libro

El hombre más extraño

Mario Firmenich y la actuación de Montoneros.

Foto: juan salatino

Con 78 años y una memoria privilegiada, Mario Firmenich todavía guarda enigmas que nunca ha querido develar.

Según su propio relato, a él le tocó hacer ruido en la puerta del casco de la estancia de La Celma para tapar el sonido de las balas que mataron a Aramburu, el 1° de junio de 1970. Así como brindó ese detalle, omitió otros más relevantes. Mencionó a Carlos Ramus, el dueño de casa, y señaló a Fernando Abal Medina como único autor material del crimen político; también sugirió que estaba presente otra persona, sin más precisiones. Al año del aramburazo, tras la rápida muerte de sus dos predecesores, ya se había encumbrado como número uno de Montoneros, cargo que retuvo –con distintas denominaciones– hasta  la disolución de la guerrilla peronista.

Su ascenso fue vertiginoso e involucró una cuota de azar. Firmenich tenía un lugar asignado en la mesa de la pizzería en William Morris en la que cayó Abal Medina, pero llegar tarde le permitió escapar a tiempo. Sabino Navarro asumió la jefatura, por tan sólo diez meses.

La narrativa oficial recuerda a Navarro como a un héroe –nombraron columnas en su homenaje–, pero es probable que haya sido castigado por sus compañeros de armas poco antes de su muerte, en una persecución policial en Córdoba. No porque hubiese matado a dos policías en un control –que cabía dentro de la lógica de la lucha armada–, sino porque se había expuesto innecesariamente para tener una cita con una mujer que no era su esposa ni formaba parte de la organización.

Firmenich quedó a cargo de la guerrilla peronista a mediados de 1971, cuando aún carecía de estructura formal –la Conducción Nacional se formó en 1973– y él se encontraba prófugo de la Justicia. Tenía apenas 23 años y una trayectoria atípica para un jefe guerrillero.

Era católico y nacionalista, se había convertido al peronismo, pero no tenía formación de izquierda. Difícil saber si pasó por los centros de entrenamiento para la lucha armada creados por el Che Guevara: él me dijo que no cuando lo entrevisté en el año 2017 en España; y en ese mismo viaje, dos exguerrilleros argentinos de la izquierda guevarista sin vínculo entre sí –Daniel Alcoba y Ricardo Rodrigo– relataron pormenores de ejercicios que recordaban haber compartido con Abal Medina y con Firmenich en las sierras cubanas. No hay disponible un listado de los “becarios” que recibieron instrucción militar de la Revolución Cubana que pueda saldar el asunto, como tampoco hay registro de que Firmenich haya participado personalmente de algún otro operativo militar relevante después del crimen de Aramburu. Otra rareza: la participación de los jefes en las acciones más osadas suele ser determinante en la construcción de la mística que los legitima internamente.

La etapa de mayor visibilidad y crecimiento de las organizaciones ligadas a Montoneros no lo tuvo como protagonista. Debió seguir prófugo durante la campaña de Héctor Cámpora, hasta que el Congreso aprobó la amnistía que lo exoneró por el asesinato de Aramburu; Rodolfo Galimberti fue la cara visible de la Juventud Peronista y el que más visitó a Perón antes de su regreso a la Argentina. Las principales apariciones públicas de Firmenich en ese período fueron dos actos en la cancha de Atlanta. En ese escenario alentó la consigna –”Rucci, traidor,/ a vos te va a pasar/ lo que le pasó a Vandor”– que predijo el asesinato de José Ignacio Rucci. Demoró décadas en asumir en público la responsabilidad por el crimen que ocurrió horas después del triunfo que devolvió a Juan Domingo Perón a la presidencia y lo hizo de manera laxa.

“Era el sentir popular de la tendencia revolucionaria de la época”, le dijo al historiador Felipe Pigna en un reportaje del año 2004. Y consideró que había sido un”error político”, pero no por lo que significó para Perón que la guerrilla matara al sindicalista que –en una imagen de una gran potencia simbólica– lo había cobijado debajo de un paraguas el día que aterrizó en Ezeiza tras casi dos décadas de destierro. El crimen –se quejó– fue la excusa que sirvió a la derecha peronista para justificar la persecución que padecieron en el tercer gobierno de Perón.

