Coaching ontológico y política: sujetos fragmentables, sociedad desprevenida
Esta disciplina presupone un sujeto divisible producto de un clima de época. De corte neoliberal, se desarrolló como dispositivo adaptativo, en función de lo que el mercado, las tecnologías y las diversas instancias sociales demanden. Por supuesto, la política no está exenta de este ejercicio: en Argentina la adaptabilidad al cambio permanente es la norma.
Las últimas semanas se difundieron imágenes típicas de la política argentina. Un funcionariado gris, adicto a la cúpula económica, dándose la gran vida a costa de los contribuyentes. Hoteles de lujo y aviones privados son el decorado de la antipolítica que, de la mano de un fenomenal ajuste con consenso de todo el arco conservador político y empresarial, alimenta una lista interminable de hechos de corrupción.
Entre las veleidades mediáticas, se mencionó reiteradas veces a Bettina Julieta Angeletti, la esposa de Manuel Adorni, cuya principal actividad es el coaching ontológico. En su usuario de Linkedin se observa que, aparte de contar con el título de licenciada en Administración de Empresas en una universidad privada, se formó en la escuela Generación Más, avalada por la Asociación Argentina de Coaching Ontológico Profesional (Aacop), dedicada al coaching personal y empresarial y a la programación neurolingüística.
El coaching ontológico. ¿Qué es y qué relación guarda con nuestra época y, en particular, con nuestra coyuntura?
En principio, coaching ontológico significa, literalmente, entrenamiento del ser, pero la promesa fundamental de esta técnica conversacional y motivacional va más allá, su horizonte último es el rediseño del ser. Inmediatamente surge la pregunta: ¿es el ser algo entrenable e incluso rediseñable? La duda, proveniente quizá de una inocencia que en estos tiempos conviene atesorar, interroga no solo al propio coaching ontológico, sino a nuestra época.
En primer término, el fenómeno en cuestión forma parte de lo que un pensador francés harto leído llamó “técnicas de sí” o “tecnologías del yo” (Foucault), la propensión de las personas a ocuparse de sí mismas, tendencia que nuestra época volvió mandato. La consigna “conócete a ti mismo”, que viajó por el mundo antiguo y grecolatino y reapareció de diversos modos en la larga duración occidental, ya nada tiene que ver con esas cosmogonías. Hoy las “técnicas de sí” no guardan parentesco con los ejercicios de un buen griego preocupado por su modo de conducirse y su relación con el cosmos; forman parte de una política del rendimiento personal. Ya no se trataría tanto de “conocerse a sí mismo”, sino de identificar errores, inadecuaciones, para erradicarlos y disponerse a una forma de ser completamente otra.
Los coaches profesionales proponen a sus coachee un cambio de “lugar del observador”, desde el cual el individuo podría definir su meta y su rediseño en función de ella. ¿Qué es el “observador”? El término lo toman del biólogo chileno Humberto Maturana, pero en el imaginario del coaching ontológico funciona como una instancia de decisión causa sui, una especie de no lugar o de consciencia abstracta.
En la conversación entre coach y coachee el lenguaje es un medio para acceder al “ser que quiero devenir”. La “competencia lingüística” es, según el propio manual de la Aacop, “generativa”: las palabras hacen que las cosas sucedan (¿abracadabra?), el resto depende de un cambio de actitud. El objetivo es contar con una meta adecuada y volverse adecuado para la meta. El reverso es la actitud inadecuada, la permanencia en “creencias” que obstaculizan el proceso de adecuación, la dificultad para hacerse completamente cargo del propio destino, más allá de contextos y marcas biográficas.
A diferencia, por ejemplo, del psicoanálisis, cuyo punto de partida son las fisuras del lenguaje, justamente, el hecho de que estructuralmente no somos “adecuados” ni respecto de nosotros mismos ni en relación con el mundo, en las técnicas de sí contemporáneas presuponen una suerte de individuo modular, que puede desagregarse y recombinarse, para el cual la adecuación es una posibilidad efectiva. De ahí la eficacia del coaching ontológico y el declive del psicoanálisis. No es un problema conceptual, sino epocal.
