ENTREVISTA a RENATA SALECL

“La amplificación algorítmica de la crueldad”

La introducción de un poderoso arsenal en las tecnologías de vigilancia y el uso de las crisis –como la que provocó el covid– para disciplinar a la sociedad estimuló al mismo tiempo un acelerado proceso de transformación en la comunicación entre personas, siendo la agresión y la grosería procedimientos generalizados. En Maleducados (Godot), su último libro traducido al español, la pensadora eslovena Renata Salecl reflexiona y expone cómo las diferentes formas de la violencia prosperan en paralelo (o como consecuencia) con el ascenso del neoliberalismo y el autoritarismo de ultraderecha y propicia el surgimiento de figuras como Donald Trump y Javier Milei.

Foto: NESTOR GRASSI

Luego de participar en el Congreso Futuro organizado por el Senado chileno y celebrado en Santiago de Chile –el principal evento de divulgación científica y humanista en el hemisferio sur–, la reconocida filósofa y socióloga eslovena Renata Salecl, miembro de la Academia de Ciencias de su país, de paso por Buenos Aires, presentó su último libro, publicado por la editorial local Godot. Se trata de Maleducados, cuya traducción contó con el apoyo de la Agencia Eslovena del Libro. La obra se compone en su mayor parte de una serie de textos, revisados y reescritos, que aparecieron en el Sobotna Priloga (el suplemento del sábado) del diario Delo, uno de los periódicos de mayor tirada de Eslovenia. En términos generales, estas intensas columnas analizan las diferentes formas de crueldad, violencia, agresión, vulgaridad y grosería que prosperan en las sociedades en paralelo (o como consecuencia) con el ascenso del neoliberalismo y el autoritarismo de ultraderecha. La entrevista se realizó, mientras se desarrollaba el Foro de Davos, en el pequeño patio del hotel donde Salecl se hospedaba, en pleno Palermo Soho. 

 

—Según se especifica en “Maleducados”, los artículos que lo componen, algunos francamente reveladores de la situación que atraviesan las democracias, se desarrollaron en el marco de programas y proyectos de investigación que cofinanció la Oficina Pública de Investigación e Innovación de Eslovenia. ¿Cuáles eran los objetivos principales de esas investigaciones?

—Esos programas y proyectos de investigación tienen que ver con los cambios tecnológicos y la ideología neoliberal en la sociedad actual. Se relacionan con el aumento de la agresión entre las personas, la introducción de nuevas tecnologías de vigilancia y el uso de las crisis, como la que provocó el covid, para disciplinar a las personas. En los últimos 25 años hemos vivido, a partir de los atentados del 11 de septiembre, en un estado permanente de crisis. Desde crisis migratorias hasta la crisis de la pandemia, que permitió crear nuevas legislaciones, temporales en una primera instancia, pero que han permanecido hasta el día hoy como un continuo estado de emergencia. 

—El marco de análisis de los textos del libro es el neoliberalismo y sus diversos efectos. En ese sentido, aparte de la segunda presidencia de Donald Trump en marcha, ¿ha cambiado sustancialmente algo de ese marco desde que los escribió?

—Hubo varios cambios desde ese momento hasta el presente, donde ha empeorado toda la temática del libro, en particular, que es uno de los puntos de los artículos, la comunicación entre las personas. Como dice el título, cada vez hay más maleducados, más agresivos y groseros y, en especial, ha aumentado la promoción de la ideología neoliberal y del éxito individualista. Lo que ha incrementado la ansiedad y la presión en los lugares de trabajo. También han aumentado los líderes autoritarios y populistas de ultraderecha o se han fortalecido. 

—“Maleducados” termina con una frase célebre de Gramsci: pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad. Sin embargo, también se pregunta cómo conservar esa voluntad. Mi pregunta es: ¿cómo se sostiene el pesimismo de la inteligencia?

