancia, mi tío en una casa de ladrillos que levantó con sus propias manos y un parquizado prolijo; el viejo en un rancho de adobe, medio tapado de matorrales de pezuña de vaca. Todos los días el Negrito volvía a su antigua casa, se echaba bajo las plantas, recorría las piezas vacías. Una rutina diaria por mucho tiempo, años tal vez hasta que demolieron el rancho y vendieron el terreno.
El otro día nos juntamos con unas amigas a comer un asado y nos acordamos con Flor de una consigna de escritura del taller de Lai: un animal que puede comunicarse con los muertos y llevarles mensajes de los vivos. Flor escribió un cuento con un perro y luego fue el guión de su primer corto, Perro negro. Yo empecé uno con una carpincha que además estaba preñada, pero nunca lo terminé. Entonces empezaba a escribir con mucho entusiasmo y después abandonaba. Lai se enojaba y decía que era porque escribía sin plan. “Usted es una mujer de principios”, me decía serio y enseguida largaba una de esas carcajadas estruendosas, ahogadas por el humo de sus Imparciales, que sigo extrañando.
También te puede interesar
-
“¡Viva la anarquía!”: las últimas horas de Severino Di Giovanni antes de la descarga de fusilería
-
A la caza de imágenes
-
En el patio de los mayores
-
Kiosco de revistas
-
“La amplificación algorítmica de la crueldad”
-
Palabras nuevas del nuevo mundo
-
Mandar fruta y cualquier verdura
-
El podcast que cuenta las vidas desafortunadas de escritores famosos
-
Un 31 de enero Mercedes Sosa debutaba en Cosquín con la complicidad de Jorge Cafrune