Yo la miraba, azorado, sin poder creer la realidad que describía. Lo que me contaba sonaba a conspiranoia, pero ahí estaba ella, otra mujer a la que admiro profundamente, y me contaba lo mismo. Casi con las mismas palabras. Meli, además, tenía una mirada penetrante, de tan buena persona, tan dedicada, de tan curiosa que era.
Siempre educaba con una sonrisa, y hacía que los ojos brillaran y los horizontes se expandieran, como a ella misma le gustaba decir.
Melina Furman, a los 12 años, había entrado con el mejor puntaje, entre los más altos de mil candidatos, al Colegio Nacional de Buenos Aires. Una niña prodigio que no dedicó su vida, como tantos otros afortunados en la lotería cognitiva, a generar egolatría por su inteligencia innata, sino a educar. En 2024, a los 49 años, unos meses antes de su temprana e injusta despedida, en una encuesta entre docentes latinoamericanos fue elegida de sobra como la pensadora más influyente del continente.
La educación es un campo muy feminizado y los grandes pensadores son mujeres. Melina confirmaba lo que me habían dicho tantas otras mujeres extraordinarias a las que había conocido hacía poco como fruto de mi reciente interés por las neurociencias y las ciencias del comportamiento. Mujeres argentinas que dedicaron su vida a la ciencia de la alfabetización, como Beatriz Diuk, Ana Borzone, Florencia Salvarezza, Andrea Goldin, Julia Hermida, Valeria Abusamra, Silvia Figiacone, Inés Zerboni, Lorena Arrebillaga, Victoria Zorraquín o la joven estrella Melina Vladisauskas, por citar de memoria a once doctoras con edades muy variadas, aunque podría seguir; todas me decían lo mismo: la ciencia sobre cómo se aprende a leer y escribir es supinamente ignorada en los profesorados argentinos. Es decir, enseñamos mal a alfabetizar y la evidencia es contundente.
En las escuelas primarias de Argentina, con un promedio de veinticinco alumnos por clase –dos o tres con necesidad de un acompañante, que no siempre está– y didácticas anticuadas, los diseños curriculares parece estar pensados más para agotar mentalmente a los docentes que para que los chicos y las chicas aprendan.
¿Por qué digo “didácticas anticuadas”? ¿Por qué digo que la ciencia es supinamente ignorada? Porque hace ya algunas décadas se instalaron, en casi todos los profesorados de Argentina, ciertas creencias sobre cómo enseñar que la ciencia ha refutado una y otra vez. En consecuencia, muchas de las docentes más comprometidas, trabajadoras, perseverantes, explotadas y merecedoras de absolutamente toda nuestra admiración aplican con convicción métodos que, según los estudios disponibles, no funcionan como deberían.
¿El resultado? Chicos y chicas que terminan la primaria sin poder leer o comprender un texto, con niveles de alfabetización mucho menores de los que podrían alcanzarse si se aplicara una enseñanza basada en evidencia, sobre todo en poblaciones de bajos recursos socioeconómicos.
Entre estas creencias instaladas, una en particular es tremenda: que no hay que enseñar los sonidos de las letras –sonidos a los que llamamos fonemas–, que los chicos tienen que “descubrirlos”. Sin embargo, la evidencia científica apunta para el otro lado. Esas creencias son enseñadas en profesorados de todo el país y se sustentan en una teoría que, quienes las promulgan, denominan “constructivista” o “psicogenética”. Más allá de los méritos con los que cuenten estas teorías, que aquí no se discuten, a partir de ellas se asientan ideas equivocadas sobre la alfabetización y la enseñanza de la matemática básica.
No solo no se enseña explícitamente el sonido de las letras, sino que tampoco se trabaja en su identificación, que es la otra pata importante en la alfabetización: ejercitar el reconocimiento de cuáles son los sonidos que combinamos para formar palabras y oraciones. Los niños y las niñas hablan bien, combinan correctamente los fonemas sin saber cómo lo hacen; desconocen de gramática y de morfología, pero hablan bien, al igual que una araña teje telarañas sin saber de geometría. Para alfabetizarse necesitan concientizar lo que saben hacer de forma automática e inconsciente, y para ello deben poder identificar –en su habla y en la de los demás– los sonidos que utilizan. A este reconocimiento se lo denomina conciencia fonológica y es fundamental para las prácticas de alfabetización. (...)
No considero –y dudo que alguien lo crea– que exista una camarilla que domine los profesorados argentinos y quiera que los chicos permanezcan analfabetos.
Eso sí sería conspiranoia. Por el contrario, entiendo que la enorme mayoría de quienes enseñan teorías obsoletas en los profesorados son muy buenas personas convencidas de ideas incorrectas. Pienso que personas buenas con creencias equivocadas pueden hacer cosas malas, y la evidencia en contra de lo que se enseña hoy con respecto a la alfabetización en los profesorados es contundente.
¿Cómo llegamos a esta situación? Es una pregunta fascinante cuya respuesta involucra la formación de convicciones en la mente humana, así como factores políticos, históricos y sociales.
*Autor de Enseñar. Ediciones B (Fragmento).