DOMINGO
libro

La visibilidad progresista

El punto fuerte de los partidos y movimientos.

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Este libro se refiere a lecturas, conversaciones, debates políticos, tácticas y estrategias sobre el Estado y el poder que se están desplegando en este momento. Porque ahora mismo hay dos, tres, muchos “progres° en Porto Alegre, Atlanta, Mar del Plata, Barcelona, Liverpool, Munich, Santiago de Chile, Niza y Milán que están debatiendo sobre el pasado, el presente y el futuro de la justicia social, los derechos de diversos grupos, la democracia y el autoritarismo. A partir de 2016, con el ascenso de Donald Trump, y aún con más fuerza desde 2018, con la llegada al poder en Brasil de Jair Bolsonaro, la derecha radical dejó de ser parte de una cuestión académica “sobre todo en el continente americano° para estar en el centro de debates políticos, charlas cotidianas, las vidas y los cuerpos de millones de personas. Partidarios de estos “neo° fascismos tomaron la palabra con fuerza cuando se sintieron con el suficiente empuje y quienes resistieron a esas experiencias también elevaron la voz. Pero, al mismo tiempo, hubo espacio para la reflexión por parte de ciudadanos y ciudadanas “de a pie°, comentaristas en medios de comunicación o en redes sociales. La pandemia tuvo múltiples impactos: el “regreso” de Donald Trump para competir en la campaña electoral de 2023, el triunfo de Javier Milei en Argentina ese mismo año, el crecimiento en volumen de apoyo para Vox en España o Alternativa para Alemania (AfD), así como la estridencia de los llamados °broligarcas° o °techno bros° como Elon Musk o Marcos Galperin. Para quienes tienen alguna idea positiva sobre ciertos valores, que en distintos países se llaman de manera diferente, pero que aquí simplificamos con la etiqueta progres, el debate fue más deprimente, más duro, más urgente. Y primero se centró en la cuestión de por qué °perdimos°, por qué perdimos una elección o por qué perdimos espacio en la sociedad y opciones que eran intocables se convirtieron en posibilidades ciertas. Estos diagnósticos se multiplicaron de manera exponencial ante la derrota del Partido Demócrata en Estados Unidos, que adoptó distintas formas en medios de comunicación tradicionales, newsletters, canales de YouTube, podcasts. Y todo ello, al estilo americano, con la capacidad de poner sobre la mesa datos duros y los enfoques de algunos de los principales intelectuales de las más grandes universidades del mundo.

