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El concepto de “gobernicar”, eje del libro, sintetiza esa mutación: la fusión definitiva entre gestión y relato. No se trata solo de hacer, sino de construir sentido sobre lo que se hace.
Y en esa construcción, la verdad –al menos en su versión más pura– deja de ocupar un lugar central para convertirse en una variable más dentro de la disputa por el sentido.
La tesis es tan provocadora como actual: el poder contemporáneo no se sostiene únicamente en resultados, sino en la capacidad de narrarlos, amplificarlos y, llegado el caso, resignificarlos. En ese terreno, la política se vuelve cada vez más parecida a una puesta en escena, donde cada decisión debe ser explicada, defendida y, sobre todo, percibida como correcta. Lo que no se comunica, en este esquema, prácticamente no existe.
“El consenso se construye con un ladrillo de comunicación y otro de gestión”, señala uno de los pasajes centrales del libro.
Pero en la práctica –y el texto lo deja entrever con cierta crudeza– muchas veces ese equilibrio se rompe en favor del relato, sobre todo en contextos de alta volatilidad política.
La irrupción del ecosistema digital no hizo más que profundizar esa lógica. Plataformas como TikTok no solo modificaron la forma en que se comunican los líderes, sino también la manera en que los ciudadanos consumen política: rápido, fragmentado, emocional.
En ese escenario, la complejidad pierde terreno frente a la síntesis, y la profundidad frente al impacto. Gobernar, entonces, también implica adaptarse a ese nuevo lenguaje, aun cuando eso suponga simplificar discusiones estructurales. ( )
Los alpinistas más intrépidos tienen una obsesión: trepar al techo del universo. La mayoría lo sueña, muchos lo intentan y solo algunos (lo más osados) lo logran. Pero absolutamente todos comparten esa fantasía tan anhelada de llegar a conquistar el Everest, sacar la foto al infinito desde el cénit, ser dueños del planeta por un instante. (…)
Los deportistas saben que el desafío es inmenso, y los que se atreven mantienen durísimas jornadas de entrenamiento para estar a la altura, literalmente, de la compulsa. No siempre llega el mejor ni el más fuerte. Después de años de entrenamiento físico y psicológico, si tienen la oportunidad, les llevará hasta dos meses escalar los 8.848 metros para llegar a la cumbre de la colosal montaña ubicada en el límite entre Nepal y China. El que lo logre marcará récords universales y superará límites propios.
El premio mayor es llegar. Una vida de sacrificios y renuncias, varias pruebas fallidas, deseos de abandonar y de redoblar la apuesta, asfixias y calambres, noches de frío e incomodidad, incertidumbre plena: el alpinista pasa por todos los estados de ánimo para alzarse con el trofeo mayor: ver el mundo desde el techo. Dominar la naturaleza, doblarle el brazo al resto de la humanidad.
Pero la cumbre no es sino una cúpula de hielo. No mide más que la mesa de un living comedor a la que se llega gateando prácticamente y con el último hilo de aire (que a esa altura es envasado porque el cuerpo no soporta esa altura sin oxígeno suplementario).
En siete minutos y medio, la gloria se deshace. El ahogo, el pánico ante la inmensa soledad que abruma, el cansancio, los 50°-0 que atenazan los dedos. El cuerpo se edematiza, entumece, congela, se corta. Los vientos en la cima despeñan piedras a 300 km por hora. Y el alpinista siente, en el momento más soñado de su travesía, donde la naturaleza es impiadosamente soberana, que se queda sin aire. Si no tiene tubo de oxígeno (cinco, por lo menos), morirá en unos minutos. Con máscaras (que le tapan la vista), extenderá la agonía unas pocas horas más. Lo más urgente que se debe hacer cuando se llega a la cima del Everest es sacarse una foto y bajar.
El alpinista y el político tienen mucho en común. La perseverancia, el esfuerzo, la concentración, el tesón, la ayuda de otros, los tramos de “muerte” de una campaña, los problemas aluvionales, la energía y el deseo de llegar son algunos tópicos que comparten.
Ya en Matrix política. La construcción del candidato desarrollamos con minuciosa descripción cómo es la “escalada” de un político cuando “se convierte” en candidato. Se describió la importancia del entrenamiento, de los equipos que acompañan, los infinitos pormenores que la asedian. Comparamos esos meses a los de una carrera de 100 m (para dar un ejemplo más “terrenal”) –la más exigente de las pruebas de atletismo– donde la velocidad y la fuerza serán indispensables para llegar.
¿Llegar? ¿A dónde? A ganar. Para eso se compite. La cima para los deportistas, la elección para los políticos.
*Autor de Gobernicar. El Kamasutra del Poder. Editorial Galerna (Fragmento).
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