La construcción de la subjetividad de los varones en Occidente supone un mandato de potencia, supremacía y dominio, y está íntimamente vinculada con llevar adelante prácticas temerarias y de exposición a situaciones de riesgo, sumadas al consumo de alcohol y otras sustancias psicoactivas, que a su vez suelen facilitar comportamientos de riesgo sinónimos de ser más “macho” (entre muchos ejemplos: manejar alcoholizados, trabajar sin parar o no usar preservativos). Asimismo, la normativa de género –aún hoy– sigue prescribiendo que los varones debemos cumplir con un rol de proveedor económico y social, siendo sancionados cuando no podemos o no queremos cumplir con dicho rol.
Algunas de las características más significativas de la masculinidad patriarcal o de sometimiento se han sistematizado en el concepto de la caja o “cofre” de la masculinidad. Este tiene su base en siete pilares: 1) autosuficiencia, 2) fuerza (física e invulnerabilidad emocional), 3) atractivo físico, 4) roles masculinos rígidos, 5) heterosexualidad y homofobia, 6) hipersexualidad y 7) agresión y control.
Sin embargo, cumplir con el mandato de potencia, autosuficiencia, supremacía y dominio siempre falla.
Esto genera perfiles epidemiológicos específicos a causa de, entre otras cuestiones, la participación en episodios violentos, la sobrecarga laboral y la detección tardía de enfermedades.
Según datos de la OPS, en Latinoamérica los varones vivimos entre 5 y 6 años menos que las mujeres. De hecho, el informe habla de la feminización de la vejez en la región –190 mujeres por cada 100 hombres sobre los 70 años–. Existe una sobremortalidad de los varones que comienza a acentuarse durante la adolescencia y llega a triplicarse en la edad adulta temprana. Veamos algunos datos concretos respecto de porcentajes diferenciales varón/mujer en cuanto a causas de muerte: homicidios 88%, ahogamientos 82%, exposición a fuerzas mecánicas 81%, consumo de alcohol 86%, accidentes viales 76%, suicidios 77%, cirrosis de hígado 70%. En la misma línea, según el Ministerio de Salud de Argentina, en cuanto a muertes por causas externas existe un diferencial del 80% en detrimento de los varones en el rango etario de 10 a 19 años.
Las expectativas relativas a nuestro rol social –no quejarnos de los dolores, por ejemplo– nos inhiben y/o minimizan en los varones la capacidad de registro de nuestros propios malestares, lo cual tiene efectos nefastos en la detección precoz de enfermedad. En particular, solo tres de cada diez varones mayores de 50 años se hace el chequeo anual para prevenir el cáncer de próstata y el 75% de los que nunca se lo realizaron tampoco están considerando hacerlo, según un relevamiento difundido por la Fundación Atención Comunitaria Integral para el Paciente Oncológico (Aciapo). Podríamos afirmar que la virginidad anal de los varones está guardada en un “cofre”…
Otra cuestión no menor que plantea el estudio mencionado en cuanto a las causas del diagnóstico tardío son las desigualdades en el acceso a la salud. No tener cobertura médica prepaga o de obra social aleja a las personas del cuidado de su salud y de los estudios de control. En este sentido, reveló que menos de tres de cada diez argentinos que carecen de esa clase de cobertura tienen un urólogo de referencia. Más aún si la persona forma parte de un grupo marginado históricamente como el colectivo Lgtbqi+. Así lo confirma, entre otros informes, uno de Janssen Oncology donde se afirma que “la comunidad Lgbtqia+, y especialmente las personas transexuales, han sido históricamente excluidas de los programas de investigación clínica”. Sumado a que los estudios realizados indican que la mayoría de los médicos han obtenido menos de cinco horas de capacitación en salud Lgtbqi+ y el 20%, ninguna. Por ejemplo, acceder a un pap anal preventivo por parte de personas que tienen prácticas sexuales anales es casi una “misión imposible” en la Argentina, más aún si no se cuenta con una cobertura médica privada.
Débora Tajer señala que si abordamos la salud de mujeres y varones desde una perspectiva de equidad de género veremos que los problemas femeninos están basados en su mayoría en cuestiones relativas al empoderamiento y carencia de recursos y las problemáticas de los varones están vinculadas a los costos de poder sostener o no la hegemonía.
Los datos esbozados podrían llevarnos a percibir a los varones como “pobres víctimas” del patriarcado; si bien “pertenecer” tiene sus privilegios, también tiene sus costos.
Los varones cis tenemos morbimortalidad más alta. Pero ¿los cuidados quiénes los gestionan? En el caso de los varones cis-hetero, las mujeres que los rodean (parejas, madres, hermanas, hijas, enfermeras, según corresponda). Porque los cuidados siguen siendo una sobrecarga para el género femenino; no solo en el caso de parejas heterosexuales, sino incluso al interior de algunas parejas gays, uno de sus integrantes suele ocupar ese rol de cuidador de modo preponderante.
*/** Autores de El malestar de los varones, Topía Editorial (fragmento).