Confusión terminológica
Cuando oigo hablar de fascismo y comunismo como diametralmente opuestos, me vienen a la mente muchas cosas, historias, hechos que están atravesados e imponen reflexiones delicadas: el pasado socialista de Mussolini y el revolucionario-sindicalista de tantos fascistas de la primera hora, las buenas relaciones entre la Italia fascista y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) en los años 20 y el llamamiento del Partido Comunista Italiano (PCI, por entonces PCDI) a los “hermanos en camisa negra” de 1936, el nacional-bolchevismo en Alemania entre las dos Guerras Mundiales y la huelga de transportes organizada por nazis y comunistas en Berlín en 1932 para poner de rodillas a la democracia de Weimar. Y luego también el pacto Hitler-Stalin de 1939; el desfile de la victoria del 22 de septiembre de 1939 en Brest, cuando, suprimida Polonia, soldados de la Wehrmacht y el Ejército Rojo desfilaron juntos bajo los estandartes con la esvástica y la estrella roja; la colaboración de la policía soviética con la Gestapo; las fosas comunes dejadas por los Einsatzgruppen nazis halladas al lado de la del NKVD soviético en las llamadas bloodlands (“tierras de sangre”) por el historiador estadounidense Timothy Snyder; el área geográfica entre países bálticos, Polonia, Ucrania, Rusia y Bielorrusia, donde se entrecruzaron las políticas sanguinarias de Hitler y Stalin. En fin, las discretas carreras de tantos exnazis en la antifascista Alemania Oriental, todavía en los años 80, patria electiva de tirabombas neonazis germano-occidentales, como Odfried Hepp, quien –según los informes de un mayor de la Stasi– de la República Democrática Alemana (RDA) apreciaba la disciplina social, la rígida organización del Estado y la “recuperación de los valores de la tradición prusiana”.
Escuchar que el comunismo se acerca o incluso se equipara al nazismo y el fascismo, por lo general a través de la categoría de totalitarismo, suscita en muchos irritación y desconcierto. Para algunos, nos movemos decididamente en la esfera de lo sacrílego. Las razones son evidentes: el antifascismo, incluso con todas las contradicciones e incoherencias que hemos mencionado en el capítulo precedente, fue, junto al antimilitarismo y al antirracismo, un componente central de la cultura política comunista.
Sin Stalin, se piensa, los angloestadounidenses no habrían jamás logrado derrotar al nazifascismo. En general, quien resulta contrariado no discute que el sistema estalinista haya sido totalitario y que tuvo embarazosas homogeneidades y complicidades con el nazismo alemán. Hay también un discreto consenso sobre el hecho de que los regímenes del socialismo real de impronta soviética eran dictaduras (postotalitarias, si queremos tener en cuenta las evoluciones sucesivas a la muerte de Stalin), y cómo negar, en definitiva, que no haya habido ni un solo Estado comunista democrático.
Más bien, se polemiza sobre el uso equivalente e intercambiable de los términos comunismo y estalinismo, con la pretensión de que se mantengan bien distintos y separados no solo las nobles identidades comunistas del rescate de los oprimidos de la locura abrumadora y racista del fascismo, sino también el valor originario de la lucha del movimiento obrero de las instrumentalizaciones y degeneraciones totalitarias que derivaron de él, de Stalin en adelante. Como si el sistema instaurado por Lenin no fuera ya dictatorial y totalitario en sí, en su construcción originaria, y Stalin hubiera representado solo una perversa involución, no (también) una coherente evolución del leninismo.
La irritación por la confusión terminológica (¿estalinismo o comunismo?) refleja obviamente la delicadeza de la cuestión, que es hija de tres problemas: la objetiva complejidad del asunto histórico del comunismo del siglo XX, la ambigua evaluación del leninismo y las diferentes sensibilidades para las diversas experiencias históricas del comunismo realizadas, no solo en Europa, en los decenios de la Guerra Fría. Precisamente, la existencia de sensibilidades divergentes parece animar hoy el conflicto que tiene por objeto el desequilibrio en la memoria histórica europea entre nazismo y comunismo, un choque que encontró entre sus teatros privilegiados las instituciones comunitarias europeas, en particular el Parlamento Europeo, y que ve contraponerse dos culturas de la memoria: de un lado, la occidental, colocada en torno al paradigma de la singularidad de la Shoah y que no juzga agotada en el comunismo soviético la experiencia histórica de los partidos comunistas europeos; del otro, la oriental, condicionada por la experiencia directa de la dictadura comunista en los países del socialismo real.
La colisión comenzó a manifestarse enseguida con gran virulencia ya en la primera ampliación hacia el este de la Unión Europea en 2004. El famoso discurso de apertura de la Feria del Libro de Leipzig pronunciado el 24 de abril de 2004 por la exministra de Relaciones Exteriores letona y comisaria europea, Sandra Kalniete, pasó a la historia como acto de declaración programática y “bautismo de fuego”, el primer asalto de la “nueva” Europa a la conciencia histórica colectiva europea, hegemonizada por la “vieja” Europa. (…)
*Autor de Los crímenes del comunismo, editorial Edhasa. (Fragmento).