Que hay una frontera que delimita un territorio llamado Europa es una convicción que fue ganando fieles desde el siglo XV. Una consecuencia de la avasallante oleada expansionista que en los últimos seis siglos desplegaron los pueblos –que hoy hablando rápido llamamos– europeos. En busca de mercados y materias primas, identificaron rutas y dibujaron mapas. Describieron accidentes geográficos, flora y fauna de todo el planeta. Tradujeron lenguas, reseñaron formas de organización y explicaron ritos. Diseminaron e incorporaron ganados y cultivos. Entendieron y adaptaron cultos. A lo largo de esos siglos, creció la pregunta sobre si estos desarrollos eran fruto de una unidad espiritual compartida. La idea terminó de coagular hacia el siglo XIX, cuando geógrafos, historiadores, filósofos, etnólogos buscaron responder esa pregunta definiendo la unidad de Europa como región, como cultura y como momento en la historia.
Pero, aun si la unidad de Europa fuese poco más que una hipótesis de trabajo, sería útil preguntar cuáles fueron las condiciones de posibilidad de la avalancha caucásica que se desató a partir de 1492. ¿Cuándo empezó a gestarse? ¿Por qué causas? ¿Qué condiciones permitieron que se volviese un liderazgo planetario? ¿Y qué relación guarda con las novedades en la vida de esas gentes: la conquista otomana de Constantinopla, el Renacimiento, la Reforma protestante, la Revolución Gloriosa o la Revolución Francesa. En síntesis ¿Por qué, en los cinco siglos posteriores a 1492, fueron los habitantes de Europa y, en particular, de Europa del norte quienes, entre todos los habitantes del planeta, sacaron más provecho de los conocimientos y modos de organización disponibles en ese tiempo?
Sabemos que, a partir del siglo XVIII, las mejoras en el uso de fuentes de energía, en la capacidad de las máquinas, en la logística comercial y en la organización de la producción permitieron la acumulación de factores de producción en una escala sin precedentes, y que eso dio inicio a la era de la acumulación de capital. Sabemos que esa nueva economía del capital trajo novedades sociales como el crecimiento de las ciudades y la expansión del proletariado y de la burguesía comerciante y manufacturera. Y sabemos que esas transformaciones sociales de máximo calibre encontraron expresión política en el auge de los Estados centralizados, el parlamentarismo inglés, el republicanismo revolucionario francés y, más tarde, en los partidos políticos de masas. La era del carbón y del petróleo; del comercio marítimo, la industria y el capital; de la república y la democracia; fue la era de los europeos. No tanto porque hayan sido inventores o pioneros de estas novedades, como por haber terminado siendo los principales beneficiarios de la distribución global del trabajo que trajeron esos cambios.
Sin embargo, en las últimas cinco décadas, algo cambió. Los grandes avances de la tecnología y la organización económica empezaron a llegar desde el este de Asia. Por lo menos, desde mediados de la década de 1970 registramos lo que los economistas bautizaron como “el auge asiático” o, los más expresivos, “el milagro asiático”. Una cascada de crecimiento económico que comenzó con la reconstrucción de Japón después de la Segunda Guerra Mundial; siguió con el desarrollo de las economías de Corea, Taiwán, Singapur y Hong Kong, que aprovecharon el contexto de la Guerra Fría; se instaló en las costas chinas durante la década de 1980; y ya hace tres décadas derrama sobre las economías de India, Vietnam, Malasia, Indonesia y Bangladesh.
Entre todas estas novedades: la transformación de China; que no es el inicio ni la conclusión de este auge, pero sí su novedad más relevante y significativa. Más relevante, porque la demanda de la economía china terminó volviéndose el motor de toda la economía mundial. Más significativa, porque el desarrollo productivo chino está reorganizando la distribución internacional del conocimiento. Hoy China es el principal socio comercial del mundo, con más de 200 socios a los que exporta y de los que importa, según datos del Banco Mundial. Su PBI es prácticamente igual al de toda la Unión Europea, según el Fondo Monetario Internacional. Y la mayoría de los pronósticos –incluyendo, por ejemplo, el del Citibank– esperan que, promediando la década de 2030, el PBI chino sea mayor que el de Estados Unidos. En los últimos cinco años, casi la mitad de las patentes de nuevos inventos fueron solicitadas desde China, según la Organización Internacional de Propiedad Intelectual. China hace punta en energías verdes, transporte, infraestructura, vigilancia e inteligencia artificial. Acaso, por primera vez en 200 años, lo más avanzado tecnológicamente, lo más productivo, lo que genera más riqueza, no provenga del Atlántico norte, sino de Asia y, específicamente, de China. Si esta tendencia se consolida, ganará espacio una pregunta: ¿estamos en la puerta de un cambio de escala epocal: el paso del tiempo de los europeos al tiempo de los chinos?
*Autor de El tiempo de los otros, editorial Eudeba (fragmento).