La cosa de John Carpenter, de 1982, es de esas películas con gestos que expanden las narrativas, otras maneras de asumir las contingencias semióticas que auscultan nuevos lenguajes, nuevas sensibilidades, nuevas herramientas. Subvalorada a la manera hoy por la slam poetry, el cine poesía o la poesía trapera, el film contaba cómo existía una entidad infinitamente plástica, capaz de metabolizar y absorber cualquier objeto con el que tomaba contacto, moneda corriente de los ciudadanos de la revolución cibernética actual que clona identidades y vidas a servicio del Atlas Mercado. La desterritorialización violenta de la última fase del tardocapitalista, que se representa en el modo de vida vaciado en la IA, el jaque a la escritura y la representación como mito fundacional de Occidente y el razonamiento algorítmico que asesina pueblos de verdad, impulsan las intempestivas de Ana Arzoumanian. En Una revolución sin revolucionarios (Leviatán) se cuestiona a no ser partícipes “necesarios en esta guerra que nos arma desde los blando sillones de nuestras casas”, palabras extemporáneas de Arzoumanian para volver habitar poéticamente esta Tierra.
Atendiendo la escritora y poeta argentina el estallido de los pilares de la modernidad, la democracia y el Estado-nación, se adentra en las consecuencias de esta revolución cibernética y en los pocos percibidos sacudones en el modo de narrarnos, las maneras del convivir y en los olvidos y memorias que imaginan comunidades en guerra total, híbrida, psicológica y cognitiva.
Sin encandilarse por la vela cavernaria digital, Arzoumanian sostiene “lo que ha destruido el estallido es el orden de la visibilidad, es decir, lo que visibiliza es el carácter de ruina de lo visible y de la ficción política, moral o estética en donde se sostenía”. Los cambios en la guerra de drones y cibersoldados, con las experiencias personales en Armenia, hogar de sus ancestros, o las más nuevas en Ucrania, hasta el desgaste de la novela después de Auschwitz, “como si el lenguaje estuviera hecho de frases aplastadas”, hace visible en estos escritos de la investigadora del dolor y el trauma moderno lo que oculta el realismo capitalista, en tanto disociación y secuestro de la existencia real, universal, extensa.
Pasar de la geopolítica a la geopoética. En este punto la intelectual, recientemente reconocida en los Premios Perfil al Mejor Aporte al Pensamiento Crítico Internacional, dedica uno de los mejores ensayos al trending topic mundial. “La batalla cultural recluta incautos”, alerta sobre el efecto “distractor” del incorrecto –o tránsfuga– uso del concepto de Antonio Gramsci. “No hay enfrentamiento, porque el lugar de la idea de la cultura instalándose en la resignada resistencia, en la desesperanza apocalíptica, actúa, no obstante, sobreproduciendo símbolos, consolidando el semiocapitalismo”, señala la autora de La guerra es un verbo.
Aclarando nosotros que el sintagma “batalla cultural”, sin embargo, no se encuentra con ese nombre en Gramsci, a veces variantes del Kulturkampf (lucha cultural en alemán), otras frente cultural, a veces reforma cultural como reforma intelectual y moral, y también bajo el nombre de guerra de posiciones: recordemos que los escritos de Gramsci son filosofía de praxis política y lejos de esa extraña comprensión mediática de sociologismo cultural. Desmitificar los símbolos que justifican el poder del capitalismo, y construir una cultura contrahegemónica –que jamás gramscianamente estaría instaurada desde un Estado ni por los dirigentes, digamos de paso–, eran los objetivos del pensador italiano tomando los lugares donde no se lo espera, en su caso pasando sus ideas a su cuñada Tatiana en tubos de papel higiénico. Pasar de la geopolítica a la geopoética, avanzaría Arzoumanian, enfatizando la interconexión de los humanos y su entorno re-imaginando su relación con el medio que se habita.
Para la docente de escritura creativa de la Universidad Nacional de Tres de Febrero y Flacso, quien actualmente se encuentra cartografiando la incidencia de la IA en la literatura, “¿Será el mundo de la literatura bajo la inteligencia artificial un mundo de una estética sin oposición y resistencias?”, se pregunta la ensayista de Hacer violencia. El régimen insurrecto en el arte, la colonización del lenguaje, que transforma en datos aquello que sería el estilo de un escritor, permite de todos modos un lenguaje en constante creación por la comunidad, que Arzoumanian arriesga a llamar artistas, cercana a la noción de prosumidores, otro de los geniales destellos teóricos de Marshall McLuhan.
“En suma, una poesía no excéntrica, sino expandida apoyada en el concepto de relación, de archipiélago”, enfatiza Arzoumanian, que reabran las paradojas y continuamente presenten el impresentable, lo siempre por decir, lo ya-no y aún-no. “Crear en las sombras”, diría Diana Bellessi, una de los poetas que sobrevuelan estos papeles, al igual que Tigrane Yégavian y Paul Celan, aparejados en aleteos con Walter Benjamin y Maurice Blanchot.
Una batalla tras otra. Sombras que desbordan los tópicos anestesiados del decir y los días de furia que se proyectan en campos a sembrar en las obras de la artista Patricia Szterenberg. Coincidencia de legados y trayectos vitales, la alforja de la diáspora y las perdidas acompaña también a Szterenberg, recientemente seleccionada en el Salón Manuel Belgrano de la Ciudad de Buenos Aires, nueve obras de arte acompañan los capítulos, destacándose la serie Digo de la artista visual, intervenciones sobre la materialidad de la palabra y el libro. Con gesto radicante, hererotopías y heterocromía que confluyen en producciones sin filiaciones ni raíces, varios artículos de Arzoumanian anfibios con valencia poética, acuñan así otra vertiente de nuevas palabras, extranjerizando sentidos, tal vez que acompañen la complejidad de nuestras vidas y nuestras mentes en este agujero digital, sueño húmedo de los tecnócratas ridiculizados en Mountainhead (2025), film de Jesse Armstrong. Así continuar nuestra batalla, una tras otra, que, como señalaba Paul Ricoeur, es la manera de terminar, continuando.
“No deja de sorprender como nos hemos habituado a conceder que odio y violencia contribuyen más que el amor y la paz a estructurar las relaciones sociales. Pero más sorprendente aún es la difundida resistencia a pensar que el clima de tensión, terror y amenaza que envuelve al mundo puede relacionarse directamente con la defensa cerrada de la identidad, la de cada uno o cada grupo, y el desmesurado culto de la memoria”, sostenía Marcelo Cohen, escritor, poeta y crítico, en Nuevas batallas por la propiedad de la lengua.
Ana Arzoumanian suelta la lengua, toma la trinchera del pensamiento crítico, y propicia la explosión de sensualidad de la poesía sin eficacias ni cultos entre las rejas de la comunicación. El error, promesa del arte, naturaliza el acto.