“Soy poeta ante todo. Escribo poesía desde que tengo memoria, pero más que eso: veo el mundo como poeta. Para mí todas las cosas son poesía: lo mundano, lo gozoso, lo alarmante”. Más acá, Jenni Fagan, la escocesa editada por primera vez en la Argentina con Luckenbooth, finamente traducido por Micaela Ortelli para la debutante editorial Queequeg Press. Más allá, en el libro, se entonan hijas del diablo, mujeres sin miedo, fantasmas vengadores y hechizos de sirenas salidos del abismo delator. En ese tenement de Edimburgo, viviendas populosas que cruzan centurias, resplandece un laberinto de carnes y huesos sumido en oscuridades y horrores. Que vislumbra, en las voces de los descamisados, los artistas, los locos, los mentirosos, los espectros y los amantes, un disparo justiciero final. Aunque no se fíen en principio en los MacRae, un nombre huidizo que se repite en otras ficciones, una memoria y las colecciones de poesía suyas, las visiones fantásticas en la novela de Jenni Fagan anuncian para los lectores con el corazón roto, lectores devastadores, sin arrepentimientos, “un largo camino a casa”.
Esta poeta exquisita de extrañas proporciones, narradora, guionista y artista además, puede colaborar en el bello Heart of the Spirit, sus poemas sobre la bicentenaria destilería The Macallan, o propiciar Narrative, una gran exposición que incluía 180 piezas de arte y escritos de presos, jóvenes infractores y pacientes psiquiátricos del Reino Unido. Ella que sobrevivió al abandono sistematizado y eligió habitar creativamente las casas de su miedo, “crecí dieciséis años dentro de la tutela estatal en Escocia, así que aquella exposición ha sido importante para mí. Además porque he trabajado muchas veces en mi propio arte en esos ámbitos, a veces con personas en prisión, o como autora invitada, o dando talleres de escritura”, señala Fagan, consagrada en 2013 con The Panopticon, que tendrá una versión audiovisual al igual que su autobiografía Ootlin. Con aquel visceral libro llegó a las tapas del The New York Times Book Review, que la describió como The Patron Saint of Literary Street Urchins, la patrona de los niños callejeros literarios.
“Como si los muertos y los vivos se cruzaran en esas escaleras a lo largo de toda su existencia. También vi el edificio como un recipiente y un símbolo de la corrupción, la codicia y el capitalismo, y por eso me pareció justo intentar derribarlo desde adentro hacia afuera”, es lo que en Luckenbooth, con sus nueve historias, nueve personajes y nueve décadas, arde. Algunas oraciones de la novela, que abren en subtítulos las respuestas en exclusiva desde Escocia de Jenni Fagan, en la plena razón de la injusticia social cotidiana. Porque al concientizar narrando, cantaría la víbora Nick Cave, “juntos estamos haciendo que nuestros mañanas sean diferentes”
“Algo me afectó el alma”. “Sabía que iba a escribir este libro unos veinte años antes de escribirlo. Vivía en un edificio de viviendas de Edimburgo muy deteriorado, un edificio bastante aterrador, intensamente embrujado. Ninguno de mis amigos se quedaba en mi piso cuando yo no estaba y todos mis televisores viejos seguían explotando. Las luces de la escalera parpadeaban y a menudo se apagaban. Los vecinos eran muy eclécticos y no querías tratar con ellos en absoluto. En fin: cuando vivía allí y el edificio se iba vaciando más y más, y a veces teníamos okupas en la escalera, y muchas jeringas y consumidores de drogas en el sótano. Había unas huellas en la pared del último piso, como si alguien hubiera trepado hacia el altillo. Me enteré de que, en efecto, en el altillo había vivido alguien en algún momento, en un espacio lleno de pasto y un sillón roto, y yo no podía dejar de pensar en esa persona recostada allí mirando las estrellas. Tenía sueños y una vida muy intensa cuando vivía en ese lugar. Contaba sólo diecinueve años cuando me mudé allí, y escribí mi primer libro en ese edificio, en una máquina de escribir prestada –“Urchin Belle”. También es donde escribí mis primeras colecciones de poesía”.
“Siempre tuvo el Otro”. “Es un honor unirme a la literatura argentina con Luckenbooth, y hay una correlación real con la forma en que yo no considero que los confines de la llamada realidad sean la autoridad sobre nada. En el mundo hay mucho visto y no visto, mucho conocido y desconocido, y me encantan los escritores que encuentran ambas cosas y las traen a la vida. Así, Mariana Enriquez es una maestra extraordinaria del asombro literario, y por supuesto he leído a Jorge Luis Borges, a Julio Cortázar. Samanta Schweblin es extraordinaria”.
“Tenemos que recordar nuestra historia de otra manera”. “Creo que las únicas civilizaciones verdaderamente grandes existirían sin ninguna tolerancia hacia la barbarie, pero la humanidad rara vez ha logrado eso. Pienso que la influencia corruptora del poder, el dinero, el estatus, combinada con los egos de personajes maquiavélicos, se despliega en gran detrimento de todos los demás: ¿por qué estas figuras singulares se salen con la suya tantas veces? Y después quieren que les construyan una gran estatua para celebrarlos”.
“No quiere decir que no tuviera ninguna responsabilidad”. “Todavía tenemos a los mismos personajes malévolos intentando destruir la sociedad por una ganancia nominal en ego, dinero o poder, o simplemente porque tienen un odio profundo. Creo que las personas que no pueden ver más allá de su propia vida o mortalidad, que causan un gran daño a otro, ya sea en la guerra, el genocidio, a través de la pobreza o de cualquier otra injusticia, no son aptas para gobernar. Actúan completamente en contra de la raza humana y eso tiene que detenerse, en algún momento, de manera permanente. Mientras tanto, como el señor Udnam de la novela, tomarán todo lo que puedan. Yo no escribiría Luckenbooth de manera diferente hoy –redactada durante la primera presidencia de Donald Trump–, porque lo que estamos viendo es lo mismo, solo que cada vez más extremo. Las estructuras se están cayendo todas. Y son las personas comunes las que necesitan tener la oportunidad de decidir qué debería venir después, no los oligarcas, no los multimillonarios, no los gigantes tecnológicos, no las grandes farmacéuticas y no los sociópatas o psicópatas. Es tiempo de escribir y de alzarse”.