Lévinas nace en Lituania en 1906, cuando este país es parte todavía del imperio zarista. Su padre y madre son judíos tradicionalistas y practicantes. Aprende hebreo y arameo, estudia el Talmud. Su progenitor, dueño de una papelería, le asegura una buena educación. En uno de los frentes de la Primera Guerra Mundial, Rusia se sumerge en el infierno de batallas y hambre, en lucha con Alemania. Esto fuerza la emigración de su familia. Vive en Járkov, Ucrania. Regresa a Lituania, en la cercanía del Mar Báltico; luego, se establece en Francia, en Estrasburgo, para encauzar sus estudios en filosofía. En esa etapa conoce a Maurice Blanchot, el autor De Kafka a Kafka, y de Lautrémont y Sade, entre otras obras, con quien cultiva una amistad de por vida. Luego, durante la guerra, su esposa y su hija se salvan de la persecución nazi gracias a la ayuda de Blanchot, quien las oculta un mes en un apartamento en París, y después hace lo mismo en un monasterio en Orleans.
En 1928, en la Universidad de Friburgo, estudia filosofía con Husserl y conoce a Heidegger. De este luego se alejará, por su adhesión al nazismo.
Se nacionaliza francés, continúa su formación filosófica. El nazismo vomita su fetidez durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Y en 1940, sirve a los Aliados como intérprete de ruso y alemán. Al año siguiente, es hecho prisionero por los alemanes en Rennes. Durante toda la guerra permanece en un campo de concentración en Hannover, Alemania. Durante su cautiverio, comienza a pensar en la vulnerabilidad, la deshumanización, la vida masacrada por las puñaladas del mal, la supresión de la subjetividades. Entiende que la ética precede al ser; lo ético y lo que llamará el “Rostro del Otro” despiertan una responsabilidad que blinda ante lo deshumanizante.
Su condición de militar francés lo salva de las cámaras de gas en las que mueren millones de otros judíos. Este es el aciago destino de toda su familia que había quedado en Lituania. En su encierro, tiene la posibilidad de seguir leyendo, y empieza a escribir De la existencia al existente, publicada originalmente en 1947. Aquí se aleja de la ontología de Martin Heidegger, y medita sobre el existir anónimo e impersonal. De la existencia puede surgir un “existente” cuando el “yo” toma conciencia de sí mismo, se hace responsable, y no busca ya el Ser, critica a Heidegger, sino otro camino delineado por la relación con el Otro, dado que el sujeto no puede realizarse en soledad. En su meditación emergen sus temas nodales posteriores que se aunarán, en integración maestra, en Totalidad e Infinito.
Luego de la locura de las esvásticas, de la locura nazi, con la máquina letal de los campos de exterminio, el pensador experimenta un tiempo de sosiego y reflexión en la posguerra. Luego de la Segunda Guerra Mundial, Lévinas reafirma su conciencia judía; y entre 1946 y 1947, dicta unas conferencias, publicadas luego bajo el título de El tiempo y el Otro; continuidad de su pensar en evolución que rompe con la tradición de la filosofía occidental y recupera la prioridad de la ética. Reflexiona sobre la soledad, el “yo” encerrado en el “aparecer del existir”, no como carencia sino como estructura existencial condicionante de la vida del sujeto. En el tiempo se fluye como sujeto solitario, y también desde una hospitalidad que abre a lo absolutamente distinto del Otro, cerca de lo inasumible de la muerte, o del eros como dimensión femenina de misterio.
Y un Lévinas ya afianzado en su travesía intelectual, en 1967, recibe el nombramiento como profesor en la universidad de París-Nanterre. Desde entonces, París es su hogar.
El momento de su paso a lo desconocido lo encuentra en la ciudad sobre el Sena, en 1995.
Totalidad e Infinito. Todo surge de algún manantial anterior, y el pensar levinasiano brota del universo literario (Gógol, Lérmontov, Tolstói, Khdanev, y en particular Dostoievski); de lo teológico (la tradición judía, el Talmud, la Biblia), o de la filosofía griega y moderna (desde Platón, Kant, Hegel, o Husserl).
En su derrotero intelectual lo influye la fenomenología del mencionado Husserl, y su “intencionalidad” como un abrirse de la conciencia al afuera. Heidegger primero lo seduce, y luego lo critica por postular el Ser como totalidad; e impugna también la postulación heideggeriana del “ser en el mundo”, en la que se disipa lo específico de cada individuo. Lo inspiran la fenomenología y su descripción de un modo de darse el mundo, y el existencialismo como el existir que antecede a las esencias de la metafísica.
Y la escalera reflexiva de Lévinas también es movida por la lectura de La estrella de la redención (1921) de Franz Rosenzweig, teólogo y filósofo alemán, con quien comparte su procedencia judía, y el arremeter contra cualquier forma de totalidad, en favor de la valoración de cada individuo en aras de su realización trascendente.
Para Lévinas, desde Platón hasta Heidegger, el pensamiento occidental reduce lo “Otro” a lo “Mismo”; lo “Mismo” es el yo como Totalidad que engulle al Otro, en su exterioridad, en su alteridad (condición de ser otro). Esto no es solo una maniobra de un intelecto “abstracto” sino del Todo como un sistema que somete las subjetividades mediante la violencia y el dominio político.