Los debates han tenido honestidad y suciedad, tristeza y furia, intención de indagar y conocer y, en paralelo, en no pocos casos, la intención de obtener alguna ventaja en el “juego de las culpas” en el que muchas veces se convierte la política, “¿Quién tiene razón?°, “¿por qué no tuve razón?”, “siempre tengo razón”, “qué importa quién tiene razón, mientras vos no tengas razón”. La intención de saber, pero también de aventajar. La política, dicen, es la guerra por otros medios. Quienes vivimos en la Argentina del distópico Javier Milei sabemos de todo eso. Este libro trata de ver, justamente, que ningún progre está solo en el mundo. Hay escenas en espejo produciéndose en simultáneo en otra ciudad, en otra provincia, en otro país, en otro hemisferio. Puede decirse que ya hubo coyunturas similares: las izquierdas que se enfrentaron al capitalismo de la Primera y Segunda Revolución Industrial también adoptaban comportamientos “en línea”. Las que combatieron a los fascismos clásicos, las que participaron de las disputas por la descolonización, las que integraron las guerras (o guerrillas) de la liberación nacional, las que vieron caer el Muro de Berlín, también vivieron “vidas paralelas”. ¿Pero fue tan en simultáneo y transmitida como ahora de manera instantánea? La primera pregunta en este recorrido es, entonces, ¿por qué perdemos los progres? Una de las cosas más interesantes que se generaron en la pospandemia y que motivó la escritura de este texto es que, probablemente por una mezcla de motivos que incluyen a las nuevas tecnologías y las formas de circulación de los discursos, las posiciones se vuelven casi idénticas en distintos países. Las particularidades “nacionales” pierden peso o, por lo menos, se convierten en expresiones locales de fenómenos globales. Resulta paradójico pero, en medio de la “desescalada” de la globalización, parece fortalecerse la “aldea global”. Nos encontramos en todo el mundo discutiendo lo mismo. Los casilleros en el debate son equivalentes. Cambian los nombres y cambian los temas puntuales, pero los términos del debate, las posiciones, son claramente reconocibles saltando las fronteras. Para que se entienda: hoy hay un grupo de WhatsApp en otro país donde alguien está tomando tu posición sobre un tema, contra la de otro integrante de ese grupo. Hoy hay un diputado, un senador, un gobernador, un ministro, un presidente, un expresidente, un candidato que está realizando un planteo en la “cancha” de un debate y está haciendo una jugada parecida a la de alguien que está en otro país disputando un “partido” similar. Pinta tu progre y pintarás el mundo. Esto no debería llamar la atención cuando nos encontramos ante una derecha radical que intercambia y comparte palabras, estrategias, infraestructuras y fondos, cuando vemos a dirigentes y partidos políticos que se reconocen como parte de la misma “batalla cultural”. Realizan cumbres, se visitan, se reconocen, se peinan como parte de un mismo movimiento. Sus discursos, que buscan motorizar principalmente los sentimientos del odio y del miedo, circulan más rápido que ningún otro a través de las redes sociales, cuyos dueños adhieren en esta etapa con fuerza a la cosmovisión de estos neofascismos. Como veremos, hay distintas interpretaciones sobre este ascenso de la derecha radical (global).

Desde un punto de vista, se trata de un movimiento antielitista, que surge de un malestar que se dirige de la periferia a los centros, que va desde abajo de la pirámide social hacia arriba. Otras interpretaciones “a las que adherimos” ven en estos líderes agresivos y excluyentes, corrosivos de la democracia, como una respuesta de las élites a un momento de fuertes cambios. Se trata, en ese sentido, de un movimiento político que se organiza de arriba hacia abajo y de los centros a la periferia. Pensemos en cómo Trump o Milei, cómo líderes de los sectores financiero y tecnológico generan discursos e incluso imágenes que se vuelven más densas “arriba” de la pirámide social por más que penetran hacia abajo y que se originan en los centros del poder global por más que lleguen a lugares tan alejados de ellos en el globo terráqueo como Argentina. A su vez, la “internacional reaccionaria”, como señalamos, actúa e interactúa mediante dispositivos, tecnologías, formatos prefabricados que se ensayan aquí o allá, que se financian con cuantiosos fondos, intentando reproducir dinámicas similares en cada país, en cada coyuntura electoral.

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Motivos

En marzo de 2025, el periodista Alex Thompson, del sitio de información política y económica Axios, resumió “diez teorías detrás de la crisis de identidad de los demócratas” que ayudan bastante bien a delinear el estado de situación de los motivos de las derrotas que progres de aquí y de allá hemos sufrido. “Hable con 20 demócratas y descubrirá que cada uno tiene una teoría diferente de por qué perdieron las elecciones de 2024 y enviaron al partido a una espiral”. ¿Suena conocido? Debería, porque es así en todo el mundo. Además, las razones de por qué se perdió una elección, el gobierno o terreno político son siempre y en todo lugar, al mismo tiempo, ideas y argumentos que se arrojan un sector contra otro, en el marco del “juego de las culpas” que lleva a todo nuestro espacio a morderse la cola buscando reposicionamientos. A partir de sus conversaciones con docenas de dirigentes y analistas demócratas, Thompson hace una tarea de síntesis y condensación de motivos. Sirve repasarlos y reconocerse en ellos:

