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Formas de comprar

Un enfoque más inclusivo y sostenible.

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

Te matan con el precio, y aun así los clientes están felices de pagarlo!

¿Cómo diablos lo hacen? se repetía Charly, sin poder disimular su frustración.

Era un empresario experimentado. Justamente por eso, la situación lo irritaba aún más: ¿cómo lograban algunas empresas vender a precios claramente más altos y, aun así, resultar baratas a los ojos de sus clientes?

En su propio negocio, cada vez que intentaba despegarse de sus competidores más agresivos y subir un poco los precios, tanto los clientes como su propio equipo comercial ponían el grito en el cielo. Esa diferencia lo frustraba: mientras esas otras compañías conseguían cobrar más sin perder atractivo, él se veía atrapado en una lucha permanente por justificar cada centavo.

No era solo una cuestión de orgullo. Si seguía cediendo en precios, en pocos meses tendría que frenar inversiones y empezar a ajustar el equipo.

Y, como si el universo se empeñara en recordárselo, una y otra vez se encontraba con situaciones en las que lo caro, de alguna manera, terminaba resultando barato.

Precios y asados

Charly disfrutaba del ritual del asado. En familia, con amigos o incluso con clientes, la parrilla era su territorio. Se enorgullecía de ser buen asador y sabía que más de un negocio se había cerrado al calor de las brasas.

Pero su vieja parrilla ya no daba más. El óxido avanzaba y las soldaduras empezaban a ceder. Así que decidió reemplazarla.

En el bazar, después de comparar varios modelos, encontró una que parecía ideal: simple, robusta y con buenas terminaciones.

—¿Cuánto cuesta? — preguntó.

—Cien dólares—respondió el vendedor.

Charly frunció el ceño.

—¿Cien? Parece un poco caro para unas varillas soldadas.

El vendedor lo miró con serenidad.

—Señor, en su próximo asado va a poner carnes y achuras por un valor similar al de esta parrilla. Y este producto, por la calidad, le va a durar años sin generarle problemas. 

Charly no respondió. Agachó la cabeza y fue directo a pagar. La contundencia del argumento le había dolido casi tanto como un cachetazo inesperado.

Al salir del local, recapacitó:

«El precio sigue siendo alto, pero curiosamente ahora me resulta barato».

No era la primera vez que le pasaba.

En su vida personal tomaba decisiones similares todo el tiempo. Pagar más para evitar problemas después. Elegir tranquilidad en lugar de ahorro inmediato.

Lo incómodo fue darse cuenta de algo más profundo: en su empresa seguía ignorando esa misma lógica.

Pretendía que sus clientes miraran más allá del precio, pero él mismo llevaba años permitiendo que compararan solo el número.

Esa contradicción empezó a incomodarlo de verdad.

Precios y vacaciones

Semanas después, preparando unas vacaciones familiares en Estados Unidos, volvió a enfrentarse al mismo dilema.

Mientras intentaba mantener el control del presupuesto, la agencia de turismo le ofrecía insistentemente una cobertura médica de viaje. La propuesta no parecía una prioridad para Charly. Después de todo, ya contaba con un seguro médico a través de su tarjeta de crédito y quería evitar gastos adicionales.

—Agradezco la propuesta, pero con el seguro médico de mi tarjeta será suficiente para este viaje—le explicó Charly a una tenaz vendedora por teléfono.

—Entiendo, pero la cobertura médica de su tarjeta es demasiado básica y no llega a cubrir ni siquiera medio día de internación —respondió ella—. Para que lo tenga en cuenta: en Orlando, una consulta pediátrica con estudios puede costar hasta cinco mil dólares.

El silencio fue inmediato.

Charly pensó en su familia. En estar lejos de casa. En los imprevistos. —Inclúyala—dijo finalmente.

Minutos antes le parecía un gasto innecesario. Ahora, era una decisión sensata y el precio resultaba razonable.

Precios y proveedores

Días más tarde, en una reunión de comité, el gerente de compras anunció entusiasmado:

—Podemos reducir un 25 % el costo de los embalajes. Un nuevo proveedor internacional nos ofrece una alternativa similar, mucho más barata.