—Pero es absolutamente necesario el pesimismo de la inteligencia para elaborar un pensamiento crítico. Lo cual es un gran desafío, sobre todo si se tiene en cuenta el uso de la inteligencia artificial hoy en día, porque reduce nuestra capacidad para el pensamiento crítico. El optimismo de la inteligencia se expresa en la autoayuda, por ejemplo, o en la idea de “superación personal”. El pesimismo de la inteligencia supone una mayor distancia cuando hay que lidiar con información e índices negativos, que es lo que nos permite realizar un análisis crítico. Muchas veces se llega a un punto muerto respecto de la información.  

—Pregunto acerca del pesimismo de la inteligencia porque en el libro, que gira en torno de las democracias, se describe y analiza una situación política, social, económica y psicológica, por decir lo menos, preocupante. Quiero decir, sostener ese pesimismo requiere de un gran esfuerzo ante formas de violencia en el trabajo, ante patologías derivadas de ello, ante el desplazamiento de la sociedad hacia la ultraderecha, ante el cambio climático.

—El tipo de pesimismo de la inteligencia que tenemos que incorporar, por ejemplo, con relación al ámbito laboral, es que no todo tiene que conducir a una ganancia, que el éxito económico no tiene que ser el resultado de todo lo que hacemos. Esa clase de pesimismo nos lleva a pensar en los límites de la ideología predominante de la productividad y el crecimiento económico, la cual lleva a la desigualdad social y a patologías como el burnout, el “síndrome del quemado”, que es un estado de agotamiento físico, emocional y mental causado por estrés laboral crónico. Pero que también crea las condiciones para los líderes populistas de ultraderecha, que aprovechan y canalizan las emociones negativas de la sociedad. Estamos llegando a los límites psicológicos y climáticos de la ideología del crecimiento económico, en particular porque todavía somos capaces de negarlo. Y ha habido un giro bastante negativo con Trump de regreso en el poder, tanto en la lucha contra el cambio climático y las desigualdades como en las políticas para evitar guerras.

—La pregunta se impone: ¿cuál es su visión de Milei?

—Aclaro que es una visión desde fuera del país. El apoyo a la ideología de Milei me parece muy similar al de los votantes de Trump. Por lo que he observado y escuchado, muchas personas, aquí, en Argentina, en especial pobres, se sienten desencantadas del último gobierno, y sienten además que han vivido bajo una corrupción desenfrenada y una crisis social y económica permanente durante veinte años. Con estas crisis tan prolongadas, llega un momento en que las personas están dispuestas a destruir todo lo que existe, a apostar a alguien que promete reiniciar todo nuevo. Esto es similar a lo que sucede con los votantes de Trump. Los miembros más radicales del Make America Great Again, o MAGA no están solo vinculados con los cierres de fábricas sino también con una crisis moral y social. Por eso creen que es mejor incendiar a la sociedad y apostar a que suceda algo nuevo y diferente, y volver a empezar. Esta fantasía es similar a la de los votantes de Milei: resetear todo, como hacemos con una computadora.

—Por eso, ¿hasta qué punto el concepto de neoliberalismo alcanza para comprender estos fenómenos políticos?

—El neoliberalismo es una noción muy amplia, desde hace ya más de cincuenta años, y en principio se refiere a una ideología del capitalismo occidental, aunque también vemos que existe, por ejemplo, en Argentina o en Chile. El neoliberalismo se caracteriza por exhibir su poderío militar, en particular en Estados Unidos, y se basa en distintas ideas de organización del capitalismo que promueven la violencia, la agresión y la crueldad. De aquí que, en el ámbito laboral, las personas son utilizadas como herramientas descartables para lograr el éxito. Esto también sucede con la relación entre los países, donde los más fuertes se consideran autorizados a cooptar, aprovechar y descartar a los más débiles. De ahí también la globalización de los maleducados y groseros, quienes experimentan cierto goce cuando observan el comportamiento vulgar de líderes como Milei o Trump. Ello se relaciona con el individualismo del Homo economicus que impulsan estos gobernantes o, en otros términos, la ideología del ganador que se lleva todo. Lo que importa es que muchas de las ideas de los teóricos neoliberales son empleadas con fines políticos, como sucedió en Chile, durante el régimen autoritario de Pinochet, con los Chicago Boys. Lo que llevó a la difusión de la ideología neoliberal que aún continua en este país, junto con los sentimientos de angustia, culpa, ira y autocrítica que ella genera. 