Historia de una traición. Hay quienes consideran a este tipo de técnicas decididamente superficiales o incluso formas de aprovechamiento deliberado y organizado de la desesperación de las personas. Pero el coaching ontológico tiene una historia rica y densa que podría presentarse como una suerte de estructura mítica, la historia de una traición.
Sus fundadores, Rafael Echeverría, Fernando Flores y Julio Olalla, son chilenos y su pasado los ubica en el socialismo democrático de Salvador Allende. En particular, Echeverría fue dirigente de la militancia universitaria (MAPU) y Flores llegó a ocupar la Secretaría General de Gobierno, cuya actuación trascendió por convertirse en el lazo operativo de Stafford Beer, creador del proyecto Cybersyn. Los tres terminaron exiliados y sus recorridos resultarán fundamentales para la creación del coaching ontológico: Flores, en California, desarrollando sistemas informáticos a partir de teorías de la cognición; Olalla, en el mismo estado, ligando espiritualidad y liderazgo, y Echeverría doctorándose en Filosofía en Londres, donde comienza a reinterpretar cierta filosofía posmetafísica.
Pero hay una bisagra que va más allá de los contenidos: se trata de la conversión de los fundadores que pasan de la militancia socialista al consenso neoliberal, no en términos doctrinarios, sino como su lugar de enunciación. A modo de hipótesis, se puede plantear que esa conversión no supone solamente un cambio en la forma de pensar, una voltereta ideológica ni un desplazamiento producto de una larga meditación. El vuelco es inmediato y su alcance es completo, está íntimamente ligado al núcleo duro de la propuesta del coaching ontológico.
En una entrevista de 2006 hecha por el comunicador chileno Cristian Warnken, publicada como libro, Echeverría recuerda: “Yo miro para atrás y veo, por ejemplo, lo que fue la experiencia de la dictadura, de una dictadura que me mantuvo por años en el exilio, y me digo: yo soy parcialmente responsable de haberla generado. ( ) Con mi comportamiento contribuí a asustar a otros, a romper las condiciones mínimas de confianza en las que se sustentaba la integración social. Yo me comporté de una forma irresponsable”. No es la única declaración en ese sentido, ni fue Echeverría el único de los fundadores en hacerlo. Los tres, Flores, Olalla y Echeverría, con sus acciones, dichos y proyectos, se relanzaron subjetiva y políticamente a partir de esa traición (en el libro Vidas diseñadas, coordinado por Daniel Alvaro, el investigador Emiliano Jacky Rosell habla de “las conversiones concretas y fechadas” de los fundadores como fuente de “saber y autoridad”).
Flores, en particular, pasó de un planteo informático para la organización de una industria regulada o estatizada, bajo los criterios de un gobierno colectivista (proyecto Cybersyn), a un formato empresarial que, más allá de lo ideológico, da un paso importante en términos de la intervención sobre el comportamiento de las personas a partir de criterios que anudan giro lingüístico y diseño informático, suponiendo que diseñar programas digitales, en principio, ligados a las comunicaciones equivaldría al diseño y la programación de interacciones humanas. Junto al ingeniero informático Terry Winograd publican un libro capital (Hacia la comprensión de la informática y la cognición, 1989), de donde surgirá un sintagma premonitor del coaching ontológico: “diseño ontológico”.
A su vez, Flores y Echeverría propusieron una interpretación de Heidegger y Nietzsche, de la filosofía del lenguaje, de la biología de Humberto Maturana y Francisco Varela, muy conveniente a la hora de justificar su conversión y fundamental para la teoría del ser que daría nombre al coaching ontológico. Entonces, por un lado, se busca la correspondencia entre la comunicación humana y la transparencia digital (información sin malos entendidos) y el estudio de la cognición para el diseño comportamental y organizacional; y por otro, se aprovecha el fin de la época de la metafísica, no para repensar otros regímenes de verdad, sino para abrazar un relativismo que está en la base de la desregulación de las relaciones, las tareas, los rituales y, en última instancia, de la vida.