Totalidad e Infinito. Un ensayo sobre la exterioridad (1961; versión en español de Sígueme, Salamanca, 2002), es obra cumbre de Lévinas, en la que madura su meditación en tiempo de guerra y posguerra. El libro se presenta “como una defensa de la subjetividad”, y contra la Totalidad, desde la idea de lo Infinito. Para Lévinas, el Infinito es apertura o trascendencia hacia el Otro (Autrui), que es irreductible a la esfera de lo “Mismo”.
Desde el itinerario previo de Descartes, la idea de lo Infinito supera el pensamiento conceptual y sus límites, y abre al Otro que se muestra como revelación ética. Entonces la ética deviene filosofía primera, posición diferente a la de la tradición occidental que ancla su centro en lo ontológico, en el Ser que subyace y sustenta el círculo plural de los seres y cosas.
Por eso, Totalidad e Infinito empieza con un compromiso crucial: “aceptaremos fácilmente que es cuestión de gran importancia saber si la moral no es una farsa.”
La tragedia bélica que Lévinas padeció lo impulsa, en las primeras líneas de su obra, a meditar en la guerra, invocando primero a Heráclito; pero más le atrae considerar la violencia guerrera cuyo efecto mayor está no tanto, o solo, en “herir y aniquilar”, sino “en interrumpir la continuidad de las personas, en hacerles desempeñar papeles en los que ya no se encuentran, en hacerles traicionar, no solo compromisos, sino su propia sustancia”.
No “interrumpir la continuidad de las personas” es percibirlas en su Otredad, en su presencia en un Rostro que rompe la tendencia del yo a su auto-encierro solipsista. Así, “la dialéctica solipsista de la conciencia siempre sospechosa de su cautividad en el Mismo, se interrumpe. La relación ética… cuestiona el yo. Este cuestionamiento parte del Otro”. El Otro no es meramente otro humano diferente de mí sino lo “absolutamente Otro” que, fuera de mis categorías de conocimiento y comprensión, me trasciende.
El Otro como Rostro no lo es en su dimensión física, sino como una Epifanía o revelación que me interpela desde lo Infinito: “la verdadera esencia del hombre se presenta en su rostro, en el que es infinitamente…”.
El Otro como prójimo despierta una responsabilidad infinita, que es parte de una ética que rebasa el concepto como conocimiento racional, y que siempre abre a lo trascendente: “esta relación entre el Otro y yo, … no termina… en el concepto. El Otro permanece infinitamente trascendente, infinitamente extranjero”.
Y el Otro se hace presente mediante el lenguaje, no como lo que transmite información (esto es solo lo “dicho”), sino como el Decir, por el que el Otro nos habla; así somos interpelados o llamados al cuidado del Otro como Rostro del prójimo que es, principalmente, el más vulnerable, dado que ese “Otro que me domina en su trascendencia”, como afirma Lévinas en el apartado “Asimetría de lo interpersonal”, es “…el extranjero, la viuda y el huérfano con los cuales estoy obligado”. La revelación del Rostro del Otro es también un mandato que antecede a nuestra libertad y nos dice: “No matarás”, lo que trasciende la razón.
La responsabilidad infinita que tiene el Yo respecto al Otro es asimétrica, porque ser responsable no depende de la respuesta del Otro. Por eso, Lévinas critica a Martin Buber, el filósofo y escritor judío austríaco-israelí que, en su famosa obra Yo y tú (1923), propone una filosofía del diálogo fundada en la relación Yo-Tú desde la reciprocidad y la simetría. Frente a esto, Lévinas insiste en la asimetría porque la responsabilidad del Yo respecto al Otro trasciende la reciprocidad, y la ética no es un diálogo sino un atender a la urgencia del vulnerable.
El Yo que sale de lo “Mismo” ya no busca totalizar, englobar o poseer al Otro, sino que lo acepta y respeta en su infinita trascendencia; y en esta acción el yo mismo se trasciende: “la trascendencia es trascendencia de un yo. Solo un yo puede responder a la exhortación de un rostro”.
A su vez, en la relación de aceptación y no posesión del Otro interviene el Eros. En una Fenomenología del Eros que el pensador propone, y entre muchos otros aspectos de esta temática que despliega (la ambigüedad del amor, su fecundidad y trascendencia), el Eros nos es deseo de posesión, sino Eros o amor como radical apertura al Otro en su cuidado y no apropiación.
Y el Otro en cuanto “otro infinito” también se revela como huella de Dios. En su último año de docencia en 1976, Lévinas dicta dos cursos: “La muerte y el tiempo” y “Dios y la ontoteología”, publicados luego en Dios, la muerte y el tiempo (1992).
La muerte ya no es el “ser-para-la-muerte” heideggeriano, sino muerte del Prójimo que no se puede asumir; el tiempo no es solo existencia en la finitud y su angustia o linealidad, sino posibilidad de una “subjetividad huésped que acoge al Otro desde la responsabilidad y un presente de ‘amor-misericordia’”.
