Los buenos vecinos no existen
En Cómo ordenar una biblioteca, Roberto Calasso recupera la teoría de Aby Warburg sobre “el buen vecino”. La biblioteca ideal no sería aquella donde uno encuentra el libro que busca, sino aquella donde encuentra el libro contiguo, el volumen inesperado que ilumina mejor la pregunta inicial. El libro vecino como revelación. El azar corregido por una inteligencia secreta del orden.
La teoría es bellísima porque halaga una superstición de lectores refinados: la idea de que los libros conversan entre sí cuando nadie los mira. Pero las bibliotecas reales –las verdaderamente usadas, fatigadas por mudanzas, humedad, entusiasmos violentos y abandonos súbitos– obedecen a otra ley menos noble y probablemente más exacta. Podría llamársela el principio de demora compensatoria.
No existe el buen vecino. Existe el vecino tardío. Uno busca a Stevenson y encuentra el Benjamin que necesitaba hace un mes. Busca a Benjamin y aparece un Onetti perdido durante un verano entero. El libro comparece cuando la necesidad ya expiró y el hallazgo adquirió una inutilidad melancólica. La biblioteca ordenada asiste. La desordenada objeta. Calasso imagina afinidades invisibles, vecindades fértiles, una diplomacia silenciosa entre volúmenes. Pero basta convivir algunos años con una biblioteca real para advertir otra cosa: los libros no cooperan: conspiran.
A lo mejor Jonathan Swift entendió mejor este fenómeno en La batalla de los libros, aquel relato donde los autores clásicos y modernos libran una guerra física dentro de una biblioteca. Swift imagina literalmente a los libros peleándose entre sí, alineándose en ejércitos, atacándose por prestigio y vanidad intelectual. Toda biblioteca termina pareciéndose más a esa batalla que a la armonía warburguiana. Los libros se desplazan. Se esconden. Se expulsan mutuamente. Un tomo enorme de historia romana aplasta durante años un libro raquítico de poemas de Ungaretti. Una novela de Arno Schmidt cae detrás de una fila y desaparece como un cadáver en una fosa común. Las novelas policiales emigran lentamente hacia la cama. Los rusos ocupan territorios enteros durante inviernos depresivos.
Nadie ordena una biblioteca: apenas administra un conflicto. Entonces aparece el verdadero sistema clasificatorio del desorden. No el caos sino la demora precisa. Cada libro parece decidir el momento exacto de reaparecer, generalmente cuando ya no sirve. Como ciertas personas que llaman apenas uno dejó de esperarlas. Ese es el principio de demora compensatoria: el libro perdido siempre aparece, pero lo hace demasiado tarde, cuando la búsqueda ya dejó de importar.
La escena es siempre idéntica. Durante semanas uno busca un libro. Revisa pilas inclinadas, abre cajas, se arrodilla frente a dobles filas donde ya no hay literatura sino geología. Al final renuncia. Compra otro ejemplar o abandona el proyecto. Y recién entonces, al retirar cualquier otra cosa, aparece el libro perdido, vertical, tranquilo, incluso ofensivamente visible. Produce una irritación especial la puntualidad invertida del objeto. Porque el libro estaba ahí, solo que no estaba era dispuesto a dejarse encontrar. Las bibliotecas demasiado ordenadas eliminan esta clase de acontecimientos. Un estante impecable transmite la misma impresión que un laboratorio: eficacia y una leve tristeza administrativa. Todo disponible. Todo localizable. En cambio la biblioteca desordenada conserva sedimentos de lectores anteriores. El lector ruso. El lector metafísico. El lector policial. El lector que subrayaba con furia. El lector que creyó sinceramente que iba a aprender griego antiguo. Cada pila contiene versiones extinguidas de uno mismo. Por eso el libro correcto aparece tarde: porque el que lo buscaba es otro.
Tal vez Warburg y Calasso tengan razón, los libros efectivamente dialogan entre sí en los estantes. Solo que el diálogo no es pacífico ni pedagógico. Se parece más a una guerra lenta de posiciones, donde ciertos volúmenes practican una forma refinada de crueldad: desaparecer exactamente cuando más se los necesita.