Charly sonrió. Reducir costos siempre sonaba bien.

—Es una gran noticia. Avancemos. Siempre me pareció que nuestro proveedor actual era caro —dijo, apoyando la propuesta.

Pero el gerente de operaciones intervino: 

—Conozco al nuevo proveedor. Su planta está a casi mil kilómetros.

Será imposible mantener el abastecimiento just in time y el nivel de stock de seguridad que tenemos hoy.

—¿Y qué consecuencias tendría? —consultó Charly, intrigado.

—Necesitaremos más espacio de depósito y mayores inventarios. Eso nos obligaría a reducir el espacio para productos terminados y afectaría el ritmo de las entregas —reveló el gerente de operaciones.

Luego habló la líder comercial:

—Dijiste que la nueva cotización es similar a la actual, pero ¿por qué similar y no exactamente igual a los embalajes que hoy funcionan bien? —preguntó.

El gerente de compras dudó un segundo.

—En la negociación nos pidieron reducir la cantidad de modelos de cajas. De quince a diez.

—Cuidado con eso —advirtió el gerente de operaciones Significa más costos logísticos. Si reducimos los modelos, vamos a necesitar más espacio de almacenamiento y transporte.

Charly se recostó en la silla.

—A veces me lanzo a la piscina sin mirar si hay agua — admitió. Agradezco la propuesta, pero veo demasiados «costos ocultos». El proveedor actual es caro, sí, pero parece que nos aporta beneficios que no estábamos considerando. 

El enigma del precio

Esa noche, Charly repasó mentalmente las tres experiencias recientes: la parrilla, la cobertura médica y los embalajes.

Eran contextos distintos, decisiones diferentes, pero el resultado había sido el mismo: había pagado más y no se había sentido estafado.

Eso lo descolocó.

Durante años se había escondido detrás de una frase cómoda: «el problema es el precio». Y, sin embargo, cuando entendía bien la decisión, todo cambiaba.

Aún no tenía la respuesta.

Pero seguir decidiendo como siempre ya no era una opción.

La conversación que lo cambió todo

—Mil dólares por una corona —murmuró Charly, sin levantar la vista del celular.

Estaba en la sala de espera del odontólogo, aguardando a que terminara la consulta de uno de sus hijos. A su alrededor, se mezclaban el murmullo habitual de un consultorio lleno y la luz que entraba por los ventanales con vista al parque Independencia.

El hombre sentado a su lado levantó la vista de su propio teléfono.

—¿Y no se la va a hacer? —preguntó.

—No lo sé — respondió Charly. Me parece caro. El doctor Aisemberg es excelente, pero sus precios son una locura.

El desconocido lo miró con interés, como si la frase hubiera activado algo. 

—¿Por qué viene a este odontólogo?

—Porque atiende a toda mi familia. Le tenemos mucha confianza.

Siempre está disponible si surge una urgencia, e incluso responde por WhatsApp —contestó Charly, casi sin pensarlo.

—¿Y por qué necesita este tratamiento ahora?

— Porque si no hago la corona, podría perder la muela. Y un implante sería peor: más largo, doloroso y todavía más caro.

El hombre asintió lentamente.

—¿Y por qué así, pagando en forma particular al doctor? ¿No podría hacerlo con su cobertura médica?

Charly sonrió, con algo de ironía.

—¡Ni loco! Con mi cobertura tendría turno dentro de meses y no confío en esos profesionales.

El desconocido hizo una breve pausa antes de responder.

— Entonces el precio es alto, sí. Pero no es caro.

Charly se quedó en silencio.

— Fíjese — continuó el desconocido —. Cuando le pregunté por qué viene aquí, habló de confianza y disponibilidad. Cuando miramos las alternativas, quedó claro que no eran comparables. Todo eso es lo que hace que el precio tenga sentido.

Charly sonrió, algo incómodo.

—Tiene razón. Me estaba quejando por costumbre. ¿A qué se dedica,

si puedo preguntar? 

