La guerra, el mar y la escritura contra el abismo
A 65 años de su muerte, la vida y la obra de Ernest Hemingway vuelven a encontrarse en una misma trama de guerras, aventuras, pérdidas y resistencia. Corresponsal en los grandes conflictos del siglo XX, cronista de una generación marcada por la desilusión y autor de una prosa austera que transformó la literatura, construyó una filosofía de la “gracia bajo presión” frente a la violencia y la fragilidad humana. Su huella también llegó con fuerza a la Argentina, donde escritores como Borges, Piglia y Rodolfo Walsh encontraron en su teoría del iceberg y en su precisión narrativa una forma de contar lo que permanece oculto.
Hace 65 años Hemingway terminó su desesperación con un tiro. Dejó un legado de vida aventurera, escritura precisa, repudio por la guerra y una visión amarga de la existencia.
El arte de la escritura de Hemingway navega en la desgracia de los soldados, en la confraternidad entre artistas, en el naufragio de los sueños, o en la lucha de un viejo pescador con su presa. Su estilo realista nos recuerda la música áspera de la vida.
La huella literaria de Hemingway es inseparable de las guerras. Primero participa en la Primera Guerra Mundial. Con solo 18 años, el ejército norteamericano lo rechaza por su visión deficiente. Se alista entonces como voluntario en el cuerpo de ambulancias de la Cruz Roja Americana para socorrer a heridos en Italia. Allí conoce la realidad detrás de las consignas nacionalistas y patrióticas. Recoge cuerpos despedazados junto a pájaros muertos. Es herido de gravedad. Un proyectil de mortero le incrusta más de 200 fragmentos de metralla en sus piernas. Su recuperación es larga y dolorosa.
En 1937, es contratado como periodista para cubrir la Guerra Civil Española. Adhiere a la causa republicana frente al fascismo franquista. En sus crónicas retrata la resistencia de los civiles, el hambre, el miedo, el caos bélico. La brutalidad, de ambos bandos, fulmina todo romanticismo.
Años después, acreditado por la revista Collier’s, llega a Europa como corresponsal de guerra. Desembarca en una lancha el Día D, el 6 de junio de 1944, en la infernal playa de Omaha, en Normandía. En la Segunda Guerra Mundial es periodista y, a la vez, combatiente. Asume el mando de un grupo de partisanos de la Resistencia francesa. Entra en París antes que las tropas aliadas regulares. Con ironía, se autoproclama el “liberador” del bar del Hotel Ritz. Relata la campaña de la 4.ª División de Infantería de EE. UU. en la brutal Batalla del Bosque de Hürtgen. Padece el invierno feroz. Ve los cadáveres entre la sangre y la nieve. Porta armas, lo cual está prohibido para los corresponsales según la Convención de Ginebra. Casi es sometido a una corte marcial. A fines de 1944, presencia la Batalla de las Ardenas, la última tormenta de fuego lanzada por el ejército alemán.
En 1929, escribe Adiós a las armas, su primer gran relato antibelicista. Su inspiración directa es lo que vivió en Italia. Luego de sus heridas, y mientras se recupera en un hospital de Milán, se enamora de Agnes von Kurowsky, una enfermera de la Cruz Roja. El amor real no prospera, pero se sublima en una ficción trágica, signada por el deseo de escapar de las explosiones y la muerte en la neutral Suiza.
En esta novela empieza a parpadear su mirada desolada: “El mundo quiebra a todos, y después muchos se vuelven fuertes en los lugares rotos. Pero a los que no quieren romper, los mata. Mata a los buenos, a los tiernos y a los valientes por igual. Si tú no eres ninguno de estos, puedes estar seguro de que te matará también, pero no tendrá ninguna prisa especial.”
Por otra parte, su experiencia en España le inspira su otra obra cumbre: ¿Por quién doblan las campanas? (1940). Su título recoge una meditación metafísica de John Donne, poeta inglés del siglo XVII: «... La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; por tanto, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti». Hemingway despliega una trama donde se identifica con el bando republicano, pero no idealiza su proceder: expone sus masacres sin ambages ni hipocresías, sin dejar lugar para la inocencia o el idealismo acrítico. La guerra es una marea oscura que devasta y deshumaniza a las personas, tanto en las ciudades como en las sociedades rurales.
