Eduardo Blanco, protagonista de la obra "Empieza con D, siete letras", analizó la actualidad del teatro argentino y cuestionó la falta de una mirada estratégica sobre la cultura. “Me duele mucho cómo se está bastardeando a la cultura en los últimos tiempos”, sostuvo en Modo Fontevecchia, por Net TV y Radio Perfil (AM 1190).
Eduardo Blanco es un actor de cine, teatro y televisión, célebre por su extensa colaboración con el director Juan José Campanella y por sus interpretaciones de personajes entrañables, destacando por su participación en películas como El mismo amor, la misma lluvia, El hijo de la novia y Luna de Avellaneda. También protagonizó la aclamada miniserie argentina Vientos de agua y participó de series españolas como Alta mar y Venga Juan. Se presenta con éxito en la obra Empieza con D, siete letras, escrita por Juan José Campanella y Cecilia Monti, una pieza que explora las segundas oportunidades en la vida.
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¿Por qué Empieza con D, siete letras?
Es una pregunta de un crucigrama que no es tan importante. Es un disparador. Es un encuentro casual de dos personas en un consultorio odontológico donde las revistas que quedan a lo mejor son algunas. Siempre hubo en los consultorios revistas de todas las épocas.
¿Sabés que las de palabras cruzadas, igual que los libros, son aquellas que resisten en la revolución tecnológica porque requiere escribir? La cantidad de libros electrónicos no superan el 10%. Es decir, hay algo: el papel tiene ventajas competitivas frente a lo digital y una de ellas son las publicaciones que tienen que ver con el entretenimiento. Incluso las personas de cierta edad, y como combate previo al Alzheimer, se les recomienda hacer juegos de mente, ¿no?
Sí, siempre fueron atractivos. Y acá este es un poco el disparador de un encuentro casual y circunstancial de dos personas que, bueno, les cambia un poco la vida ese crucigrama. Y en esa palabra, que tiene su respuesta en la obra, que no es lo fundamental, hay un juego, y el título hace referencia a eso.
Tengo entendido que la ciudad de Buenos Aires, junto con Londres y Nueva York, son las tres ciudades con mayor concurrencia al teatro, con una diferencia sustancial a favor de Buenos Aires, que es que Londres y Nueva York son las ciudades que reciben turistas de todo el mundo. Buenos Aires recibe turistas de aquí, de los vecinos, pero digamos estamos.
Pero también ojo que viene mucha gente, sobre todo de habla hispana, a ver teatro exclusivamente a Buenos Aires. Yo de eso doy fe. A mí gente me lo manifestó: “Venimos a hacer un tour teatral”, por ejemplo, me dijeron una vez unos peruanos venían exclusivamente al teatro.
¿A qué atribuís esa resiliencia del teatro argentino? ¿Por qué nosotros logramos tener una actividad teatral que se diferencia incluso de la mayoría de los países del mundo, incluso superior a muchos países europeos?
No sé si tengo una respuesta. Yo cambiaría recién la palabra resiliencia por resistencia. Me parece que puede haber algo de las dos. Esta fue una ciudad, y sigue siendo, con un movimiento teatral increíble en todos los aspectos: del teatro independiente, del teatro comercial, del teatro oficial. Uso el “fue” en función de desde hace muchos años venimos con cierta decadencia en muchas cosas. De hecho, por ejemplo, decime qué clásico en el teatro comercial tenemos nosotros en cartelera. Antes se estrenaban clásicos en cartelera.
En el San Martín y Cervantes todo el tiempo.
Pero son teatros oficiales. Me refiero al teatro comercial, por ejemplo, digo porque en otras partes del mundo siguen existiendo y la gente va a verlos. Acá ya no sucede esto. Antes en nuestra cartelera podían convivir Shakespeare y la comedia, lo mismo que Mar del Plata, por ejemplo, y la comedia de turno, de la fama de los actores que en ese momento trabajábamos en televisión. Digo “trabajábamos” porque hay un montón de cosas que ya no son igual.
A pesar de eso, en Buenos Aires la cuna es el teatro independiente, sin ninguna duda. En la época que yo empecé, por supuesto empecé en teatro independiente, y si de repente tenías la suerte de tener una obra de éxito, por lo menos en esa temporada podías vivir de eso. Hoy yo tengo colegas y amigos que de repente tienen que hacer dos y tres obras a la vez porque no hay más opción que hacer una vez por semana. Y esto te habla de una vocación, de un amor a lo que hacés.