—Soy consultor en estrategias de precios. Mi nombre es Price…

Máximo Price. De hecho, asesoro al doctor Aisemberg desde hace un

tiempo.

—No me diga — respondió Charly, sorprendido —. Qué interesante.

Quedó pensativo unos segundos y, superando la vergüenza, agregó:

—Le agradecería que me dejara su contacto. Dirijo una empresa y… bueno, creo que necesitamos hablar.

Comienza otra forma de mirar los precios Unos días después, sentados en un bar de la costa de Rosario, con una vista abierta al río Paraná, Charly Barats comenzó a contarle al consultor las tres situaciones que lo habían dejado perplejo en las últimas semanas.

— En todos los casos terminé eligiendo la opción más cara. Pero cuando comprendí el contexto completo, me pareció la más conveniente, incluso barata —dijo con gesto resignado.

Price escuchaba en silencio, tomando notas en una servilleta.

—Entiendo a qué te refieres — respondió finalmente. Esas empresas que mencionaste no venden ni caro ni barato.

Charly lo miró con incredulidad.

Price giró la servilleta y le mostró lo que había escrito. 

—Mira. En materia de precios, arriba está lo caro y abajo lo barato. La mayoría de las empresas vive saltando entre esos dos extremos. Pero hay una tercera dimensión, mucho más poderosa y rentable.

Entonces trazó una línea envolvente que definió una nueva palabra.

—Me refiero a vender CARato —dijo el consultor, enfatizando cada sílaba de la extraña palabra.

Charly observó sorprendido.

—¿Estás hablando en serio? Jamás escuché esa palabra, y eso que llevo muchos años dirigiendo una empresa — contestó, incrédulo.

— Bueno, en realidad aún no existe dentro del vocabulario formal del idioma español. Pero lo relevante es que CARato se refiere a un concepto revolucionario para las empresas: se puede ser caro y barato al mismo tiempo.

—Perdón, pero no me entra en la cabeza. No puedes ser de Central y de Newell’s a la vez. 

—¡Ja, ja! Eso nunca —rió el consultor—, pero en materia de precios la lógica es muy diferente. Puedes tener lo mejor de ambos mundos en una misma propuesta comercial.

—No es un camino fácil —continuó—; si lo fuera, todos lo harían.

Pero existe un modelo de decisiones de precios que permite vender CARato y así obtener una rentabilidad superior.

Charly tomó la servilleta y la giró entre sus dedos, como si sostuviera una pequeña revelación.

—Quiero aprender eso. Y necesito saber si sirve para mi negocio.

—Tranquilo, Charly. Este modelo es aplicable a todo tipo de negocios: desde compañías multinacionales de escala global, hasta pymes, emprendedores y profesionales independientes.

Se inclinó hacia adelante.

—Te anticipo que, para aplicar el modelo CARato, vas a necesitar tres herramientas: una lupa, un inflador y una tijera.

Charly arqueó una ceja.

—Suenan extrañas esas herramientas en el mundo de los negocios. Me intriga para qué sirven.

Price sonrió. 

—Pronto lo descubrirás en detalle. Pero puedo anticiparte algo: te ayudarán a definir precios que reflejen lo que realmente vale tu propuesta y que tus clientes los paguen encantados.

Mientras el sol caía sobre el Paraná y las primeras sombras recortaban los edificios de Rosario, Charly volvió a mirar la servilleta con aquella curiosa palabra formada por una línea envolvente.

Por primera vez en mucho tiempo, sintió que, al menos, algunas piezas comenzaban a encajar. 

¿Qué es CARato?

A la mañana siguiente, Charly recibió un mensaje de Price en su móvil.

Era una imagen que parecía sacada de un diccionario. En la pantalla se destacaba la misteriosa palabra. (…)

Charly sonrió. Esa palabra describía con precisión algo que había vivido muchas veces, pero que nunca había sabido explicar. Por primera vez, alguien le ponía nombre a esa sensación.

Sin embargo, la sonrisa se desdibujó minutos después, cuando su teléfono volvió a vibrar. Esta vez, el mensaje traía algo menos inspirador:

el contrato de consultoría. El documento detallaba los plazos, las entregas y, por supuesto, los honorarios.