Su visión amarga sobre la condición humana desnuda las mentiras. La guerra moderna habla de “gloria” o “patria”, pero es una maquinaria desalmada que mata, mutila y dinamita todos los sueños.
Un momento claro y alto de su meditación realista sobre la guerra, Hemigway lo consuma en “Notas sobre la próxima guerra”, artículo publicado en la revista Esquire, en septiembre de 1935. Aquí afirma: “Ahora, la guerra la deciden o planean individuos, demagogos y dictadores que se aprovechan del patriotismo de su pueblo para engañarlo y hacerle creer en la gran falacia de la guerra”. Y concluye sus incisivas líneas con: “Antes de la guerra siempre piensas que no eres tú quien muere. Pero morirás, hermano, si vas a ella el tiempo suficiente”.
Su recepción en Argentina. Nuestro país introduce a Hemingway en el mundo hispanohablante. A mediados del siglo XX, Buenos Aires es la capital editorial del mundo hispano. En España reina la censura franquista. Muchas obras de la literatura anglosajona contemporánea se traducen y editan primero en la Argentina. En el caso de Hemingway, su novela The Sun Also Rises (1926) se traduce por primera vez el español como Fiesta en la Argentina, en 1944. Dos años después, esta traducción circula clandestinamente en España.
Antes que el resto de Hispanoamérica, los lectores rioplatenses conocen los cuentos de Hemingway a través de la revista Sur, de Victoria Ocampo, y las editoriales Santiago Rueda o Sudamericana.
Grandes escritores como Piglia, Borges, Walsh o Soriano se interesan por el autor de ¿Por quién doblan las campanas?. Para Ricardo Piglia, Hemingway no es sólo cronista de guerra, o cazador de safaris, sino orfebre de un estilo de austeridad expresiva. A los 18 años, en la ciudad de Mar del Plata, el joven Piglia compra un ejemplar usado de In Our Time (En nuestro tiempo), la primera colección de relatos cortos de Hemingway, publicada originalmente en 1925, en el que introduce por primera vez a su famoso personaje semi-autobiográfico, Nick Adams. Piglia descubre la técnica literaria, que el propio escritor tematiza como la teoría del iceberg (o teoría de la omisión). Lo no contado, lo que permanece por debajo del vértice del hielo, es más importante y solo debe ser sugerido, mediante una economía de palabras. Esto le sugiere al autor de Respiración artificial que un cuento siempre cuenta dos historias. Esta idea la desarrolla en su ensayo “Tesis sobre el cuento”. En el arte de contar moderno, como en Hemingway, y también en Edgar Allan Poe, se unen siempre dos historias: una visible (la superficie) y la otra secreta (la sumergida). Esto ofrece un modelo minimalista de escritura de pleno impacto en los cuentistas argentinos de los años 70’ y 80’, que suprimen adornos innecesarios para la mejor narración de complejos entramados políticos. La elipsis, como un arte de quitar información redundante, deviene arma estética para sugerir sin decir en épocas de censura y terror de Estado, como los que fustigan a la Argentina de la segunda mitad del siglo XX.
Antes de su fallecimiento en 2017, Piglia promueve y prologa la primera edición argentina de En nuestro tiempo.
En su recepción argentina, Rodolfo Walsh adopta la prosa austera y precisa modelada en los despachos de guerra de Hemingway. Así escribe su obra maestra Operación Masacre (1957), sobre los fusilamientos tras la caída del segundo gobierno peronista. Austeridad estilística que anticipa a A sangre fría de Truman Capote como exponente del Nuevo Periodismo.
Borges es también ejemplo de la lectura analítica de Hemingway. En principio, el autor de Adiós a las armas y el de El Aleph configuran dos modos opuestos de existencia. El primero cultor del realismo de frases cortas, del despojamiento de adjetivos, y la elipsis (lo que se calla); el otro, deudor de un pensamiento cosmopolita, de una cosmovisión plasmada en símbolos como el de las bibliotecas, los espejos, los tigres y los laberintos.
Borges desconfía de la obsesión del escritor estadounidense “con la hombría y los toros”. Luego del suicidio de Hemingway en 1961, con cierta irónica malicia, en sus diálogos con Adolfo Bioy Casares introduce la afirmación: «Hemingway se dio cuenta de que no era un gran escritor y se pegó un tiro; eso lo salva en parte». Considera que Hemingway vive atrapado en su propio personaje de corresponsal de guerra, boxeador y cazador, anteponiendo el “vivir” al “escribir”.