Montoneros se declaró peronista desde su primer comunicado, pero bajo la conducción de Firmenich nunca se subordinó realmente a Perón. Con el crecimiento de las distintas organizaciones de la Tendencia, se creyeron con derecho a incidir sobre el rumbo del gobierno e incluso a disputarle el liderazgo; también se negaron a aceptar la lógica de que en democracia debían abandonar la lucha armada. La fusión con las FAR, anunciada el mismo día del inicio de la tercera presidencia de Perón, fue una demostración.

Firmenich pasó a conducir una estructura con cuadros de más experiencia que la suya en la lucha armada. Quién lo secundó a partir de ese momento es materia de disputa: Roberto Perdía escribió que él ocupó ese lugar, pero otras fuentes –Horacio Tarcus, entre otros– sostienen que la nueva conducción se formó alternando uno de cada organización. En ese caso, le habría tocado a Quieto, como jefe de las FAR. Firmenich, como tantas veces, mantuvo la ambigüedad. “Era el número tres, pero públicamente era el número dos, por ser el número uno de la FAR”, le dijo a Pigna.

Tampoco reveló con precisión las razones por las cuales ordenó un juicio político que lo sentenció a muerte.

Secuestrado y desaparecido a fines de 1975 –en un anticipo de lo que traería la dictadura–, Quieto había llevado adelante la operación que más dinero recaudó en la historia de las guerrillas y conocía los secretos financieros de Montoneros. Sobre la sentencia de sus compañeros, que arrojó sobre su muerte la sombra de la traición, de la que Quieto nunca pudo defenderse, Firmenich dijo apenas: “Nosotros no tuvimos nunca más información de él, pero sí tuvimos evidencia de las delaciones de él durante la tortura: cayeron cosas conocidas por él”.

Si difundieron la condena a Quieto fue para bajar un mensaje ejemplificador. Por más brutal que fuese la tortura, la consideraban soportable: nada justificaba entregar información al enemigo. Y sin embargo, la adopción de la pastilla de cianuro representó lo contrario: la muerte como única garantía absoluta de que ningún guerrillero sucumbiría a la ferocidad de la represión ilegal.

Rodolfo Walsh alcanzó a señalar que tenían un enfoque equivocado, que la seguridad del conjunto no podía depender de la fortaleza individual de cada uno de sus integrantes, bajo el imaginario de los combatientes heroicos y sin fisuras. Quieto había alertado que, mientras se encontraran en desventaja, la apuesta por el golpe militar era un error grave; cuando finalmente se produjo, Rodolfo Galimberti reclamó un manejo del dinero para la protección y mayor seguridad de los integrantes de la guerrilla.

Ninguno de los pedidos fueron atendidos; significativamente, algunos fueron sancionados: una constante en el trato a las disidencias a lo largo de la historia de Montoneros. A las columnas que presentaron reclamos –escribió el historiador Marcelo Larraquy–, la Conducción Nacional les “impidió o demoró la provisión de documentos y de armas” vitales para su supervivencia.

“El objetivo de una organización política no es salvar gente, es tomar el poder con el mínimo costo posible –dijo Firmenich en la entrevista con Pigna– (…) Hay bajas, hay costos humanos y cualquier militante que participa voluntariamente en esto sabe que se juega su vida”.

Sin embargo, para fines de 1976, la Conducción Nacional sintió el impacto de las pérdidas que sufrieron en los primeros meses de la dictadura y decidió sacar a sus principales cuadros del país: la “retirada estratégica”, se justificó.  ”Mi rol iba más allá de la jefatura interna –me dijo Firmenich–, era un liderazgo político público. Si a mí me mataban, significaba la derrota [de Montoneros]. Se puede ver en el ERP. Si no mataban a [Mario Roberto] Santucho [asesinado en julio de 1976], el ERP seguía existiendo”.

Firmenich había estado a punto de cerrar un acuerdo con Santucho. El jefe del ERP había avanzado con Perdía y estaba por viajar a Cuba, pero demoró su salida para concretar un encuentro con el jefe montonero. La cita falló y al día siguiente se tiroteó con oficiales del Ejército en un departamento.