Charly leyó las cifras y sintió un nudo en la garganta. Era una inversión considerable, más alta de lo que había previsto. Imaginaba que Price no sería un consultor económico, pero ver el número escrito le disparó la pregunta inevitable: ¿valía la pena?

Respiró hondo. Recordó la parrilla y aquella idea incómoda: a veces, lo que parece caro al principio se vuelve conveniente cuando se mira el valor a largo plazo. Y esta vez no se trataba de una simple parrilla; se trataba del futuro de su propio negocio.

Decidido, tomó el bolígrafo. Sabía que estaba apostando fuerte, pero no quería seguir perdiendo dinero por fijar precios sin un método. Con una mezcla de nerviosismo y determinación, firmó el contrato y se lo envió a Price. 

El camino no sería fácil, pero estaba convencido de algo: si funcionaba, lo que hoy le parecía caro terminaría siendo CARato.

Ahora, más que nunca, estaba listo para enfrentar el desafío. 

El inicio del proyecto

Dos días después, Price llegó a las oficinas de Charly para iniciar el proyecto. 

Al abrir la puerta, lo encontró de pie, esbozando una sonrisa algo tensa.

—Necesito abordar esto en serio, Price —dijo sin rodeos—, porque así como estoy, sigo reaccionando. Esto ya me está costando mucho dinero y noches sin dormir.

Price lo observó con atención. No era una frase menor.

Minutos después, con café en mano, Charly fue directo al punto:

—No quiero seguir autorizando descuentos para apagar incendios.

Cada excepción que aprobamos hoy es un problema que pateamos para adelante… y lo sé.

Price asintió lentamente.

—Entonces empecemos por ahí —respondió — por devolverle al precio el lugar que perdió: el de una decisión, no una concesión.

Charly apoyó la taza sobre el escritorio.

—Eso es exactamente lo que espero de este proyecto.

Con el café humeante en la mano, Price fue directo al punto.

—CARato es una palabra nueva. No la encontrarás en ningún diccionario… todavía. La inventé porque comprendí las limitaciones de dos términos muy usados en los negocios: caro y barato.

Hizo una pausa.

—CARato representa un concepto revelador: se puede vender caro y resultar barato al mismo tiempo.

Se levantó y fue hacia la pizarra, un gesto habitual cada vez que intentaba ordenar una idea. Escribió la palabra.

—CARato significa vender a un precio más alto que los competidores que apuntan al mismo segmento, pero logrando que tus clientes entiendan que pagar menos habría sido una mala decisión. En otras palabras: ser rentable sin perder atractivo comercial.

Charly asintió, intrigado.

—Suena bien, pero… ¿cómo logras que alguien pague más y sienta que hizo un buen negocio? ¿No hay algo de engaño?

— Ningún engaño, Charly —respondió Price, tajante—. Cuando el cliente comprende los beneficios futuros de lo que compra, el precio deja de ser un obstáculo.

—Déjame explicártelo desde otro ángulo. ¿Conoces la frase popular «lo barato sale caro»?

—Por supuesto —dijo Charly sonriendo—. Era la frase de cabecera de mi madre cada vez que mi padre insistía con una «ganga».

—Bueno —continuó el consultor —, esa misma frase, asociada a CARato, se puede reformular como «lo caro sale barato». Solo invertí el orden. 

Escribió la frase con energía: Lo barato sale caro.

—Sí, lo entiendo, y no es nada nuevo. Pero entonces, ¿qué es lo tan revolucionario de este nuevo término?

—Lo revolucionario—respondió Price— es que nunca se comprendió todo el potencial de esta frase popular. Nunca se convirtió en un modelo aplicable de manera consistente en las empresas.

Hizo una breve pausa antes de continuar, en un tono más reflexivo:

—Una de las claves de CARato son los tiempos. Si solo miras el impacto económico inmediato, únicamente podrás identificar propuestas caras o baratas. Pero si consideras lo que ocurre después de la compra —cuando proyectas a futuro—, aparece otra lógica.