Todo es culpa del presidente

anterior

Joe Biden, Alberto Fernández, Dilma Rousseff o el saliente primer ministro alemán Olaf Scholz, es esa persona la que lo ha hecho mal y por lo tanto no hay forma de ganar o de evitar el crecimiento de las opciones de derecha radical. No faltan en ese contexto quienes señalan que el candidato que se presentó “sea Kamala Harris o Sergio Massa” evitó una catástrofe total y, al menos, logró cierta polarización milagrosa con el neofascista triunfante. Estamos ante mandatarios entrados en edad, con falta de testosterona, más bien de la “vieja escuela”, que no se adaptan al signo de los tiempos acelerados de la pospandemia. Al no cultivar la estridencia, la agresividad, ser parte más del siglo XX que del XXI, sobre ellos recae la culpa de la derrota.

Todo es culpa del candidato que perdió

Es culpa de Kamala Harris, es culpa de Sergio Massa, es culpa de Fernando Haddad. Fueron candidatos malos, sin las necesarias credenciales de popularidad o conocimiento por parte de los ciudadanos. Se cuestionan los procesos de selección de esos candidatos (debió haber surgido de una interna competitiva). O también se los pone en la picadora por haber llevado adelante “campañas demasiado cautas”.

Las redes sociales y los streaming

Son los famosos “problemas de comunicación”. Llevado al extremo, en este punto las fuerzas que se oponen a las derechas radicales consideran que su mensaje, sus promesas, su candidato, su campaña eran correctas, pero la gente no se enteró porque estaba “mirando otro canal”. “Perdimos por TikTok”. “Perdimos por no ir al programa de Joe Rogan”. De estas frases simples se deriva una cuestión más compleja: el nuevo ecosistema de medios y redes, que incluye a creadores de contenido conservadores “o prácticamente fascistas” atrae a un público que se vuelve masivo, pero que además es el menos interesado en temas políticos. Los progres tenemos el problema de que nuestro campo está más interesado por las cuestiones políticas tradicionales. La pregunta de cómo llegar a una persona que se dice “no interesada” por la política en una era donde ya “nadie” mira la televisión se convierte en un desafío de primer orden. Y ahí también empiezan los debates. ¿Tenemos que ir a ser entrevistados por estos podcasters y streaming neofascistas “muchos de los cuales iniciaron hace años un recorrido, un deslizamiento, que los llevó desde ser progres en algunos casos”, o “independientes” en otros para abrazar lo que Javier Milei llama “las ideas de la libertad”, o Donald Trump engloba bajo la etiqueta “MAGA” (Make America Great Again)?

“Nos pasamos tres pueblos”

(“too woke”)

Demasiado woke “palabra-insulto que dice todo y no dice nada sobre los progres del mundo”. Demasiado progre. “Nos pasamos tres pueblos”. En el caso de Estados Unidos, los republicanos de Trump invirtieron decenas de millones de dólares en publicidades atacando a los demócratas por haber defendido posiciones “demasiado a la izquierda” en cuestiones culturales y sociales. Hablamos aquí del apoyo a comunidades marginalizadas, como pueden ser las personas transgénero. Pero también cualquier tipo de apoyo del Estado a sectores que lo necesitan. Las derechas radicales se montan en un contexto de gran incertidumbre sobre un conjunto de sentimientos que movilizan, se consumen y se queman rápido, como el odio y el miedo. Lo que nos falta se lo han quedado otros. Nos lo han robado. Las atribuciones de culpa por lo que nos pasa ya no son cuestiones generales del capitalismo, del mundo, de la injusticia que viene del origen de los tiempos. Los dedos no apuntan al aire o hacia arriba sino que empiezan a apuntar al costado (o hacia abajo), a personas y grupos específicos. El goce de la crueldad (con el débil), tan difícil de manifestar y de comprender, es un engranaje poderoso. Pero en última instancia, el razonamiento que está de fondo en esta posición es que el motivo de ese sentimiento “muchas veces inyectado de arriba hacia abajo y del centro a la periferia y no al revés” es que los progres hemos ido “demasiado lejos” hacia la izquierda.