Firmenich también sintió en la nuca el aliento del peligro cuando fue secuestrada María Elpidia Martínez Agüero, su mujer. Criada en una familia tradicional, con padre camarista, egresada de un colegio católico, Martínez Agüero tenía dos hermanos montoneros –Guillermo y José Agustín, desaparecido– cuando empezó a cooperar con la guerrilla. Conoció a Firmenich porque le pidieron que alquilara un departamento en el que se escondió por un tiempo en Córdoba. Se casaron en la casa de los Martínez Agüero, en un barrio acomodado y con una ceremonia discreta, que llevó adelante un cura afín a la organización. Llamaron María Inés –nombre compuesto por el nombre legal y el de guerra de la madre– a la primera hija. Estaba nuevamente embarazada cuando cayó en una cita envenenada.

Fue a parar a la Superintendencia, el centro de torturas de la Policía Federal donde pocas semanas antes Montoneros había ejecutado su atentado más sangriento. Una vez que la identificaron como la pareja de Firmenich, su destino más probable era desaparecer y que su hijo fuese apropiado. Sin embargo, la mandaron a la cárcel, que en aquel tiempo equivalía a salvar la vida: importaba un reconocimiento de una detención en un lugar específico. Mario Javier –mismo criterio y combinación para la elección del nombre– nació sietemesino en el penal de Devoto, muy probablemente por las torturas. Su madre pudo estar con él unos meses y luego debió entregarlo al cuidado de un sacerdote que sostenía un hogar para chicos huérfanos en Córdoba.

Las razones por las cuales corrió mejor suerte que otros integrantes de la guerrilla fueron materia de especulación. Martínez Agüero aportó la hipótesis de que la disputa entre la Marina (que la requería) y la Policía Federal (que la tenía) pudo haber jugado a su favor. “Supongo –especuló cuando se lo pregunté– que evaluaron que era mejor tenerme legal. En la mentalidad de los milicos, yo era un botín de guerra: me podían resguardar para un día canjearme. Les servía más viva que muerta”.

En la capital de México, Firmenich salvó la vida posiblemente por la acción de Tulio Valenzuela, detenido por la dictadura. Raquel Negro –su mujer, embarazada de mellizos– había quedado de rehén en un centro clandestino, para evitar lo que finalmente él hizo de todos modos: revelar a la cúpula que había viajado con agentes del Ejército y que lo querían usar de anzuelo para matar al jefe máximo. Su sacrificio familiar no lo eximió de recibir una sanción disciplinaria. Le aplicaron, como antes a Quieto, un castigo ejemplificador, aunque algo menos severo. Lo degradaron e hicieron pública la sanción para desalentar todo tipo de cooperación con los militares, aunque fuese fingida, para mejorar la vida cotidiana en un centro clandestino o para salvar la vida. Veían riesgoso consentir este tipo de decisiones individuales, aun cuando las condiciones hicieran imposible todo tipo de consulta previa.

Firmenich no enfrentó ese tipo de dilemas y pretendió que los demás tuvieran, como él, una familia tradicional, dentro de los cánones de la guerrilla.

Desaprobó las relaciones con personas que no formaran parte de la organización –como el caso de Quieto y la mamá de sus hijos– y las infidelidades en cualquier circunstancia. A Francisco “Paco” Urondo la cúpula le reprochó haber iniciado una relación sin haber terminado la anterior y lo mandó castigado a Mendoza, donde fue emboscado por la dictadura.

Las giras de Emilio Massera en el tiempo en que la Conducción Nacional se encontraba activa en Europa, junto con el asesinato de Elena Holmberg, el interés del almirante por contactar con dirigentes del peronismo, la tregua por el Mundial de fútbol de 1978 y otras coincidencias alimentaron la versión de que el almirante había tenido –o intentado– algún tipo de contacto con Firmenich.

