CULTURA
Crítica

Acto de contrición

La poesía de Pablo Romero transita senderos escarpados. Se autoinflinge una disciplina monástica para narrar el dolor físico y espiritual. Con un sentido profundamente religioso, teniendo conciencia del peso y la densidad de cada palabra, abre la boca del testimonio para manifestar un acto de contrición sin concesiones. Una revuelta de emociones desordena la forma: hay mucho que pugna por salir.

Si consideramos que en la poesía la verdad es condición de posibilidad de su existencia, más allá de la convención literaria, Romero nos lleva por meandros de un río existencial con oleajes imprevisibles. La incertidumbre se acentúa a cada paso, a cada verso. “No hay pensamiento./ Hay consciencia de que algo breve y sutil se ha soltado,/ embestido una ola o perdido todo eje./ Todo rumbo/ Todo camino”.

Con un pulso dramático que se sostiene de principio a fin, Romero exige al lector, lo compromete. Es imposible permanecer indiferente ante el cúmulo de experiencias extremas que se concatenan sin solución de continuidad.

Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Hoy más que nunca Suscribite

En el decurso de estos poemas, el desgarro se hace verbo. Heridas abiertas, una punción metafísica, demoliciones. Caminar por una ciudad interior destruida. Hay escasas alusiones a la realidad circundante, se impone el viaje por estados de ánimo, por recorrer mapas de grietas y fisuras: “Pablo,/ pablo, no llores pablo. la enfermedad es otra casa/ y por qué cada palabra tiene el cuerpo de un espejo,/ no es tuya esta tristeza”.

Los buenos poetas saben leer el signo de los tiempos. La generación a la que Romero pertenece está escribiendo en la post pandemia: catástrofe impensada que dejó secuelas de todo tipo, afectando sobre todo la salud mental de los sobrevivientes. Los que estamos, sobrevivimos. La sensación de vacío, escarbar las capas del ser y no encontrar vestigio alguno, parece ser la ley de la época: “Donde creí, erróneamente,/ que la densidad no era un vómito áspero,/ sino la cantidad justa de materia/ para evitar que algo se nos caiga/ mientras todo lo demás también caía”. Despojados, inermes, al garete, en el medio de la nada, solo queda mirar hacia adentro.

No hay candor en la poética de Romero, está a años luz de cualquier forma de juvenilismo. Aquí no hay paraísos ni utopías, se ve un ambiente bordado por la crueldad. El futuro es un eterno presente donde se reproducen los males hasta límites inauditos.

Cuando se prescinde del artificio, de la pedrería verbal, solo quedan los huesos, esos húmeros vallejianos que reflejan la luz del sol hasta cegarnos. Las preguntas no tienen respuestas en un mundo aturdido y sordo que ha dejado de escuchar. Apenas se oyen voces interferidas, incomprensibles: “La tierra herida parecía un pequeños,/ y en la promesa del corte un dolor se libraba/ porque algo en el filo de la forma nos sostiene y nos destroza/ como un padre hiriente o como un cielo penetrante,/ a punto de romper”.

En la frivolidad reinante, correr ese velo que separa las palabras de su auténtico significado, requiere de un inmenso coraje. Romero blande su lira en medio de una hecatombe personal y social.

Otro no es tu nombre

Autor: Pablo Romero

Género: poesía

Otras obras del autor: Los días de Babel; Palabras tectónicas; La jaula del hambre

Editorial: Planeta; $ 30.900