Cómo llega Argentina a la nueva carrera aeroespacial
Con una sólida trayectoria desde los proyectos ARSAT hasta su rol en Artemis II, Argentina se consolida como referente del NewSpace en la región. Para mantener esta competitividad, el país debe asegurar políticas de Estado que frenen la fuga de cerebros y protejan su liderazgo estratégico.
Hoy aparece un concepto clave para entender el nuevo escenario de la competencia aeroespacial: el NewSpace. Se trata de un cambio de paradigma en la industria espacial que desplaza el eje desde los Estados hacia el sector privado, con una lógica más cercana a Silicon Valley que a la vieja carrera espacial de la Guerra Fría.
A diferencia del “Old Space”, dominado por agencias como la NASA, el NewSpace se apoya en empresas con fines comerciales que buscan reducir costos, acelerar tiempos de desarrollo y construir modelos de negocio sostenibles en torno al espacio.
Este punto de inflexión se consolida a partir de la década de 2010, cuando compañías como SpaceX, Blue Origin y Virgin Galactic demuestran que es posible abaratar lanzamientos mediante la reutilización de cohetes, la integración vertical y una cultura de innovación constante. En ese contexto, la economía espacial alcanzó en 2025 los 626.000 millones de dólares y podría llegar a 1,8 billones en 2035, según el Foro Económico Mundial.
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Sin embargo, el avance del NewSpace no implica la desaparición del Estado, sino su transformación en un actor clave para regular, financiar y orientar el desarrollo estratégico del sector. La historia misma de la exploración espacial demuestra que muchas de las innovaciones que hoy explotan las empresas privadas fueron posibles gracias a décadas de inversión pública.
Dejar librado el espacio únicamente a la lógica del mercado abre interrogantes sobre la concentración de poder, la apropiación de recursos y la gobernanza de un ámbito que, por definición, es patrimonio común de la humanidad.
En ese sentido, el desafío no es reemplazar al Estado, sino lograr un equilibrio donde la iniciativa privada conviva con marcos regulatorios sólidos que garanticen acceso equitativo, sostenibilidad y objetivos de largo plazo.
En ese escenario, América Latina aparece como un actor periférico pero con potencial. La región cuenta con capacidades tecnológicas, recursos estratégicos y ventajas geográficas decisivas. La cercanía con el Ecuador permite que los lanzamientos sean más eficientes, ya que los cohetes aprovechan mejor la rotación de la Tierra, especialmente en órbitas bajas.
Al mismo tiempo, el Cono Sur ofrece condiciones únicas para la observación astronómica: el desierto de Atacama en Chile es uno de los mejores puntos del planeta para mirar el cielo profundo.
Brasil, por su parte, cuenta con el Centro de Lanzamiento de Alcântara, ubicado en Maranhão, una de las plataformas más estratégicas del hemisferio sur. Este conjunto de factores convierte a la región en un territorio clave para el desarrollo espacial del siglo XXI.
Y, además, Latinoamérica tiene una trayectoria relevante en este campo, con Argentina como uno de sus principales exponentes. El repaso histórico permite entender ese recorrido.
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La trayectoria argentina
En 1961, el país creó la Comisión Nacional de Investigaciones Espaciales, en pleno inicio de la carrera espacial global. Ese mismo año se produjo el lanzamiento del primer cohete argentino, el Alfa Centauro, desde La Rioja, convirtiendo al país en el primero del hemisferio sur en lograrlo. Se trataba de cohetes sonda de combustible sólido, desarrollados con rampas de lanzamiento propias, en una etapa temprana pero ambiciosa.
En 1967, antes de que el hombre llegara a la Luna, Argentina lanzó al espacio a Belisario, un ratón que se convirtió en el primer ser vivo enviado por el país fuera de la atmósfera. Dos años después, en 1969, fue el turno del mono Juan, en el marco de experimentos biológicos destinados a estudiar la respuesta de los organismos a la gravedad y a la fuerza G. Ambos animales sobrevivieron y regresaron a la Tierra, en una serie de pruebas que ubicaron a la Argentina entre los primeros países en realizar este tipo de ensayos.