Sin embargo, la decisión de suspender las operaciones mientras la Argentina fuese sede del campeonato de fútbol cabía dentro de una lógica en su tiempo: la guerrilla se había acoplado a los grupos de denuncia y se había acercado a la emergente socialdemocracia europea, en un activismo en contra de la represión ilegal que no implicaba el consentimiento de esos nuevos aliados a la práctica de la lucha armada. Tampoco ha surgido ningún testimonio directo o documento que compruebe las especulaciones de que existió algún tipo de contacto, pero las respuestas que brindó el jefe montonero no contribuyeron a disiparlas.

“¿Por qué se hablaba de un encuentro tuyo en París con Massera? –lo confrontó Cristina Zuker.

—Son inventos absolutos –rechazó Firmenich–. Desde el punto de vista estrictamente personal, mi conciencia está absolutamente tranquila.

Formuló la frase de tal manera que dejó abierta la posibilidad a que otros no tuvieran la conciencia tan tranquila como la suya. En las acusaciones que cruzaron con Galimberti tras la ruptura definitiva del exjefe de la Columna Norte con Montoneros, esa sugerencia giró en los dos sentidos. El quiebre ocurrió justo antes de que los grupos que habían sido entrenados para la contraofensiva volvieran clandestinos a la Argentina: un timing que potenció la vulnerabilidad de la operación que terminó –según datos del Equipo de Antropología Forense– con ochenta muertos entre los reingresantes.

Varios familiares de los fallecidos promovieron años más tarde una denuncia contra Firmenich, Perdía y Fernando Vaca Narvaja. Atribuyeron a la cúpula responsabilidad sobre sus muertes, con el argumento de que los jefes eran conscientes del riesgo que corrían y aun así los alentaron a volver. La facilidad con que el Ejército secuestró a los que volvían –especialmente después del Operativo Guardamuebles– despertó, además, la sospecha de que tal grado de anticipación sólo pudo ocurrir de haber existido una infiltración al más alto nivel de la guerrilla. Perdía y Vaca Narvaja estuvieron dos meses presos en el año 2003 por la causa que surgió de esa acusación; Firmenich, que se encontraba radicado en España, no llegó a ser detenido. Finalmente un fallo de la Cámara Federal anuló el proceso.

El jefe montonero desestimó los reproches de los familiares de las víctimas de la contraofensiva en otro tramo de la entrevista que Zuker reprodujo en su libro El tren de la victoria, título alusivo a la premisa que había utilizado Perdía en Madrid para reclutar voluntarios. Un hermano de la autora, Ricardo Zuker, está entre los desaparecidos de aquel intento.

¿A vos no te parece que fue una empresa suicida? –inquirió al jefe montonero.

“En la contraofensiva no murieron más que veinte o veintidós compañeros” –contestó Firmenich, con una cifra sensiblemente menor a la real, y como si fuera una cuestión de números–. En el 76, o en el 77 caían siete compañeros por día. La contraofensiva es un juego de niños al lado de eso.

A Gabriel García Márquez le había dicho que las víctimas de los Montoneros en los primeros meses de la dictadura –que en efecto se contaron de a miles– fueron parte de los “cálculos de guerra” de la guerrilla; es decir, que estuvieron dentro de sus previsiones.

“Una cosa es concebir una política desde el punto de vista de lo que podemos llamar ‘Amnesty International’, que se dedica a salvar gente –se explayó con Pigna–, y otra cosa es una política planteada desde el punto de vista de una estrategia de poder que pretende modificar la estructura de toda la sociedad. El objetivo de una organización humanitaria es salvar gente. El objetivo de una organización política no es salvar gente, es tomar el poder con el mínimo costo posible. No es lo mismo si uno recurre a una leva obligatoria, a un servicio militar obligatorio [...] que una organización política clandestina, que solamente cuenta con el consenso absolutamente, explícitamente voluntario de cada uno de sus militantes, minuto a minuto”.

Más allá de la frialdad recurrente para referirse a las bajas propias, Firmenich buscó frente a Zuker desestimar la idea de que la conducción “llevó de las narices” y directo a la muerte a quienes se sumaron a la que iba a ser la última operación de Montoneros, entre 1979 y 1980. “No se puede aceptar que fueron unos estúpidos engañados”, porque “tuvieron la oportunidad de decir que no”, y de hecho –argumentó– muchos se negaron,porque nadie les puso un revólver en la cabeza: estaban convencidos de que todo era poco para luchar contra la dictadura”.