Antes, si nos vamos un siglo atrás, eran los siete días de la semana, dos funciones los viernes y los sábados. Ahora hay una función por semana. Entonces, para lograr cierta capacidad de trabajo hay que hacer tres obras diferentes.
En el teatro independiente sucede mucho eso.
Eso supongo que produce creatividad, potencia la capacidad actoral. Debemos tener mejores actores.
Siempre hubo muy buenos actores y actrices acá, y muy buenos formadores también.
Hacer tres papeles simultáneamente...
Qué locura. No me tocó nunca. Siempre lo pienso como una locura, qué exigencia.
Además de ser uno, ser tres personas. Es a ratos ser cuatro personas en la semana.
Te juro que hay muchos compañeros que hacen eso. A mí nunca me tocó. Sí me tocó hacer al mismo tiempo una película y teatro. Son dos personajes, pero es distinto. No me lo imagino. Te lo cuento porque lo conozco.
En una película vas haciendo pedacitos. En el teatro lo hacés completo.
Creo que esto habla un poco de por qué Buenos Aires sigue siendo una ciudad teatral de potencia mundial en el sentido de que salen artistas de todas las disciplinas.
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Me acuerdo una vez que había entrevistado a una persona en Italia, un colega en el diario La Repubblica. Le conté aquello de Borges, de que los argentinos somos italianos que hablamos español, educados por ingleses, educados por franceses y que quisiéramos ser ingleses. Y ella me dijo que sí, pero que hay una diferencia: los italianos somos todos prima donna y todos actuamos de prima donna sabiendo que no lo somos. ¿Hay algo de la italianidad que explique esa particularidad de Buenos Aires teatral, de una ciudad particularmente italiana?
Yo creo que sí en muchos sentidos. Ni hablar en la comida. Yo vengo de familia gallega y recuerdo que en mi infancia era habitual que mi abuela pudiera hacer pulpo algún domingo. Y cómo poco a poco la comida italiana, riquísima también, con una resolución más fácil y quizás más económica, culturalmente nos fue abordando.
Me parece que en el teatro, sobre todo en la ciudad de Buenos Aires, que si bien es una ciudad multicultural, la cultura italiana, española y judía hicieron mucho. Yo creo que en el teatro es una mezcla de esas tres culturas, aunque la italiana, por supuesto, es una de las principales.
Me quedé con esa idea de que hay lenguajes asociadas a actividades. En el caso del italiano, la ópera; en el caso del alemán, la filosofía; el francés, la diplomacia; el inglés, los negocios. ¿Pero hay algo del histrionismo mediterráneo que produce esa enorme cantidad de teatro independiente, una necesidad de expresar?
Sí, yo creo que se conjugan muchas cosas, como la necesidad de expresar en primera instancia, la capacidad del juego, la capacidad del encuentro con el otro, en el teatro en particular. Por algo ha sobrevivido a todos. Ha sobrevivido a la radio, a la televisión, al cine, a las plataformas.
Sigue existiendo y con mucha potencia, mucho menos afectado, por ejemplo, que el cine.
Porque es el único lugar donde uno puede ver un fenómeno único e irrepetible en vivo. Por más que la obra mañana sea la misma, con los mismos actores, no va a suceder lo mismo que hoy por por la audiencia ypor nosotros mismos. Es la misma historia, los mismos actores, los mismos personajes; sin embargo, es un hecho único.
Siempre recuerdo que Beto Brandoni, con quien me tocó hacer muchos años una obra, Parque Lezama, de la que hicimos la película, ahora pronto se va a ver, me decía: “¿Cómo puede ser que hoy 500 personas se rieron de este gag y mañana 500 personas no se rían de este gag? No que se ríen 10 o 20 y las otras no, sino que las 500 se ponen de acuerdo en la esquina”. Lo decía irónicamente y verdaderamente es el misterio del teatro. ¿Cómo es esto? ¿Cómo puede ser que 500 personas, que tienen el mismo sentido del humor, las 500 que vinieron hoy, qué sucede? Sucede eso, es misterioso. Yo no tendré una respuesta para eso, pero hoy se rieron de ese gag o se emocionaron con esta situación 500 personas, mañana 500 no.