En ese momento, el consultor se levantó y comenzó a dibujar un gráfico con trazos simples.

En el eje vertical indicó el impacto de la compra para el cliente —tanto en términos económicos como emocionales —, mientras que en el eje horizontal representó el transcurso del tiempo a partir del momento de la compra.

Cuando lo barato sale caro

—Cuando compras algo barato —explicó—, el sacrificio económico inmediato es bajo, y eso te hace sentir bien. Te pone feliz.

Entonces dibujó dos curiosos ojitos y una sonrisa se formó en la parte inicial del gráfico.

—¡Mira esta carita de felicidad! —dijo animado, señalando el simpático emoji que se había formado—. Gastas poco, y tu bolsillo lo agradece.

Luego, con un tono más serio, señaló el eje horizontal.

—Pero con el tiempo pueden aparecer problemas, costos ocultos o riesgos que no habías considerado. Imagina que descubres que lo que compraste no funciona tan bien como prometían o que surgen gastos no previstos. Entonces, esos impactos terminan opacando la alegría de haber pagado poco. (…)

—La sonrisa inicial no paga la factura cuando aparecen los problemas—sentenció Price.

—Algo así me pasó cuando compré esa máquina —interrumpió Charly, señalando una moderna impresora de su oficina —. La pagué muy barata, aprovechando una oferta increíble. Y sentí esa felicidad instantánea que dibujaste en tu gráfico.

—Pero al poco tiempo llegó la decepción —continuó —. Me di cuenta de que usa el tóner más caro del mercado. Además, cada tres meses tengo que llevarla al servicio técnico por algún desperfecto. Un verdadero dolor de cabeza… pero eso sí, la pagué barata — dijo Charly, risueño.

—Así es, Charly. Son cosas que suelen ocurrir cuando solo miramos el ahorro inmediato — respondió Price.

Cuando lo caro sale barato

Price volvió a la pizarra y comenzó a dibujar un nuevo gráfico, utilizando los mismos ejes.

—En cambio, cuando compras algo caro, la lógica es diferente —explicó—. Te duele en el corto plazo, ya que debes pagar más (…) 

—Pero si la propuesta es superior, con el tiempo los beneficios compensan y superan el sacrificio inicial. Compruebas que tomaste la decisión correcta: todo funciona sin problemas y crece tu bienestar, tanto económico como emocional.

—¡Mira qué amplia sonrisa! —dijo entusiasmado, mientras dibujaba ahora una cara de felicidad que se prolongaba sobre el eje del tiempo.

Charly asintió, recordando otra experiencia. 

—Bueno, lo que estás contando me pasó cuando tuve que comprar una linterna. Elegí una recargable, aunque era mucho más cara que la opción a pilas. Pero no me arrepiento. Ahora la conecto, la recargo y no tengo que preocuparme por comprar pilas constantemente. Y, por si fuera poco, también es ecológica: menos pilas en la basura.

Charly volvió al punto incómodo.

—Pero hay un gran problema al vender caro. Seamos realistas: muchas veces el cliente se asusta ante un precio alto y ni siquiera nos da la oportunidad de explicar lo que viene después.

—Tienes razón —respondió Price—. Ese es el verdadero desafío: lograr que el cliente valore beneficios que todavía no ocurrieron, que por ahora son solo una promesa.

—Y es ahí donde entra el modelo CARato —continuó —. Para ser percibidos como CARato, debemos ayudar a los clientes a mirar más allá del precio de compra y considerar también beneficios futuros, costos evitados y riesgos reducidos. 

—Lo veo difícil — cuestionó Charly.

— Lo sé — asintió Price —, pero es un desafío posible. (…)

CARato: lo mejor de los dos mundos

— De alguna manera—explicó —, vender CARato es tomar lo mejor de ambos mundos: la emoción inicial, pero momentánea, de adquirir algo barato, y la satisfacción duradera de aquellas compras caras que demuestran su valor a lo largo del tiempo. 