Sólo concedió fugazmente la posibilidad de que hubiese sido “una decisión política incorrecta”. No tardó casi nada en rebatir ese análisis por contrafáctico. “Es como hablar de los resultados del partido del fútbol del domingo con el diario del lunes bajo el brazo”, comparó. “Ya sabemos cuál fue el final de la historia, pero hasta ese momento –dio así un cierre al asunto– nunca colectivamente nos planteamos la opción de dejar de luchar”.

Martínez Agüero escapó de su cautiverio –le habían concedido prisión domiciliaria– en abril de 1982, extrajo a su hijo del hogar para chicos huérfanos en el que se había criado por más de cinco años y se fugó por la frontera, con la ayuda de integrantes de la guerrilla. El reencuentro familiar, con Firmenich y María Inés, la hija mayor que vivía con él en La Habana, se produjo en México. Sobrevino la derrota de la Junta Militar en la guerra de las Malvinas, y cuando se inició la transición a la democracia la cúpula se trasladó a La Paz, Bolivia.

Aun en retirada, la dictadura siguió activa en la persecución a los dirigentes montoneros: el 14 de mayo de 1983, una patrulla del Ejército sacó de un bar en Zárate y mató a Osvaldo Cambiaso y a Eduardo Pereyra Rossi, y al día siguiente, Raúl Yäger, miembro de la conducción de Montoneros, fue emboscado y acribillado en Córdoba.

Mientras planificaban su regreso a la Argentina, Firmenich, Vaca Narvaja y Perdía ordenaron la construcción de cuatro casas en Isidro Casanova, La Matanza: tres para sus viviendas y una para la comandancia, la única que se construyó. Desde afuera apenas se distingue de cualquier otra propiedad: la tapa un muro de ladrillo, que en ese territorio podría ser una medida de seguridad extrema contra robos. Las singularidades se aprecian desde el interior. La muralla que la separa de la calle es doble –protección pensada para reducir los daños en caso de que impactara una bomba–, no tiene ventanas y las paredes son curvas –para que las balas no entraran ni rebotaran en superficies rectas–; cada una de las tres plantas cuenta con pequeñas chimeneas –en la era predigital, las evidencias quedaban en papel– y la terraza tiene el piso reforzado, para amortiguar el impacto de explosivos que pudieran ser lanzados desde el aire.

La obra quedó semiabandonada durante décadas, en medio de un litigio entre el arquitecto, ligado a la organización, y quienes le habían dado el dinero para que la construyera, que no tenían documentos a su nombre para ejercer como propietarios. Por fin la compró un exmontonero, quien debió sortear testaferros e intermediarios para poder hacerle llegar el dinero a Firmenich, quien pasaba por ahogos financieros. Esa construcción tan extravagante fue el único bien que le quedó a Firmenich cuando Montoneros dejó de existir: entre todas las acusaciones que recibió, ninguna estuvo ligada a que hubiese usufructuado de las finanzas de la guerrilla para su enriquecimiento personal.

Raúl Alfonsín, el presidente que inauguró el período democrático, fue el primero que se interpuso en los planes de la cúpula para reinsertarse en la política argentina. Firmó dos decretos consecutivos que miraban al pasado inmediato. Con uno ordenó enjuiciar a las cúpulas de Montoneros y el ERP; con el siguiente, a los integrantes de las juntas militares de la dictadura. Así, ignoró la autoamnistía que se habían atribuido las Fuerzas Armadas y dispuso juzgar en el ámbito civil –y no según el Código Militar, como pretendían– a los comandantes que integraron los triunviratos gobernantes, Jorge Rafael Videla, Emilio Eduardo Massera, Roberto Viola y Leopoldo Galtieri, entre otros, por una variedad de delitos, que comprendían homicidios, privación ilegal de la libertad y aplicación de tormentos. En simultáneo, ordenó investigar a Firmenich, Vaca Narvaja, Perdía y Galimberti, de Montoneros, y a Enrique Gorriarán Merlo, del ERP, por los delitos de homicidio, asociación ilícita y apología del crimen.

