CULTURA
realidad y ficción

André Malraux y los mundos perdidos

En los turbulentos años de entreguerras, cuando todavía sobrevivían territorios inexplorados y leyendas capaces de desafiar a la razón, André Malraux emprendió una expedición al corazón de Arabia en busca de una ciudad perdida vinculada al mítico Reino de Saba. A partir de aquella aventura, a medio camino entre la historia y la ficción, este ensayo recorre el ocaso de los grandes misterios que alimentaron la imaginación moderna y reflexiona sobre un presente desencantado, donde la técnica parece haber reemplazado al asombro. Frente a un mundo que ha perdido gran parte de sus horizontes simbólicos, la literatura, el arte y la relación con los otros aparecen como los últimos refugios para preservar el sentido de lo humano.

“Yo tenía veinte años. No permitiré que nadie diga que es la edad más hermosa de la vida”. Con este golpe certero de pesimismo Paul Nizan abre su ensayo novelesco Aden Arabia publicado originalmente en 1929. Claro que Jean-Paul Sartre lo definiría mucho después en su barroco prólogo como “una vehemente confesión prosificada”. A pesar de su agonía, Nizan buscaba su lugar en el mundo, un espacio donde pudiese descansar. Conocer la tierra de “Las mil y una noches” parecía ser la respuesta para liberarse de una Europa enrarecida. Todavía los desiertos orientales guardaban un halo de incorrupción. De páramo virginal. Pensó que seguiría pues las huellas de Robert Stevenson, de Arthur Rimbaud o de Paul Gauguin. Pero no pudo ser. La realidad de la existencia empañó la ilusión. Su joven vida terminaría apagándose luego en aquella terrible batalla de Dunkerque.

En la primera mitad del siglo XX, pese a todo, todavía había sitios donde buscar refugio. Ya no. Hoy toda la tierra no solo está cosmizada, sino además está -en palabras del poeta T. S. Eliot-, “baldía”. Desencantada. Más en los tiempos de entreguerras, aún bajo las sombras hitlerianas todavía quedaban algunas pocas promesas para la aventura, quedaban mitos por develar y empresas exóticas por planear. Eran épocas grises y humeantes para que los jóvenes inconformistas inventaran “las ucronías de la vida interior”. Algunos, como Nizan, veían mejor la realidad que se avecinaba. Sabía que el Mediterráneo Oriental seguiría los pasos devastadores de Europa. Otros, como André Malraux, preferían la fingida alegría y la fútil fama. Tiempo después reconocerá con nostalgia en sus Antimemorias: “La aventura geográfica ejercía entonces una fascinación que ya se ha perdido…”

Malraux atravesó aquellos tiempos malditos tratando de construir su propio mito. Escapó a Oriente. Eso, en parte, lo salvó. Quería huir del fascismo, pero también urgía la necesidad de esa acción que solo aflora en la pubertad; así la fascinación por la sensualidad lo llevó a explorar las tierras que otrora había caminado Nizan. En 1934 aparecieron una serie de artículos publicados en el periódico francés L’Intransigeant donde el mismo Malraux relata su viaje a Yemen en busca de una ciudad sepultada que, en tiempos bíblicos, perteneció al Reino de Saba. Mapas trazados a mano, latitudes y longitudes, dibujos de ruinas inventadas, coordenadas extrañas y fotografías del mismo André posando junto a su primitivo monomotor ilustraban aquellas notas que anunciaban al mundo “el descubrimiento del siglo”: ¡La Biblia tenía razón!, Salomón no solo había existido, sino también la insólita reina que amó. ¿Encontrar el “Arca de la Alianza” en Etiopía sería su próxima meta? No lo sabemos. Lo cierto es que el escritor nunca pudo probar nada. Quizás tampoco le importaba. Él ya había relatado historias fantásticas cuando vivió en Indochina, en el cual conjugó entonces la revolución con la literatura, escenarios de varias de sus mejores piezas narrativas. Luego se marchó para pelear en la Guerra Civil Española donde ya estaban periodistas de la talla de Ernest Hemingway y John Dos Passos.

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Si visitó la ciudad secreta o no siempre será tema de debate. Dejó su arcano como herencia. Malraux nunca permitió detectar mucha distancia entre la ficción y la realidad. Eso cuida el misterio. Lo alimenta. Lo interesante a destacar es que en aquellas épocas, llenas de dolor, y al mismo tiempo de romanticismo, todavía había sigilos por traducir, lugares imaginarios para fantasear, monstruos por clasificar. Luego de las Grandes Guerras todo eso se extinguió. Nos enfrentamos a la verdadera condición deshumana del holocausto, al rostro banal del mal, de los combates angustiosos ensangrentando a las consciencias. Nos aterramos con la posibilidad de la devastación atómica, y a cambio ciframos las esperanzas en la carrera espacial, en la técnica y en la automatización “inteligente” del mundo.

Hoy, a pesar de todos los adelantos, el planeta no es un lugar mejor. Las realidades han superado a las ficciones. Realidades que a menudo se pixelan. Ya quedan pocos enigmas por descubrir. Los eriales que cabalgaba el coronel Lawrence están asolados. Oriente ha perdido su magia. Lo legendario se ha hecho patético. Los viajeros se han transformado en turistas. El asombro en selfies. Por consiguiente, la humanidad globalizada, totalizada, no encuentra salida de la lógica circular. Donde ya ni siquiera hay desesperanza, sino algo peor: desesperación.

Recuperar aquellos senderos ocultos es un mandato moral. Valores intangibles, no obstante veraces. Difíciles en una realidad pornográfica, donde todo está mostrado, donde prevalece el absurdo. Y cuando se corre la cortina final deviene el apocalipsis. Sin embargo, aún hay algo que puede salvarnos: la “solidaridad”, diría Albert Camus en La peste; el “arte”, según Sartre en El ser y la nada; “el rostro del otro” opina Emmanuel Lévinas en Totalidad e infinito. La ética estética y la contemplación de lo sensible son los vástagos de la espiritualidad. La buena noticia es que tenemos municiones para resistir: todavía nos queda la mano de Gustavo Adolfo Bécquer quien supo entender que la poesía se sostiene en lo misterioso. Nos queda la lluvia, los bosques y el mar. Y aunque nos parezca mentira, nos quedan los otros. ¡Sí, digo bien!... Los otros. Como hizo finalmente reflexionar Camus a su personaje, el Doctor Rieux: “En el hombre hay más cosas dignas de admiración que de desprecio”.