Dios está más allá de la filosofía tradicional (ontoteología) que lo entiende como un ser supremo; tampoco es presencia física, sino “lo infinito” que trasciende el conocimiento; es huella en el rostro del prójimo, y “una bondad que me inviste” en la responsabilidad por ese Otro.
En la elaborada sinfonía de conceptos de Lévinas, se busca desplazar el centro de gravedad del pensar desde el “Yo” hacia el “Otro”, dentro de una ética de la responsabilidad ante el Otro vulnerable. Un resonar del pensamiento que no es ajeno a los acordes de fondo de una herencia religiosa.
Influencias filosóficas de Lévinas. Lévinas influye en Jacques Derrida, en su deconstrucción de la totalidad que vincula con el logocentrismo, como tendencia filosófica que privilegia el logos como palabra, razón, verdad, siempre presente en la conciencia. Y en la crítica política poscolonial, Lévinas es invocado por Enrique Dussel para fundamentar una ética de la liberación para la que el “Otro” es el colonizado. En la senda de la filosofía judía contemporánea, Menachem Kellner, académico estadounidense-israelí, uno de los mayores expertos en Maimónides, apela a la ética de la alteridad de Lévinas para recuperar la dimensión ética del judaísmo.
En el terreno de la Ética Aplicada, la responsabilidad hacia el otro vulnerable revaloriza la defensa de los derechos humanos y un humanismo bioético que atiende al paciente desde su ser en la alteridad del Otro.
La influencia de Lévinas alcanza también al cine. El guionista y director de cine francés Luc Dardenne (hermano de Jean-Pierre Dardenne, también cineasta) estudió filosofía en la Universidad Católica de Lovaina. Entonces, Luc se vio profundamente impactado por el pensamiento de Lévinas sobre la ética de la responsabilidad infinita hacia el Otro. Esta actitud guía su cámara en, por ejemplo, La Promesse (1996); aquí, el protagonista atraviesa una transformación ética al encontrarse con el “rostro” de un inmigrante moribundo, lo que despierta en él una responsabilidad no elegida. O Sam B. Girgus, profesor de literatura y cine, conocido por sus obras de análisis del cine de Woody Allen, aplica la filosofía ética de la alteridad de Emmanuel Lévinas al estudio del cine, particularmente en su obra Levinas and the Cinema of Redemption (2010); estudia un “Cine de redención” a través del rostro del Otro y la responsabilidad ética en Lévinas en películas de directores como Capra, Fellini, Antonioni, o Philip Kaufman.
La actualidad de un legado. En el funeral del pensador, el 28 de diciembre de 1995, Jacques Derrida, en su discurso de despedida, afirmó: “A partir de ahora, su pensamiento es nuestra ley; es el acontecimiento mismo en el que se abre ante nosotros nuestra propia libertad”.
Como parte de la huella continua de su legado, Lévinas prepara la mente para no ser embrujada por la falsa idea de convertir al otro en culpable a destruir. El exterminio del Holocausto es inseparable de un modo de construcción del Otro como anomalía a perseguir, capturar y matar. En el nuevo humanismo de Lévinas, la vulnerabilidad no es ya signo de sujetos aniquilados, sino una dignidad que nos interpela.
La valoración del Otro niega la desvaloración del prójimo; hace abrir los ojos a las formas actuales de aniquilación o control del Otro; se niega a reemplazar lo infinito en el Otro por su solo ser objeto para el yo. Solo alguien que sufrió profundamente por los huracanes asesinos de los vulnerables en la guerra, encuentra en el Rostro del Otro una infinita trascendencia y no lo pura insignificancia.
La ética del Rostro del Otro abre puertas hacia la trascendencia, en la que el valor de la vida ajena expresa un infinito irreductible. Y hoy, el Otro es el pobre, el huérfano, la viuda, y también el migrante, el refugiado, las víctimas de las nuevas guerras, los despojados del derecho a la educación y el futuro; y también los animales, e incluso los ecosistemas.
Lo ético levinasiano también advierte sobre la reducción de los vínculos humanos a solo relaciones instrumentales, estrategias de manipulación o captación de la atención, como parte del uso del otro para el propio beneficio. Frente a esto, el camino del encuentro auténtico entre los sujetos, distinto al puro uso instrumental entre los sujetos.
Además, la ética como responsabilidad abierta al cuidado del Otro, es medicina ante el nihilismo, como otra forma de Totalidad que todo lo engulle en su aniquilación del sentido. Frente a los pesimismos nihilistas apocalípticos, entonces, lo significativo de un trascender hacia lo que no es puro sinsentido.
En estos tiempos digitales de narcisismo exacerbado, la ética en Lévinas es, entonces, cuestionamiento de la trampa egocéntrica del yo, y apertura hospitalaria al Rostro del Otro que nos interpela; llamada a una responsabilidad que trasciende la subjetividad ensimismada. La vigencia de lo ético en Lévinas como un siempre ver más allá de sí mismo.
(*) Esteban Ierardo es filósofo, escritor, docente; su último libro es La red de las redes, Ediciones Continente; su página cultural es La mirada de Linceo: www.estebanierardo.com.