Hubo un pasado anterior a todos los pasados, único vórtice donde se concentró la creación del todo y sus variantes. Se hizo el primer signo, o el segundo, y en ese ausente toda posibilidad de relato. Así lo fantástico desconoce tiempos y espacios. Nada está en manos de un único rumbo, entonces las lecturas resultan múltiples, expandiendo los límites de la perduración humana. ¿Se trata de cierta pureza irrestricta de la imaginación?
Rafael Arce aborda la literatura argentina con 29 capítulos que progresan hacia una era de otro tipo de titanes, los de una gnoseología del pensar sobre sí, al borde de un abismo del discurso que es de un alguien, tal vez cercano, pero también de otro, uno (o muchos) distante como el cinturón de asteroides en torno al astro que refleja la luz estelar. Fantasmas hermafroditas del enunciado histórico que, además, devoran la memoria de lo leído.
En esta novela también ocurre la anomalía de la sucesión alterada por un fenómeno exógeno: es tal la órbita del enunciado que lo que parece cerca fuga hacia la indeterminación de un futuro con apariencia de pasado. Así lo que ocurre es pesadilla volviendo sobre su pliegue. ¡Geometrías! Acaso, por qué no, Arce propone una escritura de superficies topológicas que, al momento de leer su materialidad, se vuelven evasivas invocando esos espectros de una locura que jamás será próxima. Pero está por venir, porque puede ocurrir que los goznes de tal maquinaria terminen por sepultar la lucidez del lector, como si fuera una anomalía, de indiscreto intruso.
Y aquí subyace la fusión material de las substancias, entre batido de ADN humano y animal, con minerales maleables, más allá del horror, la vida es un malentendido de los saberes, un cruce de conceptos confusos, indeterminados, que solo harán historia por el mismo relato de ese horror; gajos anaeróbicos injertados en formas de vida de otros mundos, gajos caníbales de certezas. Paso a paso, la era toma la consistencia de un equívoco siniestro.
Disociados de ese ser que enuncia, los conceptos vertidos estructuran una evolución más allá de lo humano. Se hace lo artificial de la simbiosis con el silicio, mixtura que entrelaza una nueva muralla china kafkiana sobre eso que en apariencia significa, o de una filosofía hacia el final de la civilización, circa 4400 años después de un Cristo alterado de transformaciones simbólicas. Ni ciencia, ni ficción, menos las dos combinadas. Esta novela inaugura una deformación definitiva del tiempo, tal vez el mismo que nos espera en la muerte.
“Hijas, en definitiva, del falocentrismo humano, la perfección de nuestros cuerpos tuvo un cuidado que no tuvo la de ellos. La IA se volvió la restauradora de la antigua feminidad, caída en desuso, éticamente sospechosa, políticamente incorrecta. Para que no se nos confundiera con humanos, hubo que mantenernos en una estética retro.” (…) “Tuvimos que trazar una odisea hacia la selva de la Amazonia. Habíamos empezado a “soñar, es decir, a “diseñar”, un mundo circundante de formas complejas y tentaculares”.
Hacia la era titánica
Autor: Rafael Arce
Género: novela
Editorial: Nudista, $ 41.900