La fiesta, y la desesperación, de una generación perdida. En el periodo de entreguerras, entre la primera y la segunda guerra mundial, Hemingway se desplaza entre París y España. En 1926 publica la antes mencionada Fiesta, su primera novela. La obra fluye en un doble sentido: como retrato de la llamada Generación Perdida de la posguerra, y como celebración de las fiestas de San Fermín en Pamplona.
La Generación Perdida respira en el París de los años 20. Es el círculo de intelectuales expatriados integrado por Gertrude Stein, F. Scott Fitzgerald y Ezra Pound, y el propio Hemingway. Gertrude Stein es escritora y coleccionista de arte. En el número 27 de la rue de Fleurus de París anima un salón literario al que además de los escritores norteamericanos concurren desde Pablo Picasso hasta Henri Matisse. Un joven Hemingway es apadrinado por Stein en su camino literario. Ella asegura: “Todos ustedes son una generación perdida” (“You are all a lost generation”). Stein le recomienda a Hemingway que se dedique a la ficción antes que al periodismo. Al autor de Fiesta, como siempre debería ser en un escritor, le fascina la lectura. Se forma en la mítica librería Shakespeare and Company, ubicada en el número 12 de la rue de l’Odéon, fundada y dirigida por la estadounidense Sylvia Beach, quien le presta libros que no podría comprar o alquilar. F. Scott Fitzgerald ya había obtenido éxito comercial con El gran Gatsby. Fitzgerald pone en comunicación a Hemingway con su editor en Nueva York, Maxwell Perkins, de la prestigiosa editorial Charles Scribner’s Sons. Así Hemingway observa la difusión de su obra. En su libro de memorias París era una fiesta (publicado póstumamente en 1964), vuelve sobre el ambiente bohemio, cínico y desilusionado de los años 20. El gran poeta Ezra Pound, el de los Cantos, el de la edición de La tierra baldía de T. S. Eliot, el de una extraña deriva hacia el fascismo de Mussolini, también le dispensa una generosa ayuda. Le aconseja no caer en la autocomplacencia. Hemingway repite que Pound le enseña a “escribir una línea y desconfiar de ella”. Como gentileza por su ayuda literaria, le da clases de boxeo.
En Fiesta cristaliza el espíritu de la Generación Perdida, con su narración del viaje de un grupo de expatriados británicos y estadounidenses que comparte su angustia en los cafés de Montparnasse y que van en búsqueda de una vitalidad perdida en las corridas de toros de Pamplona. Su protagonista Jake Barnes exuda vacío existencial y, como alivio de su agobio, acude al alcohol, el arte y las corridas de toros.
El propio Hemingway se deja afiebrar siempre por el boxeo, la caza, los safaris en África. Al gran continente del desierto y la selva viaja en varias oportunidades. De esas experiencias nace el cuento “Las nieves del Kilimanjaro” y su libro de no ficción Las verdes colinas de África (1935).
Como Orson Welles, profesa una gran pasión por España: “el país que más amé después del mío”. Y también como al cineasta de El ciudadano, le fascina la tauromaquia: en 1932 escribe “Muerte en la tarde”, una suerte de tratado filosófico sobre el desafío a las fuerzas mayores de la naturaleza encarnado en el combate con el toro. Su descripción de las corridas y la fiesta en Pamplona son tan vitales que atraen a muchos a visitar la ciudad en Navarra. Por cuatro décadas mantiene encendida su pasión hispánica, y dos años después de recibir el Premio Nobel de Literatura en 1954, visita a Pío Baroja en su lecho de muerte.
También escapa de la desazón por la pesca de altura en Cuba, donde vive veinte años en su famosa casa de Finca Vigía.
La “Gracia bajo presión” y un viejo en el mar. La guerra malogra al ser humano. La memoria se convierte en un mapa de cicatrices. En la mente se inyectan atmósferas oscuras. El recuerdo de la alta violencia fragua traumas, alcoholismo, insomnio, trastorno de estrés postraumático. Radiografía psicológica de los barrancos en el corazón del escritor. Entonces, acude a una doctrina para huir de las sombras: la «Gracia bajo presión» (Grace under pressure). En una carta que le envía a F. Scott Fitzgerald en 1926, la “gracia” es lo que mantiene la compostura firme y digna ante el peligro. No se trata de ser inmune al miedo sino de, bajo presión, enderezarse y no caer en el abismo.