Aquí aparece, junto con esta posición, un conjunto importante de opinadores, cientistas sociales, influenciadores, streamers y también dirigentes “varios de ellos importantes” que se nuclean en una posición política que empieza a tomar forma. La enorme mayoría de ellos varones, aunque también algunas mujeres, que se apalancan allí para hacer una “autocrítica” de otros. Los congéneres progres que han ido demasiado lejos. Vayamos por ejemplo al panorama de los Estados Unidos. Quien hizo punta en este sentido es sin dudas el gobernador demócrata de California, Gavin Newsom, quien plantea en los hechos que su partido está obligado a moderarse y a enfocarse menos en ciertas cuestiones como las de género o sociales. Newsom lanzó en marzo de 2025 su propio podcast, e invitó a su living a importantes representantes de la derecha radical para hacer una búsqueda de “tender puentes” incluyendo “autocríticas” progres. La iniciativa generó mucho ruido: la revista The New Yorker calificó de “vergonzoso” el enfoque y el diario Sacramento Bee se preguntó por qué no hay mujeres invitadas para conversar con el gobernador. A charlar con Newsom concurrieron nada menos que los propagandistas ultras Michael Savage y Charlie Kirk, “quien meses más tarde sería asesinado de un disparo mientras hablaba y debatía desde una carpa con estudiantes de la Universidad del Valle de Utah” y el ideólogo Steve Bannon. Jay Caspian Kang lo expone con crudeza en The New Yorker2: “Seré franco: hasta el episodio de (Tim) Walz excandidato a vicepresidente demócrata” (hablaré más sobre eso en un momento), “este es Gavin Newsom” era el podcast político más extraño que había escuchado. Y no en el buen sentido. En los primeros cuatro episodios, Newsom parece incapaz de cuestionar cualquier postura de derecha, ya sea sobre aranceles, prohibiciones de libros, mujeres trans en el deporte, la conciencia política o el caos en la frontera. Parece exagerado siquiera describir estos episodios como entrevistas, porque Newsom parece bastante desinteresado en lo que dicen sus invitados. Bannon, por ejemplo, le dice más de una vez a Newsom que le robaron las elecciones de 2020 a Trump. Y, aunque Bannon reconoce de pasada que Newsom no está de acuerdo con él sobre la acusación de fraude electoral, Newsom no se opone en absoluto a la idea y actúa casi como si no la hubiera oído. Lo que los episodios realmente ofrecen es una oportunidad para que Newsom se muestre de acuerdo con varios argumentos conservadores, como la injusticia que sufren las mujeres trans al competir en deportes, la debilidad de la campaña de Kamala Harris y la difamación innecesaria del hombre blanco. Estos pueden ser puntos débiles electorales para los liberales (progres), y podrían justificar algún debate o incluso un cambio de mensaje. Pero Newsom no ofrece sus propias opiniones sobre estos temas, sino que asiente con la cabeza de sus invitados. Presenta algunas objeciones sutiles sobre la igualdad matrimonial y la política fiscal, y menciona brevemente su compasión por los atletas trans que, en su opinión, no deberían poder competir. Pero la impresión que el podcast ha dejado hasta ahora es que el gobernador demócrata de un Estado profundamente demócrata coincide en gran medida con todo lo que Kirk y Bannon piensan sobre este país. A lo largo de los episodios, afirma “apreciar” este o aquel punto que sus invitados plantean, tanto que Kirk, fundador de Turning Point USA, declaró posteriormente, en su propio podcast, que Newsom había sido “excesivamente efusivo”. Cuando Newsom ofrecía alguna que otra refutación, seguía diciendo que quería poner a prueba una afirmación de Kirk, como si Newsom, el gobernador de 57 años del Estado más poblado del país, fuera un consultor de McKinsey que daba consejos cautelosos a un cliente poderoso que no quería escuchar ninguna crítica real.

