El vencedor en las elecciones de Brasil es el hijo y vocero de Jair Bolsonaro, a quien promete liberar si llega al poder después de haber sido condenado por participar en un intento de golpe de Estado. Tanto el padre como el hijo reivindican la dictadura militar brasileña iniciada en 1964 y la dictadura de Augusto Pinochet.
Hace menos de un año, justamente Chile eligió a un candidato como José Kast que hizo campaña elogiando a ese dictador.
Aquí, Javier Milei apoyó las campañas de Bolsonaro y de Kast y, como ellos, también reivindica a Pinochet.
Antisistema Milei. Hoy, el reconocimiento de dictaduras del pasado, que años atrás hubiera motivado una condena social mayoritaria, no solo no hace mella en el electorado, sino que hasta parece una forma de sumar adhesiones. Lo que deja en evidencia el malestar de amplios sectores con el sistema democrático republicano que desde los años 80 se fue consolidando en la región.
El caso argentino es el más notorio. Desde que asumió de espaldas al Congreso, Milei se dedicó a horadar las instituciones vigentes desde 1983. Insultó al Poder Legislativo (“nido de ratas”) y le niega la autoridad constitucional de dictar leyes que contradigan sus decretos. Desconoce fallos del Poder Judicial, como el que lo obliga a cumplir con la Ley de Financiamiento Educativo. Promueve públicamente discursos de odio contra quienes no piensan como él. Desprecia a los organismos de cooperación internacional de los que la Argentina es miembro activo. Promueve la desaparición del Estado de todos los ámbitos.
Desde que se hizo conocido y en la campaña 2023, Milei siempre transparentó su desprecio hacia los formalismos del sistema y los “ñoños republicanos”. Por eso, lo que para la Constitución significa la democracia, para él es una “dictadura de las mayorías”. Repite el mismo ejemplo: “Si se juntan cuatro lobos y una gallina y votan qué se come, ya sabemos cómo termina esa cena, se comen a la gallina”.
Sin embargo, fue elegido presidente por el 56% de votos y en octubre del año pasado ganó los comicios legislativos con el 40%. Todas las encuestas lo siguen mostrando con posibilidades de ser reelecto en 2027.
Brasil, Argentina y Chile son ejemplos del descontento que atraviesa a amplios sectores sociales para los cuales la prioridad es buscar alternativas de gobierno que les permitan imaginar un futuro mejor. Sin importar demasiado el apego de esos gobiernos con el relacionamiento democrático tradicional.
Antisistema Bukele. Se acaba de conocer la encuesta anual de Latinobarómetro, la investigación más seria que desde hace veintiún años releva el pulso sociopolítico de América Latina. Allí se vuelve a verificar un fenómeno que no es nuevo: a casi la mitad de sus habitantes les da igual si su gobierno es democrático o no. Un 16% directamente prefiere un gobierno autoritario.
El Salvador es un país emblemático en ese sentido. Según el estudio, el resto del continente considera a Nayib Bukele como un mandatario dictatorial o autoritario (en un ranking que encabezan Cuba, Venezuela y Nicaragua). De hecho, los propios salvadoreños se ubican entre las tres sociedades que más de acuerdo están con la idea de “aceptar a un gobierno no democrático si resuelve los problemas”. Y es el segundo país en donde se coincide en que “un poco de mano dura no viene mal”.
En todos los rubros encuestados se refleja la adhesión mayoritaria hacia ese gobierno autoritario.
Es el país en el que los encuestados sostienen que más se redujo la corrupción, en el que el Estado más ha hecho por ellos (52% frente al promedio regional del 26%) y en el que más satisfacción despiertan sus sistemas de Policía, Judicial, Salud y Educación Pública. Lidera también en otros indicadores, como que la nación va en la dirección correcta y el que afirma que se le está ganando la batalla al crimen organizado.
En la misma encuesta, la Argentina lidera los mayores porcentajes de adhesión a las preguntas relacionadas con los valores democráticos. No obstante, hay alrededor de un 30% de argentinos que son críticos del sistema o, directamente, están a favor de un gobierno autoritario. Es un porcentaje que se mantiene estable a través de los años. Quizá no es casual que sea el mismo porcentaje de votos que consiguió la fórmula Milei-Villarruel en las PASO y en las generales de 2023. El mismo 30% que aún constituye el núcleo duro de La Libertad Avanza.
China, Vietnam. En el mundo hay otros ejemplos de sociedades gobernadas bajo sistemas no democráticos que generan adhesión social y éxito económico. Los casos más mencionados son China y Vietnam, ambos con regímenes de raíces marxistas y autoritarias con una acelerada apertura hacia el capitalismo.
Hasta el siglo XX existía el consenso de que las libertades políticas y la prosperidad económica eran inseparables.
Eso cambió, hoy se consolidó una duda sobre qué tanto beneficio es capaz de derramar la democracia liberal sobre la sociedad y hasta dónde son importantes el sistema y sus instituciones.
Al mismo tiempo, también se puso en cuestión el éxito real de la globalización capitalista. En especial para las empresas y trabajadores que no solo quedaban afuera de la escala mundial, sino que eran perjudicados por lo que esa globalización provocaba en sus mercados internos.
Ese nuevo sentimiento impregnó hasta en el mismo centro del capitalismo. Donald Trump es el emergente de un malestar que promueve límites a la apertura global, un regreso a la prédica nacionalista y un “hard power” con tintes autoritarios.
En la Argentina, además de un 30% de la población dispuesta a tolerar conductas abusivas del poder, convive otro porcentaje que en 2023 se sumó a la candidatura de Milei en el balotaje y que podría volver a hacerlo en 2027. Son los sectores que antes se autopercibían republicanos y votaban al PRO, al radicalismo y a otras corrientes moderadas.
Aunque en menor medida que cuando comenzó su gestión, el apoyo que sigue recibiendo Milei indica que las formas antidemocráticas que para algunos son inaceptables, para otros resultan secundarias.
Antisistema Bregman. En ese desdén libertario por las formas democráticas hay un punto de coincidencia con la crítica marxista a la “democracia burguesa”, en auge durante los 60 y 70, y que hoy continúan enarbolando políticos como Myriam Bregman. Ella lo acaba de repetir en Modo Fontevecchia al criticar el reformismo de Lula y desestimar cualquier alianza con el peronismo: “En el capitalismo no hay lugar para reformas, la revolución es posible”.
Quizá no por casualidad ella es la dirigente que más crece en las encuestas. Tanto su trotskismo como el anarquismo de Milei representan ideologías extremas, sobrevivientes de la modernidad y que, desde posturas antagónicas, expresan a los dispuestos a romper con el statu quo demoliberal.
Ambos desdeñan a los partidos tradicionales y a un Parlamento que aprovechan, pero al que no le atribuyen mayor legitimidad (en el anarquismo no existiría ninguna institución estatal y en el trotskismo, ninguna que incluyera los intereses de los explotadores). Los dos están en contra de este Estado, uno por “ladrón”, la otra por “explotador”. Él desconfía de la democracia de las mayorías, ella de la democracia burguesa.
En cualquier caso, lo que une a los Bolsonaro, Bukele, Milei y Bregman de este mundo no son sus ideologías (estatista, anti-Estado o trotskista). Todos ellos están unidos por esa creciente queja global que considera que la democracia liberal perdió el monopolio de la eficacia social y económica.