De los mejores óleos impresionistas ingleses es el de Whistler, “Nocturno en gris y dorado: nieve en Chelsea” de 1876, y al artista lo describe, inspirado en el Trotty Veck de Charles Dickens, como “una escena nevada con una sola figura negra y una taberna iluminada. No importa el pasado, el presente ni el futuro”. Un tiempo más tarde, Van Gogh expresaba: “No hay escritor que sea tanto pintor y artista del blanco y negro como Dickens”.
Ambos, impresionistas, inventivos, censores de la moral burguesa, apreciarían sin dudas la lluvia púrpura de Prince porque su música “era todo lo que siempre te ha gustado: revuelta, revolucionada, pintada de colores nuevos”. Eso piensa Nick Hornby del talento norteamericano de Mineápolis y, en simultáneo, del demiurgo inglés de Landport, a quienes enhebra en Dickens y Prince: un tipo de genio muy particular, plagado de riff y grandes esperanzas.
Lo que podría resultar un esfuerzo conspiranoico, sumar fechas y coincidencias, deriva en un mirada introspectiva del propio trabajo del escritor de Alta fidelidad. Hornby arranca con: “¿Qué podemos aprender al observar a dos artistas, ambos sui generis (tal vez por eso el emparejamiento no resulte tan extraño)?” para mirar su propia producción en editoriales y productoras. Y las de las nuevas generaciones.
“La próxima vez que alguien nos diga que la creatividad es difícil, rara, preciosa, inaccesible, o hay que tratarla con recelo, recordemos al joven de veinticinco años que fue capaz de escribir dos novelas extensas y brillantes al mismo tiempo. Dickens era inimitable pero contemplar con qué facilidad lo hacía lo relaja uno”, subraya el narrador británico sobre el autor de Oliver Twist y Nicholas Nickleby.
Esa capacidad de Dickens de revelar la profundidad sagrada e imperfecta de los seres humanos, aquel sin tiempo que también obsesionaba a Whistler y Van Gogh, es la pista donde bailó Prince en treinta y nueve discos y las miles de canciones que grababa al ritmo de una por día, en la fortaleza de la soledad de Paisley Park. Muchas que nadie parecía querer, acota Hornby, después del último álbum exitoso en 1991, “Si uno se toma la molestia de escuchar los veinticinco álbumes que grabó después de Diamonds and Pearls descubrirá que entre ellos esconden alguna de las mejores canciones que escribió, lo que es decir alguna de las mejores canciones que se han escrito jamás”. Una de las mencionadas, “Chelsea Rodgers” de Planet Earth, de 2007, lleva una estrofa que parece impresa en Casa desolada de Dickens: “Y el día que paremos de contar, viviremos tanto como un árbol”.
“Los verdaderos amantes de la música son en realidad mi tipo de personas favoritas porque les gusta saber, en lugar de que simplemente les digan qué pensar”, despedía Prince la nota de Mojo en 2014, una de las pocas que concedió en cuatro décadas, y de las últimas antes de morir, a la casi misma edad de Dickens, dos años después.
Dos tipos audaces y desclasados que enseñaron el camino en una sociedad injusta de inventar para vivir.
Dickens y Prince: un tipo de genio muy particular
Autor: Nick Hornby
Género: ensayo
Otras obras del autor: Alta fidelidad; Fiebre en las gradas; Cómo ser buenos; 31 canciones; En picado; Alguien como tú; Funny Girl; Todo por una chica; El estaado de la unión; Un gran chico; Juliet, desnuda
Editorial: Anagrama, $ 38.250
Traducción: Jesús Zulaika Goicoechea