El presidente de la Unión Cívica Radical les recordó a los jefes guerrilleros que en 1973 el Congreso había dispuesto una amnistía generosa para los crímenes perpetrados mientras combatieron contra regímenes militares, y les reprochó que hubiesen vuelto a tomar las armas en democracia, y de algún modo, allanado el golpe de 1976 que dio origen a la dictadura.

El pedido de captura encontró a Firmenich en Brasil. En Río de Janeiro había nacido Facundo, su tercer hijo, y creyó que estaba protegido: en contadas ocasiones de la historia de ese país se había otorgado la extradición a padres de hijos brasileños. La suya fue concedida, sólo que con ciertas limitaciones a los cargos que le podían imputar –únicamente quedó en pie la causa por el secuestro de los Born– y la pena máxima que le podían imponer: 30  años, la que recibió.

En la cárcel de Devoto –la misma en la que había estado presa su mujer– estudió Ciencias Económicas y se casó por civil con Martínez Agüero. Con un régimen de visitas que le daba cierta privacidad, llegaron otros dos hijos a la familia, Jorge Agustín y Santiago. La pareja tuvo cinco en total, el número que el jefe montonero había sugerido como el ideal para sostener la guerra prolongada.

De haber cumplido con la totalidad de la pena, Firmenich no habría salido en libertad hasta el 2014, pero en 1990 obtuvo el segundo perdón de su vida: provino del indulto que firmó el presidente peronista Carlos Menem el 29 de diciembre.

Montoneros, que por entonces se llamaba Peronismo Revolucionario, había apoyado a Menem con un aporte millonario a su campaña electoral, fondos provenientes del secuestro de los Born.

En nombre de la “pacificación nacional”, Menem condonó a los guerrilleros y a los militares al mismo tiempo. El indulto salió en dos tandas y Firmenich, por el peso de su figura, quedó para el final junto con cinco de los máximos responsables de la dictadura, entre ellos Videla y Massera. Que hubiese consentido una equiparación simbólica con los genocidas generó una gran controversia entre quienes habían formado parte de Montoneros y sintieron que con su actitud traicionaba la memoria de los desaparecidos. También resultó contradictorio con su propio pensamiento.

Firmenich culpó a Alfonsín por la difusión de la llamada “teoría de los dos demonios”, que desdibuja las distintas responsabilidades por lo ocurrido durante la dictadura; borra la diferencia entre el accionar de las guerrillas y quienes conducen un Estado que, como depositario del monopolio de las armas y a cargo de las instituciones, está obligado responder a ese tipo de amenazas dentro de un marco de legalidad. Sin embargo, la figura del terrorismo de Estado fue central para la condena que recibieron los integrantes de Junta Militar en 1985 y se sostuvo a lo largo de los años –con jurisprudencia de la Corte Suprema– como un tipo de delito de otra envergadura; a diferencia de los que cometió la guerrilla, fueron declarados imprescriptibles.

También Galimberti buscó su provecho personal durante el gobierno de Menem. Seguía obsesionado con obtener tajada del botín del secuestro de los hermanos Born. Su desesperación era tal que –según sus biógrafos, Marcelo Larraquy y Roberto Caballero– asaltó dos veces el auto que transportaba las valijas diplomáticas provenientes de La Habana. Una carambola, que resultó de la inesperada alianza de un presidente peronista como Menem con un representante de los grupos concentrados como Jorge Born, le abrió una oportunidad que no desperdició.

Born quería recuperar algo del dinero que su padre había pagado por su vida y la de su hermano Juan; Menem tenía una gran ambición económica y mucha influencia sobre el Poder Judicial; los herederos de David Graiver habían sido expropiados por la dictadura y Alfonsín los había indemnizado con bonos del Estado, que todavía seguían cobrando. Bastó con las pruebas que aportó Galimberti sobre el vínculo entre Graiver y Montoneros para que Born pudiera reclamar parte de la indemnización; y todo cerró con un reparto generoso de los dividendos. En el proceso, Galimberti y Born –víctima y victimario– se hicieron socios y amigos, en un relación que causó escándalo en los círculos de ambos.