Tengo una hipótesis. Hay una politóloga alemana, Noelle-Neumann, que planteaba cómo puede ser que, por ejemplo, la gente antes fumaba en los aviones y hoy, si a alguna persona se le ocurre prender un cigarrillo, es rápidamente llevada presa, por ejemplo. Ella planteaba que personas que llevaban una hipótesis a los focus group, contagiaban a los demás y terminaban los demás opinando como esa persona. Entonces, supongo que si hay un grupo de personas que se ríen, contagian a los demás, y si nadie se ríe, el que se quiere reír siente que está solo riendo. Había un sindicato de reidores, y evidentemente eso era porque los reidores contagiaban la risa.
Sí, la risa por supuesto que es contagiosa. Por eso, de pronto, a los que nos gusta la comedia, el único lugar hoy donde tenés 500 personas riéndose de algo es el teatro. Porque en el cine ya es más difícil, hay cada vez menos comedias, y en la tele no es el mismo funcionamiento, por más que la estés viendo con tres o cuatro personas. La risa es contagiosa y espontánea. Pero ojo, entiendo que puede haber parte de tu teoría que yo apruebe desde el escenario, pero la otra parte no, porque la risa es espontánea.
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Claro, si la vida pudiese ser programada absolutamente en el futuro, no habría vida. Yo siempre defendí en las discusiones de creatividad que la oferta crea la demanda. Que si hay alguien que tiene algo para decir que es importante y lo dice con convicción, aparece el otro para escucharlo. Que alguien tenga algo para decir, que estén esos actores independientes, que esté toda esa cantidad de obras de teatro, crea el mercado también. El teatro independiente produce el mercado. Ese deseo de actuar genera algo. Yo cada vez que voy al teatro independiente me emociono. Me acuerdo un día, con Víctor Hugo en el Colón, y él se pone a llorar y me dice: “No sé por qué lloro”. Y yo le digo: “Yo sé por qué llorás. Mirá, ahí arriba hay 300 personas que a lo mejor actúan cuatro veces en el año y están entregando todo”. Más allá de la obra, hay algo que te transmite el deseo del otro de hacerlo.
Tengo la historia de mi tío, que todavía vive, con 94 años, que comenzó a los sesenta y pico a estudiar teatro en un grupo de teatro independiente. La vida después le trajo otras cosas. En el caso de mi tío gallego, vino acá y nunca más volvió a España. En el caso de su esposa, una vez sí lo hizo. Ellos, un poquito antes de la crisis del 2001, tenían un hijo en Barcelona y acá les iba mal, y tuvo que dejar teatro. Estuvo siete años viviendo en Barcelona, donde no pudo hacer teatro porque era en catalán, entonces se puso a pintar. Después volvieron e hizo una obra con Cacace que se llamó Mi hijo camina cada día más lento, que estuvo años. Después les tocó viajar, inclusive volvió a Barcelona a hacer dos funciones en el festival de Tarragona y una en Barcelona, el lugar donde había vivido exiliado nuevamente siete años. La verdad que fue maravilloso para él.
Por eso vive.
Bueno, yo lo pensé muchas veces.
De hecho, fijate cuántas escuelas terapéuticas utilizan lo actoral y el teatro como elemento terapéutico. O sea, que la persona pueda expresarse en la función actoral. Es un elemento, como la música, también terapéutico.
Finalmente, ¿qué hacemos nosotros? Jugamos. Hay un niño ahí que todavía está y los actores intentamos mantenerlo vivo siempre, justamente para tener abierta la capacidad del juego, que la sociedad, en la medida en que crecemos, nos la va cercenando un poco.
Ustedes construyen su objetividad tanto más que nosotros, los periodistas, porque la construcción del relato público, la subjetividad compartida, se construye de dos formas de lenguaje. Nosotros usamos el lenguaje verista, estamos obligados a que haya cierta evidencia y cierta correlación entre lo que estamos diciendo y lo que estamos describiendo. Ustedes, por el contrario, tienen la libertad de la ficción y construyen con el arte muchas veces mucha más subjetividad, y tienen muchas veces más capacidad de transformar a la sociedad que nosotros los periodistas.
Yo la verdad que no sé si es exactamente así, pero coincido en el concepto. Por eso me duele mucho cómo se está bastardeando a la cultura en los últimos tiempos y que no pensemos qué país queremos.
TV cp