Ese impulso inicial se interrumpió durante la dictadura, en un hiato que frenó el desarrollo aeroespacial. Recién en 1991 se creó la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE), ya orientada a una política sostenida de desarrollo satelital. A partir de allí, Argentina avanzó con la serie de satélites SAC (1996-2011), desarrollados en cooperación con la NASA, que permitieron estudiar fenómenos como las ondas electromagnéticas y la salinidad de los océanos.
El salto cualitativo llegó con el desarrollo de satélites propios. Con ARSAT-1 y ARSAT-2, el país se convirtió en uno de los pocos del mundo capaces de diseñar, fabricar y operar satélites geoestacionarios de telecomunicaciones. El primero de ellos, lanzado en 2014, fue construido íntegramente en América Latina con tecnología desarrollada por INVAP, consolidando una capacidad estratégica única en la región.
En paralelo, el proyecto SAOCOM —en cooperación con Italia— posicionó a la Argentina en la élite de la observación terrestre por radar. Estos satélites permiten monitorear emergencias, detectar incendios, medir humedad del suelo y mejorar la respuesta ante desastres naturales, un aspecto clave en un contexto de cambio climático. De hecho, la CONAE tuvo un rol destacado en el monitoreo de incendios recientes en el país.
Y ahora, ya en la actualidad, Argentina participa en la nueva etapa de exploración lunar con el desarrollo del microsatélite Atenea, enviado en el marco de la misión Artemis II, en colaboración con Alemania, Corea del Sur y Arabia Saudita. Se trata de un nanosatélite del tamaño de una caja de zapatos, desarrollado junto a INVAP y VENG S.A., que marca un nuevo hito en la inserción del país en proyectos internacionales de alta complejidad.
El panorama
Este recorrido muestra que Argentina no solo tiene historia, sino también capacidades instaladas. Sin embargo, enfrenta desafíos estructurales, como la fuga de talentos y la falta de continuidad en políticas públicas. Un caso paradigmático es el de Satellogic, empresa fundada en 2010 por Emiliano Kargieman y Gerardo Richarte, dedicada a la observación de la Tierra mediante nanosatélites.
Aunque nació en Argentina, trasladó su sede primero a Uruguay y luego a Estados Unidos en busca de mayor seguridad jurídica, reflejando las tensiones entre innovación local y condiciones estructurales.
En el plano geopolítico, la disputa por el espacio también se intensifica. El Tratado del Espacio Ultraterrestre de 1967 establece que el espacio debe utilizarse con fines pacíficos y prohíbe la apropiación nacional, pero en la práctica emergen nuevos bloques de poder.
Estados Unidos impulsa los Acuerdos Artemis —firmados por más de 60 países— como marco de cooperación, mientras que China y Rusia promueven una alternativa con la Estación Internacional de Investigación Lunar. En ese tablero, la infraestructura orbital se concentra cada vez más: solo Estados Unidos posee cerca del 80% de los objetos en órbita, con un rol central de SpaceX.
En este contexto, América Latina intenta articular una estrategia común a través de la Agencia Latinoamericana y Caribeña del Espacio (ALCE), creada en 2021 y con sede en México. Sin embargo, enfrenta limitaciones importantes: la ausencia de países clave como Brasil y Argentina debilita su capacidad de incidencia, en una región marcada por asimetrías tecnológicas y políticas.
Las oportunidades en la región existen: aplicaciones satelitales, cooperación internacional, desarrollo de capacidades específicas. La infraestructura espacial no solo sirve para lanzar cohetes, sino también para mejorar la vida en la Tierra: desde garantizar conectividad en zonas aisladas hasta fortalecer la telemedicina, la educación a distancia y la gestión de desastres naturales.
Pero sin una estrategia regional coordinada, el riesgo es repetir en el espacio las desigualdades históricas del continente: participar, pero sin poder real en la definición de las reglas. La historia muestra que la región supo estar a la vanguardia. El desafío ahora es decidir si quiere volver a estarlo.
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