Reims
Un rato después saluda a la autora. ¿Vendrías a Reims el año próximo? Le dice que sí. Él agrega: es la capital del champán.
Este viaje comienza muchos años atrás, en 2016. Un lector francés, Jöel Simon, compra un libro en París. No conoce a la autora, pero le gusta la literatura latinoamericana, le llama la atención el texto de contratapa o el título: Chicas muertas. Vuelve a su casa, en Reims, a media hora en TGV. Su hija de veinte años les anuncia que va a pasar tres meses en Buenos Aires, haciendo un posgrado. Jöel tiene el libro aún sin abrir en la maleta. No lo leyó, pero leyó lo suficiente en la contratapa. Entra en pánico. Lo comenta con una amiga con la que comparten libros, lecturas. Ella le dice que olvide el libro, que no lo lea, que lo esconda al fondo de su biblioteca así tampoco su esposa se topa con él. Su hija va estar bien, le asegura. Así lo hace, así sucede todo. La hija regresa sana y salva. El libro queda olvidado en el estante más alto.
El año pasado Jöel va a un festival en Saint Malo. La programación es apretada, es un lector voraz, todo le interesa. Va con una amiga y compañera de trabajo, Isabelle, la directora de la asociación Villa Nova, donde trabajan hace treinta años y que se ocupa de la promoción de la lectura en niños y adolescentes. Se reparten las charlas para poder abarcar todas. Él se mete en una de las salas. Una escritora argentina habla de un libro que ya tiene muchos años y la editorial francesa acaba de publicar en una edición de bolsillo. Es aquel libro que nunca leyó.
Un rato después saluda a la autora. ¿Vendrías a Reims el año próximo? Le dice que sí. Él agrega: es la capital del champán.
Jöel me cuenta esta anécdota desde el asiento trasero del auto que maneja su esposa. Ella y yo vamos adelante. Atrás él y Emiliano, un chico de Crespo que vive en Reims y será mi traductor. Así llego a esta ciudad, la segunda o tercera de Francia. Es invierno, llovizna y oscureció hace unas horas aunque apenas son las 7.
Vine al festival Faraway que este año está dedicado a nuestro país.
En la ciudad hay un portal de la época de los romanos, la Puerta de Marte, y dicen que cada vez que hacen un agujero para pasar un caño en la calle, aparecen restos de la antigua ciudad. Una catedral imponente que se ve desde cualquier lado del centro de edificios bajos, donde se coronaron los reyes durante diez siglos. En una mañana gris, sus torres son abrumadoras. Casi todos los días serán nublados, con ligeras lloviznas, menos el sábado cuando me visita mi amiga Penélope. Hay sol y paseamos por la ciudad. Vamos al mercado, me marea la variedad de nabos. Hay unos que parecen las cabezas guillotinadas de unos marcianos: las imagino rodando desde el cadalso hasta la cesta de mimbre del vendedor. Afuera toca una orquesta de chicos y chicas jóvenes con uniformes azules y rojos. Derivamos hasta un bar de vinos. No venden comida, sólo vino, y la gente puede traer para comer lo que compra en el mercado. Llevamos unos quesos y una quiche Lorraine. Buscamos una mesita al sol. Vamos a caminar mucho ese día.
En París, donde vive mi amiga, también está gris y lluvioso, hay que aprovechar esa luz pálida, apenas brillante que se derrama sobre nosotras como el óleo con el que consagraban a los reyes allí en la catedral. Un aceite llamado la santa ampolla, bajada del cielo por un ángel. Dicen que era inagotable y que cada vez que un rey enfermaba descendía un poquito. Durante la Revolución Francesa, la ampolla fue destruida en la plaza.
También te puede interesar
-
La costura del poema
-
El sur ominoso y profundo
-
La voracidad de las esferas temporales
-
La hora de la ética
-
Un oscuro manantial de conciencia
-
Mi bella dama
-
San Valentín de Roma: el mártir del amor que desafió al Imperio por la fe y la familia
-
Libros: Una crónica de la incertidumbre
-
Crisis en EE.UU.: eliminan la crítica de libros en el ‘Washington Post’