CIENCIA
Ciencia y tecnología

La órbita baja de la Tierra entra en una zona de riesgo por la proliferación de satélites

Un estudio científico advierte que las megaconstelaciones funcionan sobre un equilibrio extremadamente frágil y que una tormenta solar severa podría desencadenar colisiones en cadena en cuestión de días.

Orbita baja Tierra
Orbita baja Tierra | Shutterstock-Free

La órbita baja de la Tierra, donde operan miles de satélites comerciales, atraviesa un momento crítico. Así lo sostiene un estudio reciente liderado por Sarah Thiele, iniciado en la Universidad de British Columbia y continuado en la Universidad de Princeton, que analiza el funcionamiento actual de las megaconstelaciones y advierte que el sistema depende de un equilibrio tan delicado que podría romperse ante eventos extremos como tormentas solares severas.

El trabajo, publicado como preprint en arXiv, y difundido por el medio de ciencias Robotitus, describe la órbita baja como un verdadero “castillo de naipes”: altamente eficiente mientras todo funciona con normalidad, pero vulnerable a fallas que pueden propagarse con rapidez y consecuencias irreversibles.

Los números reflejan la magnitud del problema. En el conjunto de las constelaciones de satélites en órbita baja (LEO), se produce un “acercamiento cercano” entre objetos aproximadamente cada 22 segundos. En el caso de Starlink, la red de satélites operada por SpaceX, estos encuentros ocurren cada 11 minutos.

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Para evitar colisiones, cada satélite de Starlink realiza en promedio 41 maniobras por año. Este nivel de coordinación constante genera la impresión de un sistema controlado y estable, donde los algoritmos anticipan riesgos y corrigen trayectorias antes de que se produzcan accidentes.

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Sin embargo, el estudio sostiene que esa aparente estabilidad depende de condiciones ideales y de un control continuo que no siempre está garantizado.

Tormentas solares: el punto débil del sistema

El principal factor de riesgo identificado son las tormentas solares. Estos eventos, provocados por erupciones en el Sol, calientan y expanden la atmósfera superior de la Tierra, lo que incrementa la fricción que frena a los satélites y altera sus órbitas.

Ese aumento de fricción reduce la precisión de los modelos orbitales y obliga a gastar más combustible para mantener las trayectorias planificadas. Durante la tormenta solar Gannon, ocurrida en mayo de 2024, más de la mitad de los satélites en órbita baja debieron maniobrar de emergencia.

Pero el problema más grave no es solo mecánico. Las tormentas solares también pueden dañar los sistemas electrónicos, afectar las comunicaciones y limitar la capacidad de los satélites para recibir órdenes desde Tierra.

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Según los autores, el escenario más peligroso surge cuando ambos efectos se combinan: mayor incertidumbre orbital y pérdida de control activo. En ese contexto, un satélite que no puede maniobrar se convierte en un proyectil potencial dentro de un entorno cada vez más congestionado.

Para cuantificar ese riesgo inmediato, el estudio introduce un nuevo indicador denominado CRASH Clock, que estima cuánto tiempo puede pasar sin control activo antes de que ocurra una colisión catastrófica.

Los resultados son contundentes. En junio de 2025, bastarían apenas 2,8 días sin control para que se produzca una colisión grave. En 2018, antes de la expansión masiva de las megaconstelaciones, ese margen era de 121 días. Incluso una pérdida de control de solo 24 horas implica, según el modelo, una probabilidad cercana al 30% de iniciar una colisión capaz de desencadenar el llamado síndrome de Kessler.

Un problema que no se puede evitar ni predecir del todo

A diferencia de otros riesgos tecnológicos, las tormentas solares no pueden prevenirse y solo pueden anticiparse con uno o dos días de antelación. El estudio advierte que un evento extremo, comparable al histórico evento Carrington de 1859, podría dejar fuera de control a numerosos satélites durante más de tres días.

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En el escenario actual, ese lapso sería suficiente para provocar colisiones en cadena con consecuencias duraderas para el uso del espacio cercano a la Tierra, afectando comunicaciones, navegación, observación climática y servicios críticos.

DCQ