—Por el propio fracaso económico, se entiende. 

—Sí, es la consecuencia de la idea de que uno es el único responsable de lo que sucede en su vida, en todos los aspectos y, en primer lugar, del fracaso. De ese modo, las personas se someten a una autocrítica permanente, pero no critican a la sociedad. Se preocupan por sus propias elecciones, incluso por aquellas que pueden afectar a su familia, pero no cuestionan el orden social. Por lo tanto, fracasan porque hacen algo mal, no por motivos sociales y políticos. La autocrítica es una especie de efecto secundario del individualismo difundido por los Chicago Boys.

 —Los Chicago Boys actuaron en una dictadura militar, en cambio, los nuevos movimientos neoliberales de ultraderecha lo hacen en democracia. ¿Es posible que no la socaven en sus fundamentos? 

—Es absolutamente imposible. Por eso hoy en Chile hay grupos que apoyan la ideología autoritaria de Pinochet o a líderes que apoyaron el régimen autocrático-neoliberal de Pinochet. Estos grupos creen que solo por medio de un líder de ese estilo la sociedad puede mantenerse unida, ya que ellos prometen un progreso que, de hecho, nunca llega. 

—Según “Maleducados”, en uno de los pasajes más estremecedores del libro, y hay varios, la ideología neoliberal facilita que individuos psicópatas y sociópatas logren posicionarse en los altos puestos de la cadena de mando de las empresas. ¿Esto se focaliza en algunas corporaciones o está más bien generalizado?

—Está generalizado, porque la ideología neoliberal fomenta la crueldad. Desde hace décadas, los líderes de las empresas solo se dedican a obtener ganancias, para ellos mismos y para los accionistas. Y no tienen que sentir ninguna clase de culpa cuando tratan a las demás personas como objetos o como robots, porque eso es necesario para que ellos alcancen el éxito. Pero también llegan a puestos de gobierno en los Estados, como podemos observar sin grandes dificultades, líderes psicópatas, que carecen de culpa y de vergüenza.

—También en la Argentina los opositores al gobierno de Milei lo critican por su crueldad. ¿Esa es una crítica política o moral?

—En mi caso, es una crítica política, porque el funcionamiento de la política neoliberal se basa en la crueldad. No hay que analizarlo desde un punto de vista solo moral. En general, la crueldad se ha vuelto aceptable y ha permeado los medios de comunicación y las redes online, lo que permite que prosperen los gobiernos de ultraderecha. En parte, porque la democracia ha perdido fuerza con respecto a los derechos humanos. No debemos olvidar que varios de estos líderes autoritarios han llegado al poder gracias al anonimato de las redes sociales y la amplificación algorítmica de la crueldad, junto con el apoyo de los multimillonarios de Silicon Valley, que son los dueños de la tecnología digital. 

—Aun así, ¿cómo se ha vuelto aceptable la crueldad?

—Desde el punto de vista del psicoanálisis, la agresión es parte del psiquismo humano, una manera de responder a emociones negativas, y eso está bien. Pero Freud también habla de una agresión que no se dirige solo a los demás, sino a uno mismo en un sentido autodestructivo. 

—Sí, la pulsión de muerte. 

—Sí, por lo tanto, la pregunta es cómo canalizamos esos sentimientos negativos, como la ira, la envida, el odio. Cómo los articulamos verbalmente o cómo los sublimamos en ironía, humor, en algo creativo. O, por el contrario, si usamos esos sentimientos negativos para agredir a otras personas o a nosotros mismos.

—El capitalismo neoliberal entonces favorece la pulsión de muerte, tanto hacia los demás como hacia uno mismo. 