Tras obtener la libertad con el indulto de Menem, Firmenich completó sus estudios en la Universidad de Buenos Aires (UBA) con el promedio más alto de su promoción en Ciencias Económicas.

Aunque le correspondía la medalla de honor, las autoridades se la negaron, otro indicio del rechazo persistente a su figura. El fin de década del 80, que marcó –según Marina Franco– “el ocaso definitivo de los proyectos revolucionarios argentinos” llegó con “el apogeo de la denuncia internacional y en clave humanitaria de los crímenes dictatoriales”: un nuevo clima de época en el que Firmenich nunca encajó.

Frustrado, con la sensación de que los medios lo habían transformado –a él y a nadie más que a él en un demonio –responsable de los años de mayor violencia en el país, partió otra vez. Después de un breve paso por Oslo, Noruega, se quedó a vivir en Barcelona. Cargaba con renovadas sospechas sobre cómo había logrado preservar a su familia y esquivado la muerte durante la dictadura.

En 1993 el periodista estadounidense Martin Andersen publicó Dossier secreto, el mito de la guerra sucia, un libro con otra hipótesis explosiva. Las organizaciones guerrilleras –escribió– habían estado infiltradas desde sus inicios por los servicios de inteligencia, como parte de una estrategia de los militares para generar una opinión pública favorable al golpe de 1976 y conseguir la tolerancia de los argentinos a la represión ilegal. Andersen depositó en Firmenich la acusación más grave: dijo que era un agente del Batallón 601 de Inteligencia del Ejército.

“Nos hicieron la guerra sucia y ahora nos quieren hacer la política sucia”, se quejó el jefe montonero. La jugada –se explayó, furioso– “consiste en decir que los que murieron eran unos pobrecitos buenos, que los que quedaron vivos son todos unos hijos de puta y que los de la conducción era todos de los servicios de inteligencia”. Montoneros –recordó sobre la época de esplendor– surgió “del pueblo argentino, apañada y aplaudida”.

La única fuente de información de Andersen –reveló en una edición revisada de su libro del año 2000– había sido Robert Scherrer, un agente de la Agencia Federal de Investigaciones de los Estados Unidos, el FBI, que había trabajado en la embajada de Buenos Aires. Nunca apareció ningún documento del gobierno norteamericano que sustentara la acusación de Dossier secreto y el nombre de Firmenich tampoco figuró en el listado de 4.300 agentes del Batallón 601 de Inteligencia del Ejército que Cristina Fernández de Kirchner desclasificó cuando era presidenta, en 2010.

La sospecha de que las células originales trabajaban para los servicios de inteligencia era un lastre que arrastraba desde el surgimiento de Montoneros. Lo novedoso fue que su figura siguió siendo reactiva aun durante las presidencias de Néstor y de Cristina Kirchner. A lo largo de 12 años, los Kirchner impulsaron la reapertura de los crímenes de la dictadura que Menem había dejado impunes y una serie de medidas para evitar el olvido sobre el terrorismo de Estado –como la transformación de la ESMA en Museo y la incorporación al calendario del feriado del 24 de marzo–, también nombraron a exguerrilleros en cargos destacados del gobierno y promovieron una memoria edulcorada sobre Montoneros y los años de la “juventud maravillosa”.

Almorcé con Firmenich en España el 21 de agosto de 2017, cuando gobernaba Mauricio Macri y parecía que alguna de las causas judiciales que lo involucran se podía reactivar, una amenaza siempre latente. Nos encontramos frente a un amarradero de barcos, cerca de la casa que alquilaba en Vilanova i la Geltrú, en las afueras de Barcelona. Estaba al tanto de que yo había publicado un libro sobre el secuestro de los hermanos Born y me permitió tomar apuntes de la conversación. Le pregunté por el destino final del botín y para mi sorpresa, se despachó contra Fidel Castro: “No hubo nunca ningún papel. Siempre fueron cuentas de almacenero. Justo antes de que yo saliera en libertad [en diciembre de 1990] nos cortaron la guita [doscientos mil dólares mensuales]”.

