Aquel 20 de julio de 1969, el ingeniero aeronáutico y astronauta estadounidense Neil Armstrong dejó una frase que definió el siglo XX: “Este es un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad”. Lo vieron 70 millones de personas en una de las primeras transmisiones satelitales globales. Hoy, esas imágenes son patrimonio universal. Pero lo que está ocurriendo ahora tiene otra lógica: no se trata de llegar, sino de quedarse.
Más de 50 años después, la humanidad vuelve a dirigirse a la Luna. Artemis II no aterrizará, pero si todo sale bien, llevará a sus cuatro tripulantes más lejos que cualquier ser humano en la historia: alrededor de 402.000 kilómetros de la Tierra, superando el récord de Apolo 13. Será también una misión más veloz, superando los 40.000 km/h, y con una órbita previa terrestre mucho más alta que las del programa Apolo.
La tripulación refleja también otro cambio de época. Si en Apolo 11 viajaron Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins, ahora la misión está integrada por Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen. Koch será la primera mujer en el entorno lunar, Glover el primer afrodescendiente y Hansen el primer no estadounidense en una misión.
En lo que podríamos trazar un paralelismo es en la carrera espacial. Como en los años 60, la geopolítica vuelve a mirar hacia la Luna. China planea alunizar en 2030, mientras avanza con un programa sostenido. Incluso se proyectan bases conjuntas con Rusia y la instalación de reactores nucleares en la década de 2030.
Estados Unidos, por su parte, también busca construir bases en el polo sur para explotar recursos como agua helada, hidrógeno y helio. La Luna vuelve a ser un territorio estratégico.
De 64 KB al 4K: la evolución tecnológica
En 1969, la computadora de a bordo del Apolo 11 tenía apenas 64 KB de memoria. Podía procesar unas 2.048 palabras y pesaba unos 30 kilos. Hoy, cualquier smartphone tiene más de 100.000 veces esa capacidad. Sin embargo, aquella limitación impulsó un salto clave: el desarrollo de componentes de estado sólido, que permitieron miniaturizar la electrónica y hacer posible la computación embarcada.
Durante el descenso, esa computadora falló. Alarmas como la “1202” indicaban sobrecarga de procesamiento. Desde Houston, el equipo tranquilizó a los astronautas: podían continuar. Pero el terreno elegido era peligroso, lleno de rocas. Armstrong tomó entonces el control manual a unos 335 metros de altura. Desconectó el programa automático y pilotó el módulo Eagle como un helicóptero.
El margen era mínimo: entre 20 y 40 segundos de combustible. Si fallaban, no solo no aterrizaban: no podían volver. Porque sobre el módulo lunar viajaba el vehículo que debía despegar de la Luna y reencontrarse con Collins en órbita. Ese era el verdadero desafío de la misión.
Artemis II, en cambio, se apoya en sistemas automatizados, trayectorias de retorno libre —que permiten regresar a la Tierra aprovechando la gravedad— y monitoreo constante del estado físico de los astronautas mediante programas como AVATAR y ARCHeR. La lógica ya no es sobrevivir al límite, sino reducir la incertidumbre.
La cara oculta: una ventana al origen del universo
Uno de los momentos más críticos de la misión será el paso por la cara oculta de la Luna. Durante unos 40 a 50 minutos, la nave quedará incomunicada. Pero ese aislamiento es también una oportunidad científica única.
Ese hemisferio, siempre de espaldas a la Tierra, está protegido de las interferencias de radio terrestres. Además, la atmósfera terrestre bloquea ciertas ondas de radio muy débiles. En la cara oculta, en cambio, es posible estudiar señales provenientes de la llamada edad oscura del universo: un período primitivo en el que las primeras nubes de hidrógeno absorbían radiación y aún no existían galaxias.
Esas ondas, extremadamente tenues, podrían ayudar a reconstruir los primeros momentos del cosmos. La Luna, en ese sentido, deja de ser solo un destino y se convierte en un observatorio natural del universo profundo.
Las primeras imágenes de Artemis II ya marcan una diferencia con la era Apolo. Desde la cápsula Orion, sin atmósfera que distorsione la luz, la Tierra aparece con detalles inéditos.
Se distinguen cintas verdes que rodean el planeta: es la atmósfera brillando mientras el campo magnético desvía el viento solar. Sobre ellas, una delgada capa anaranjada revela el airglow, una luminiscencia causada por reacciones químicas en la alta atmósfera. También aparece la luz zodiacal: un resplandor triangular de polvo cósmico iluminado por el Sol. Y, más allá, el planeta Venus.
Son imágenes que no solo documentan una misión: redefinen la manera en que vemos nuestro lugar en el universo.
Fallos, anécdotas y humanidad en el espacio
A pesar de la sofisticación tecnológica, Artemis II no está exenta de fallos. En las primeras horas, se registró el primer ticket de soporte técnico de Microsoft enviado desde el espacio, debido a un problema con Outlook.
También hubo un inconveniente más terrenal: el sistema de gestión de residuos. El ventilador que succiona la orina —clave en condiciones de microgravedad— se atascó. La NASA confirmó luego que el problema fue resuelto.
Argentina en la misión
La misión también tiene participación de Argentina. De los cuatro microsatélites enviados (de Alemania, Arabia Saudita, Corea del Sur y Argentina), solo dos lograron establecer comunicación correcta. Uno de ellos fue el argentino.
Estos satélites forman parte de experimentos de radioastronomía orientados a captar señales del espacio profundo.
De plantar banderas a construir bases
“Esta vez el objetivo no es dejar banderas. Esta vez el objetivo es quedarnos”, afirmó el administrador de la NASA, Jared Isaacman. El programa Artemis apunta a algo mucho más ambicioso que Apolo: establecer una presencia permanente en la Luna. Bases en el polo sur, estaciones orbitales como Gateway y misiones que funcionen como puente hacia Marte. En ese escenario, Artemis II es solo el primer paso tripulado.
Los peligros de Artemis II: todo lo que podría salir mal en la misión lunar de la NASA
Si todo sale bien, el regreso a la superficie lunar podría concretarse en 2028.