Julian Barnes se despide de la literatura con una novela sobre las despedidas
El escritor británico anunció que “Departure(s)” será su último libro y convirtió la despedida en un gesto de estilo antes que en un golpe de efecto. A los 80 años, con una enfermedad crónica y una obra atravesada por la memoria, el amor y la ambigüedad, el escritor británico elige abandonar el “libro” como institución sin renunciar al lenguaje. “Departure(s)” será lo que es: no un final solemne, sino una serie de salidas, una ética del cierre elegante y reflexivo.
El escritor británico Julian Barnes (1946) anunció que Departure(s) será su último libro. La noticia llegó con un detalle que en Barnes nunca es accesorio: el adiós no se plantea como ruptura dramática sino como administración serena de un final deseado. “He dicho todo lo que tenía que decir”, explicó; y al hacerlo convirtió la despedida en un gesto de estilo antes que en un titular.
Hay escritores que envejecen a los gritos: se repiten, se autoparodian, confunden intensidad con volumen. Hay otros que se someten a las bofetadas de los críticos, que suelen endilgarles la rotura de la “máquina de detectar mierda” (como la llamaba Henry Miller). Barnes, en cambio, se retira como uno de esos narradores suyos que no creen del todo en las revelaciones, pero sí en la cortesía de una explicación. A punto de cumplir 80, y con una enfermedad de la sangre que lo acompaña en forma crónica, dijo que dejará de escribir y publicar libros, aunque pretende continuar con el periodismo y la crítica literaria. Ese matiz importa: no abandona el lenguaje; abandona el “libro” como institución, ese ladrillo grande o pequeño anual que el mercado espera con profesional regularidad.
Departure(s), que como toda la producción del escritor británico será publicada en español por el sello Anagrama, aparece, entonces, como un libro que se piensa a sí mismo como despedida. No “la” despedida (Barnes desconfía de los absolutos), sino un conjunto de salidas: del cuerpo hacia la enfermedad, de la juventud hacia la memoria, del amor hacia lo que queda cuando el amor ya no es promesa sino mero archivo. Los perfiles y reseñas lo describen como un híbrido entre memoria, ensayo y ficción; y esa mezcla suena menos a estrategia contemporánea que a la forma natural en que Barnes viene entendiendo la novela desde hace años: un género que, para ser verdadero, debe aceptar que la verdad no es unívoca y que aparece donde menos se la espera.
Lo interesante es que Barnes no llega al mestizaje por oportunismo sino por coherencia. Desde El loro de Flaubert –esa pequeña obra maestra– la prosa barnesiana ensaya una idea incómoda: que la emoción puede necesitar aparato, bibliografía, incluso un chisme erudito para volverse precisa. La erudición en Barnes no es un ascensor social: es una manera de no caer de golpe en el sentimentalismo. Si en El sentido de un final el pasado era un dispositivo moral (la memoria como un tribunal defectuoso), aquí la memoria se comporta como una superstición sofisticada: creemos en ella porque es lo único que tenemos, aunque sepamos que muchas veces exagera e inventa.
La “trama”, si todavía puede usarse esa palabra, trabaja con una transparencia tramposa: Barnes se coloca como narrador y protagonista y recupera a dos figuras de su Oxford de los años 60, Stephen y Jean, unidos por una historia sentimental con triángulos, traiciones y una larga distancia afectiva. El dispositivo parece autobiográfico y, precisamente por eso, habilita el movimiento favorito de Barnes: el paso en falso, el viraje hacia la invención. Un reencuentro que se prepara como reparación termina rozando el territorio del artificio, como si la vida necesitara una puesta en escena para darse a conocer.
Una reseña estadounidense insiste en esa frontera movediza: Barnes facilita que Stephen vuelva a ver a Jean, arma la escena como si fuese un acto de reparación tardía y luego traiciona una promesa –no escribir sobre ellos– para que el libro exista. En otras palabras: la amistad sirve de argumento, pero la literatura cobra el peaje.
En esa zona ambigua, donde el yo se muestra y difiere, Barnes juega su última carta: el riesgo de ser acusado de “autoindulgente” o “demasiado listo”. El reproche es viejo, y Barnes lo conoce: la inteligencia, cuando se hace visible, despierta sospechas. Pero el truco –si es un truco– consiste en usarla como forma de pudor. Barnes no escribe para confesarse, escribe para pensar qué significa confesar. Pensar, en su caso, no es una actividad higiénica: implica admitir que la memoria falla, que el deseo tergiversa, que la muerte reorganiza la biblioteca y deja ciertos libros y ciertas personas en un estante muy alto, inaccesible y ambiguo, como si la altura fuera una condena.
El título merece una lectura cuidadosa. Departure(s) puede ser viaje, despegue, renuncia, muerte; el plural, esa “s” entre paréntesis, sugiere que nadie se va una sola vez y para siempre. Uno se despide de lugares, de personas, de versiones de sí mismo. El paréntesis agrega la idea de opción: departure o departures, salida individual o salidas en serie, como si el final no fuera un punto sino un horario que se reprograma en una pantalla del aeropuerto.
En la web oficial del autor, el libro se presenta como una meditación sobre mirar hacia atrás, enfrentar el futuro y llegar al final de la vida: definición sobria para un tema que suele exigir trompetas y una batuta organizadora.
También hay una precisión material que ayuda a entender el gesto. Departure(s) se publica en enero de 2026 y ronda las 176 páginas: el tamaño de una despedida que no busca convertirse en monumento sino en artefacto portátil, para leer sin ceremonia. Como si Barnes supiera que el exceso de páginas es una forma de no irse nunca, y que la elegancia –en literatura, pero también en la vida– incluye saber cuándo cerrar la puerta dulcemente.
Si este fuera efectivamente el punto final, no cerraría una obra con la épica del testamento, sino con la ética de la relectura. Barnes, que empezó con Metrolandia en 1980 y atravesó décadas de novelas, ensayos y crítica, se despide insistiendo en sus obsesiones: amor, amistad, tiempo, muerte y ese humor que funciona como antídoto contra el melodrama. Quizás por eso el adiós no suena a derrota: suena a alguien que, después de habitar la ambigüedad, decide no convertirla en rutina.
Queda para el lector una última pregunta –muy barnesiana, por otra parte–: ¿qué hacemos con las despedidas ajenas? Las consumimos como noticia, las archivamos como evento, las usamos para volver a empezar por el principio. En el mejor de los casos, la partida de un escritor nos devuelve a la tarea elemental de la lectura: esa forma doméstica de viajar sin equipaje, de salir por un rato de nosotros mismos.
Y si Barnes titula su salida en plural, es porque sabe que todo buen libro también es eso: una serie de despedidas que el lector completa, a su manera, cada vez que lo recuerda o cada vez que vuelve a abrirlo.
También te puede interesar
-
Ceferino Namuncurá: el lirio de la Patagonia y el puente espiritual entre dos mundos
-
Un homenaje a Spinetta gratuito, entre lo más destacado de la agenda cultura de la semana
-
De Santa Cecilia a Luis Alberto Spinetta: la evolución del Día del Músico en Argentina
-
Crítica de la razón aceleracionista
-
San Ildefonso de Toledo, el obispo que defendió la fe mariana en la España visigoda
-
La leyenda del Pombero: el duende que habita el monte y cuida las siestas
-
ULTRA Buenos Aires 2026: Lineup confirmado y una fuerte presencia argentina en el Parque de la Ciudad
-
Eduardo Blanco: “Me duele mucho cómo se está bastardeando a la cultura en los últimos tiempos”
-
Arte de lujo en Punta del Este