Su personaje, el viejo pescador Santiago, encarna esta resistencia existencial. En su yate Pilar, Hemingway navega en el mar Caribe entregado a la pesca de distintas especies de peces (desde el marlín, el pez espada hasta el tiburón). Entre la excitación y la contemplación de los paisajes marinos, y su familiaridad con pescadores locales, Hemingway escribe la historia del experimentado pescador Santiago en El viejo y el mar, en 1952. Es su última gran obra de ficción que le granjea el Premio Pulitzer, y lo posiciona con firmeza para su posterior concesión del Premio Nobel de Literatura. El viaje de Santiago no es pesca como entretenimiento, mera aventura, necesidad o el oficio de toda una vida. Es una experiencia simbólica de la “gracia bajo presión”, de la capacidad humana de enfrentar las amenazas, y mantener la claridad de acción.
El mar es la fuerza que exige resistencia, control, serenidad, confianza. Santiago se enfrenta a un marlín, parecido a un pez espada; este no es su enemigo, sino un hermano en el combate noble con la naturaleza: «No lo conozco —pensó—. Pero tengo que matarlo. Me alegro de que no tengamos que intentar matar a las estrellas». [...] Luego siente lástima por el gran pez que no tiene nada que comer, pero su determinación de matarlo nunca se relaja en su dolor por él. [...] «No hay nadie digno de comérselo por su forma de comportarse y su gran dignidad». De este pasaje brota el respeto absoluto de Santiago por el pez con el que combate. Para él, el mar es la mar: una diosa que impone una prueba en la que el tiempo es la vida que continúa o la muerte que ahoga.
Legado y el último día para la pesca. En 1961, el escritor se descerraja un tiro para liberarse de su abismo. La causa de su muerte por mano propia surge de su deterioro físico por enfermedades, un trastorno bipolar, depresión y, quizá, una decisión existencial definitiva. Su nieta Margaux Hemingway, la bella modelo, también se suicida, en 1996, a los 42 años. Ella es el quinto miembro de la familia en partir por la vía de la muerte autoinfligida.
Para sus críticos, Hemingway seduce más por su personalidad aventurera e inconformista que por su literatura estricta. En ese caso, se convierte en otro ejemplo de que la vida del artista es tan o más importante que su propia obra. Hemingway deja como legado una técnica de escritura depurada, precisa, sugerente, y que exalta el coraje moral; deja también su antibelicismo y su repulsión por las mentiras que ocultan las matanzas y el desperdicio de vidas que traen las guerras.
Como a todo ser humano, al escritor lo persiguen sus fantasmas: un ateísmo que sabe que, en la inminencia de la muerte, el individuo tiembla en una soledad sin dios. Su propuesta es una filosofía que digiere, sin reproches, la amargura de una vida donde predomina la violencia, el desamor, el horror y la fragilidad y la imposibilidad de los sueños.
A Hemingway siempre se lo asocia con una masculinidad rebosante, con su pasión por la caza, el boxeo y el impulso de ir a la primera línea de combate; pero su personaje Jake Barnes, en Fiesta, queda impotente por heridas de guerra y se ve obligado a redefinir lo que significa “ser hombre”. Es el legado de una literatura que acepta el destino, especialmente cuando se sabe de antemano que se está condenado. Por ejemplo, en ¿Por quién doblan las campanas?, Robert Jordan entiende que su misión en el puente es suicida; lo único que le queda es decidir cómo pelear esa batalla ya perdida.
En el último periodo de su existencia, Hemingway encuentra un refugio espiritual en la pesca y el mar. No se puede vivir siempre ante la realidad desencarnada sin algún juego que finja, al menos, la supervivencia de algo que le dé sentido a la existencia. Quizá, antes de ejecutar el tiro que lo saca de la función de teatro de este mundo, el escritor recuerda a Santiago. Junto a él, otra vez, respira el viento marino y navega para encontrarse, de nuevo, con un gran pez. Antes superó el desafío, pero esta vez siente que es momento de terminar: de perderse en las olas, entre los peces y el mar, sin rezos ni lamentos, mientras una lluvia de invierno empieza y rápido termina.