Además de dinero –reveló–, la conducción perdió en La Habana el registro de su historia: un huracán arrasó con los documentos que habían depositado en una caja fuerte. “Agarró parte del archivo y ya nunca más supimos nada”, dijo sin ningún lamento. Otra circunstancia más que lo dejó como el único testigo a quien acudir con ciertas preguntas. Un testigo que con los años se ha vuelto cada vez más reacio a todo tipo de intercambio.

Lo volví a contactar en 2019 por correo electrónico, para contarle que iba a publicar un nuevo libro, esta vez sobre el crimen de Aramburu, y para preguntarle si podía despejar dudas con él. Su respuesta fue negativa y rica en argumentos.

Se refirió a sí mismo en tercera persona: “La única política de Estado que ha mantenido la Argentina, desde los años 70 hasta hoy, es la exclusión de Mario Eduardo Firmenich del sistema político legal”; y al periodismo con desprecio: “No es un secreto que el ‘establishment mediático’, lo que abarca al oficio periodístico, ha sido siempre la punta de lanza de mi demonización, bajo todos los regímenes y acusaciones infames”. Yo le había explicado que pretendía darle a la investigación la seriedad debida, con la creencia de que podía ser un argumento para deponer su resistencia. Nunca imaginé que los libros sobre la época le provocaban aún más enojo que los títulos de los reportajes que había concedido.

Escribió a mi casilla: ”Me niego a seguir colaborando con el intrusismo profesional de esta distorsión académica que no contribuye a la verdad histórica. Por otra parte, tengo muy claro que la historia nos otorga a los protagonistas el derecho personal a escribir nuestras memorias y entiendo que ese derecho no lo debo malgastar en reportajes. Espero que comprendas que la historia que vos querés relatar debe ser y será escrita por los historiadores dentro de muchas décadas. Yo no tengo ningún temor ni ninguna duda de lo que dirá la retrospectiva histórica sobre los Montoneros y sobre mi persona”.

Finalmente, me conminó a desistir del proyecto de investigación: “No sólo no quiero colaborar en tu plan de publicaciones, sino que además te agradecería que no lo hagas”. Para este libro –que sería mi segunda desobediencia–, ya no intenté contactarlo.

“El hombre más extraño que haya encontrado en mi vida”, como lo describió García Márquez, se jubiló en España y encontró cobijo en Nicaragua. Se lo brindó Daniel Ortega, el líder de la revolución sandinista que en el año 1979 derrocó a Anastasio Somoza, llenó de esperanzas a la cúpula de Montoneros y la alentó a persistir con el acto final de la contraofensiva. Pero Ortega, que había logrado en democracia la reinserción que a Firmenich le fue esquiva, con el tiempo se había convertido en otro dictador.

Si lleva 30 años alejado del debate público, difícilmente  encuentre ahora el momento propicio para quebrar su determinación de callar. Se cumplen próximanente 50 años del golpe militar de 1976 y la construcción de la memoria sobre la dictadura sigue siendo un ámbito de disputa política.

Sin embargo, desde la recuperación de la democracia, el discurso oficial nunca antes se había ubicado tan cerca del negacionismo que utiliza a las guerrillas para justificar, igual que entonces, al terrorismo de Estado que sobrevino.

BUENOS AIRES, FEBRERO DE 2026

 

☛ Título: Montoneros

☛ Autora: María O’donnell

☛ Editorial: Planeta

☛ Edición: Abril De 2026

☛ Páginas: 320
 

Datos de la autora

Estudió Ciencia Política y Relaciones Internacionales. Inició su carrera profesional en 1993 en diarios, fue corresponsal en Washington; trabajó en radio y en televisión hasta convertirse en una de las periodistas más influyentes y premiadas de la Argentina.

Con Born (2015), un best-seller sobre el secuestro de los hermanos Jorge y Juan Born, inició una saga de libros sobre Montoneros: Aramburu (2020) y Born y Quieto (2023), versión extendida con grabaciones inéditas. Antes publicó Propaganda K y El Aparato.

Vive en Buenos Aires con sus dos hijas y es @odonnellmaria en X e Instagram.