— ¡Doble sonrisa, felicidad total! —dijo, señalando divertido las dos curiosas caritas felices de su gráfico, que se habían formado por la línea envolvente de CARato.

Charly contemplaba los gráficos con una mezcla de sorpresa y escepticismo.

—Aun así, sigo viendo riesgos en el modelo CARato. Los precios altos suelen desanimar a los clientes, y las empresas temen asumir ese riesgo —insistió el empresario, dejando clara su incertidumbre.

—Es un riesgo que se puede gestionar —respondió Price—. Para las empresas, CARato también representa lo mejor de ambos mundos: la rentabilidad de vender caro y clientes que sienten que tomaron una buena decisión. 

«Lo pagué CARato» es el mejor elogio que puede recibir un producto o servicio. Significa que es caro en comparación con otras alternativas, pero que vale cada centavo invertido —dijo Price, enfatizando las últimas palabras.

Charly sonrió.

—Interesante enfoque.

El espejismo del modelo low cost 

—Hay algo que todavía no termino de ver. ¿Vender CARato es el único camino? Es decir, ¿solo puedo ser rentable aplicando este modelo?

—De ninguna manera, Charly. Vender CARato no es la única alternativa. Sin embargo, la experiencia demuestra que los casos de éxito basados en vender barato son la excepción, no la regla.

—Pero conozco empresas que venden barato y les va muy bien —desafió Charly.

Price sonrió. 

—Existen —asintió—, aunque son pocas. Difícilmente hay más de una o dos empresas low cost rentables en cada mercado , aunque si pueden convivir con rentabilidad muchas que vendan CARato.

Charly frunció el ceño.

—¿Tan limitado es? Pensé que había más espacio para competir ahí.

—Ojalá —replicó Price—. Para que un modelo de precios bajos funcione, necesitas costos muy competitivos y una escala enorme. Si no los tienes, competir ahí no es una estrategia: es una apuesta. Por eso, quienes juegan ese juego suelen ser los mismos de siempre.

Charly respiró hondo, como procesando la idea. 

—Claro… y ahí cualquier sacudón del mercado les pega de lleno, ¿no?

— Así es —dijo Price—. Las empresas low cost viven pendientes de ajustar precios todo el tiempo para mantenerse competitivas. Un cambio brusco en costos o un recorte de precios de la competencia puede desestabilizarlas. Es un modelo sensible y frágil.

Charly se encogió de hombros.

—Parece que hay que tener el estómago fuerte para meterse ahí.

—Tal cual —asintió Price—. En cambio, el modelo CARato abre un escenario distinto. Como no depende solo del volumen, sino de la rentabilidad por venta, muchas empresas pueden convivir exitosamente en el mismo mercado aplicándolo.

Charly apoyó los codos sobre la mesa, interesado.

—O sea, no necesito vender enormes cantidades para que el negocio cierre. 

—Correcto. Profesionales independientes, empresas pequeñas… todos pueden aplicar el modelo CARato. Es un enfoque más inclusivo y sostenible.

Charly se quedó pensando un momento y luego sonrió.

—Tiene lógica — dijo, asintiendo lentamente —. A propósito, Price, todavía no me contaste cómo es eso de la lupa, el inflador y la tijera.

—Paciencia, Charly — respondió Price con una leve sonrisa—. Todo eso lo revisaremos con calma en nuestro próximo encuentro.

A la mañana siguiente, cuando el ritmo de la oficina apenas comenzaba, Charly volvió sobre sus anotaciones de la reunión del día anterior. Todo lo conversado con Price, que al principio le había sonado casi filosófico, ahora comenzaba a tomar forma.

 

☛ Título: CARato: Venda caro y resulte barato

☛ Autor: Ariel Baños 

☛ Editorial: Ariel Baños

☛ Edición: 2026

☛ Páginas: 200

 

Datos del autor 

Ariel Baños es especialista en estrategia de precios y fundador de Fijaciondeprecios.com. 

Asesora a empresas en América Latina en temas de pricing, rentabilidad y propuesta de valor. 

Es conferencista y autor de diversos contenidos sobre cómo vender mejor sin competir por precio.