Lo interesante del caso es que Newsom cayó unos diez puntos en las encuestas entre quienes vieron el “stream”. Los republicanos no le creyeron y los demócratas lo odiaron. A su vez, Rahm Emanuel, exjefe de Gabinete de Barack Obama y embajador en Japón hasta abril de 2025, exponente de la línea “realpolitiker” de su partido expuso algo de esto en una extensa entrevista con el columnista Ezra Klein, del New York Times. Emanuel realiza un giro retórico claro al pasar la etiqueta de derecha radical o ultraderecha a “populismo” y de ahí a decir “yo lo llamo antiestablishment”. No es un ascenso de la ultraderecha, sino que los demócratas (los progres) pasaron de ser el antiestablishment a ser el establishment. Emanuel sostiene que hay mucho más que lo económico en la definición del voto. La cuestión educativa y la seguridad cobran gran fuerza en este sentido. Lo dice de esta forma: “Como partido, éramos muy pro-obreros”. Joe Biden tiene el mérito por eso. Pero perdimos el voto de la clase trabajadora. Y estos son padres. Viven en una comunidad. Envían a sus hijos a la escuela. Envían a sus hijos a un parque, a una biblioteca. Conducen sus autos en su comunidad. En realidad, en nombre de la lucha por la clase trabajadora, no los escuchamos. No los escuchamos. Les decimos cómo comer sus guisantes.

Hay más señales. Por ejemplo, el exsecretario de Transporte durante el gobierno de Joe Biden, Pete Buttigieg, un dirigente que en 2015, siendo alcalde de South Bend, una ciudad de unos 100 mil habitantes en Indiana, dio a conocer que era gay, quitó referencias al respecto de sus redes sociales.

Palabras elitistas

Esta teoría sostiene que perdimos porque los progres nos convertimos en el partido de los universitarios y para los universitarios. Hablamos con palabras incomprensibles, condescendientes o alienantes. En otro tramo de la entrevista a Klein, Emanuel se refiere, por ejemplo, a las controversias que existen con las palabras en el campo progre: Hablamos de lo que nos hacía sentir tan bien con nosotros mismos. (...) Pero también piensen en cómo hablamos de cualquier tema como partido. Esto es lo que me vuelve loco. Tomemos como ejemplo la “economía del cuidado”. Nunca he conocido a nadie que se describa como parte de la “economía del cuidado”. He conocido a trabajadores sociales. He conocido a trabajadores de guarderías. He conocido a enfermeras, a enfermeros titulados. Nunca he conocido a nadie que diga: “Estoy en la economía del cuidado”, pero hablamos de ello. (...) “Latinx” y la gente a la que se supone que debe atraer, no los representa. Hablamos de personas de color. Cualquiera que haya sido alcalde de una gran ciudad sabe que eso no existe. Usamos el lenguaje para sentirnos bien con nosotros mismos, no para comunicarnos. Todos creemos que estamos solicitando un puesto de profesor adjunto en una pequeña universidad de artes liberales.

☛ Título: ¡Progres del mundo!

☛ Autor: Nicolás Tereschuk

☛ Editorial: Futurock

☛ Edición: Noviembre de 2025

☛ Páginas: 184

Datos del autor

Nicolás Tereschuk es licenciado en Ciencia Política (UBA) y magíster en Sociología Económica (Idaes-Unsam). Es docente en la carrera de Ciencia Política de la UBA y de posgrado en UBA y Flacso.

Se desempeñó como director nacional de Relaciones Parlamentarias de la Jefatura de Gabinete de Ministros y actualmente preside el centro de estudios y discusión de políticas públicas Instituto Argentina Grande (IAG).

Escribió La calesita argentina (Capital Intelectual, 2019) y El príncipe democrático sudamericano (Eduvim, 2015), en coautoría con Mariano Fraschini. Trabajó en distintas campañas electorales para candidatos del peronismo en la Argentina.