—Sin duda, y de aquí que últimamente tenemos tantos debates acerca de los aspectos psicológicos de patologías como el burnout, de que hablábamos hace un momento, o del sufrimiento psíquico de la angustia, de las adicciones, de aquellas personas que se autolesionan, que buscan autodestruirse. El burnout no tiene que ver solo con el agotamiento laboral. Es un tipo de depresión, a veces asociada con no sentir respeto por uno mismo. También genera angustia, porque uno siente que puede ser desplazado de su trabajo o despedido en cualquier momento. Antes de convertirse en político, Trump era una estrella de televisión con el programa El aprendiz, donde decía esa frase famosa a los participantes: “¡Estás despedido!”. Incluso Oprah Winfrey, la presentadora de televisión y empresaria multimillonaria, dijo que si a uno lo despiden de su trabajo hay que agradecer, porque es una oportunidad para realizar tu potencial. No son más que delirios neoliberales que generan sentimientos negativos. Ayer hablaba con un empresario argentino, activo en el ámbito de la inteligencia artificial, y me decía que hay empresas argentinas que sienten una gran preocupación con respecto de la reducción de puestos de trabajo en los próximos años debido a la IA. 

—¿Por ejemplo?

—Por ejemplo, en una firma de abogados calculaban que tendrían que despedir en pocos años unas 500 personas del bufete. La paradoja es que esas personas están alimentando y entrenando a su reemplazo, porque trabajan con IA. Todo eso genera angustia no solo en Argentina, sino en muchas partes del mundo. También está cambiando el modo en que los niños aprenden en la escuela, de modo que su capacidad de memorización y de concentración está siendo afectada, por ejemplo, para leer un libro o relacionarse con lo desconocido. Siempre la IA tiene una respuesta para todo. Entonces, cada vez pensaremos menos. A su vez, también se modifican las relaciones amorosas, que se han vuelto conflictivas. Es más fácil relacionarse con la IA, preparada para ofrecernos cosas que nos gustan. De alguna manera, se está haciendo problemático lidiar con el desacuerdo y aceptar a los demás como otros, cuyo deseo no necesariamente es el espejo del nuestro.

—Al parecer, están dadas las condiciones para la emergencia de una nueva barbarie, como ya lo preveían algunos pensadores de la Escuela de Frankfurt o Castoriadis a mediados del siglo pasado.

—Estoy de acuerdo. Al final de Maleducados menciono la colapsología, que estudia la desaparición de civilizaciones anteriores y el posible colapso de la nuestra, porque es importante para comprender por qué puede darse una nueva barbarie. Sin embargo, no soy totalmente pesimista. Creo que, en los momentos de crisis profundas, aparece la empatía entre las personas que desean que el estado de las cosas cambie para mejor. La cuestión es si esta empatía puede durar y si se puede extender, o si continuaremos por este camino de crueldad que transitamos desde hace varias décadas. 

—Volviendo, para terminar, al principio de la entrevista y al final del libro, ¿cómo conservar el optimismo de la voluntad en ese tránsito? Porque para conservar el pesimismo de la inteligencia, en todo caso, se dispone de un amplio y variado panorama. 

—Es algo muy difícil conservar el optimismo de la voluntad en este momento que atravesamos. No existe ninguna señal que apoye este optimismo, pero creo en la capacidad del pensamiento crítico. Y el primer paso es pensar nuestra sociedad actual, y no solo en términos históricos, sino con referencia a los nuevos desafíos que enfrenta, como la inteligencia artificial y las redes sociales, o el cambio climático, y cómo esto afecta psicológicamente a las personas. Este análisis debe hacerse de manera crítica y, a la vez, de manera positiva, porque las nuevas tecnologías pueden ser útiles en el campo de la medicina y la salud, y en lo relacionado con el cambio climático. También debemos pensar críticamente cómo ese panorama oscuro afecta nuestra subjetividad, nuestros afectos y nuestros deseos. Todo lo cual exige un trabajo interdisciplinario, que incluya las ciencias sociales y políticas.