CULTURA
Crítica

Kafka cartoneando

Entre las sierras y el calor, en el afuera de las casas blindadas en la noción social del cobijo, ocurre un misterio. Lejos estamos de una novela iniciática, de la aparición del narrador justificando su formación intelectual, entre las claves autobiográficas amables que lo hacen libro en un mercado que se come a sí mismo: trafica un problema de capas de sentido, cada una ejecutando el propio tiempo en una memoria rebelde al agotamiento a través de las ideas.

Esa introducción de treinta páginas actúa de prólogo y boceto, sacude la lectura para que diáfana acepte el por venir, como escribir: tengo mi propio Aleph, juguete tembloroso y rabioso. Deformado, sí, como la imagen de algo en movimiento en el horizonte desértico.

Y el acertijo supera al juego de la estructura lógica. El alemán sospechoso de su pasado, el extraño, acuna a un Borges cautivo, autómata de las citas discontinuas, veraces, apócrifas, futuras e improbables. ¿Dónde se encuentra la verdad en la ficción? “Así veo las dos partes de mi existencia cuando escribo: como un abrazo intenso y erótico de mi yo con mi otro yo. Un abrazo que dura lo que dura una novela. O una vida. O las dos cosas, que en mi caso son la misma.” Moyano Palacio rompe así la frontera entro lo íntimo y la materialidad de la escritura, ese objeto incómodo.

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Hay un ademán alemán sin serlo. La invasión, la contaminación, el ancla del entrismo germano, evoca la maquinaria de representación en El reglamento de Pablo Farrés. Y en núcleo los efectos: “Los argentinos podían ser réplicas de los alemanes, y esto es justamente lo que el mercado vende con su literatura nazi: orgullo nacional. Somos más europeos que los mismos europeos. Somos germánicos casi puros. Argentinos, ¡un esfuerzo más…!” Así, ser y destiempo, desacomoda la estantería categórica: “Un argento-alemán. Plata convertida en oro. La alquimia que el mercado vende sin saber qué vende.”

El acertijo inaugural de esta novela corrompe la cristalina locuacidad telegráfica cotidiana –se habla a través de un mecanismo instantáneo, con imágenes paganas–, sin fe ni empatía por el otro. Discurso loco sobre sí. Al retornar en el relato, darle espesor una y otra vez, Moyano Palacio incurre en una ejecución de lo ideal en cualquier orden: “Mis sueños de muerto se estrellaban y se hundían en la fosa común donde yacía roto y quebrado por el hacha de mi Maestro y su ayudante Cá. En un recuerdo literario típico de ultratumba me vinieron a la mente unas líneas de algún libro.”

Cá es el inefable Kafka cartoneando los vergonzantes títulos de una tradición mediocre. Y si hay un lector que lee lo que escribe el que lee lo otro, lo del afuera y adentro a la vez, es que el laberinto nunca termina. Contra esa institución de enseñanza culposa, el buen decir, Historia del sol rompe el cristal de la quietud infinita paisajista, la acuarela idealizada del pintor aficionado de la Selva Negra. Porque si hay algo oscuro es el espanto ante ese nazi endodérmico, incluso precursor del tiempo como evolución del designio mítico.

Historia del sol

Autor: Manuel Moyano Palacio

Género: novela

Otras obras del autor: Disco Wilcock

Editorial: Nudista; $ 34.000