Parte del cambio de época. Ahora bien, de sus espesos orígenes a su más liviano presente, de la pretensión filosófica inicial a la actividad más bien técnica en que se convirtió el coaching ontológico, se puede advertir el cambio de época del que es parte. Posfordista y neoliberal, se desarrolló como dispositivo adaptativo, paradójicamente adaptativo, ya que no se tratará para los coaches de ajustarse a un molde preexistente ni a una exigencia normativa, sino de un estado de adaptabilidad permanente en función de lo que el mercado, las tecnologías y diversas instancias sociales demandan. En ese sentido, flexibilización y precariedad no se significan como carencia de solidez y seguridad, sino que se asumen desde un realismo casi transparente, entonces, de lo que se tratará es de estar disponible, entrenado, con la atención (y la tensión) puesta en una meta de rendimiento. Como diría Miguel Benasayag, para el individuo contemporáneo, que no se presenta como un sujeto político ni un sujeto de análisis, se trata de funcionar.
Las técnicas contemporáneas de adaptación subjetiva, es decir las formas de entrenamiento propicias para una época que vuelve optimizable la vida, no se ahorran la soberbia antropológica: dicen que estamos hechos para triunfar, para competir sin conflicto alguno; de hecho, no consideran el conflicto como una dimensión estructural de la vida colectiva, sino como un error, producto de la maldad de algunos (los conflictivos) o la mala comunicación generalizada (el malentendido).
La angustia, materia de análisis para el psicoanálisis, la tragedia, figura de lo inefable para la filosofía, el conflicto, dominio propio de la política, no cuentan con una resonancia en las técnicas de sí. El coaching ontológico no pretende brindar herramientas de comprensión o elaboración de lo negativo; el dolor es para la espiritualidad de nuestra época una ilusión o un error, en el límite, disfuncional. ¿No se trata, en el fondo, de una suerte de negación de lo real como problema?
El entrenamiento anímico y actitudinal que propone el coaching ontológico extiende el mandato de “funcionar” a los rincones más recónditos de la vida y, al mismo tiempo, pretende espiritualizar el rendimiento sin más. En el perfil de Linkedin de la esposa del jefe de Gabinete, Adorni, se lee: “Mi trayectoria combina la rigurosidad de la administración de empresas con la profundidad del coaching”.
El coaching no pocas veces aparece como la filosofía de los que no tienen filosofía, como un pensamiento “profundo” justo ahí donde solo se trata de funcionar. Vivimos un tiempo en que la vida en su conjunto se transforma en una materia productora de valor que, en tanto tal, no debe ser desperdiciada.
Echeverría, comentando al filósofo alemán Martin Heidegger, relaciona la exposición a la contingencia propia de la posmodernidad con la necesidad de aprovechar la vida que se escapa, como en la metáfora según la cual si no corremos se nos puede escapar el tren. Pero Heidegger solo toma el ejemplo ferroviario para preguntarse por el aburrimiento en una estación de tren lejana, cuando el paso del tiempo se hace lento y demuele las expectativas de la llegada del tren, haciendo patente la posibilidad de la nada, la ausencia completa de horizonte.
Nietzsche cuestiona tanto la moral de los débiles que buscan legitimarse por su condición de víctimas como la doble moral de los poderosos que se justifican por alguna forma de trascendencia. Se pregunta por las fuerzas que operan en cada quien, para sobrevivir, para perseverar, para dominar, para rebelarse, pero, sobre todo, cuestiona toda forma de realismo adaptativo, se pregunta por “el valor del valor”, contra la vida entendida como algo evidente. En la imagen de señorío que construye no hay nada que se parezca a una racionalidad calculadora, sino una forma de comprensión de esas fuerzas que nos componen y nos exceden. Gobernarse a sí mismo es cabalgar la tragedia, nunca negarla; la afirmación nietzscheana es trágica, afirma la tirada de dados, no la vida entendida como una empresa. Pero el Nietzsche de Echeverría no es genealógico; mira solo al futuro: “La filosofía de Nietzsche nos muestra la posibilidad de diseñarlo nosotros mismos. El mundo del que Nietzsche nos habla es un desafío al emprendimiento (Mi Nietzsche, Rafael Echeverría)”.
En la vida puramente positiva del funcionamiento, rendir y “vivir bien” son uno y el mismo mandato, al punto que nos sentimos obligados a “estar bien” (¿el “buen vivir” neoliberal?). Pero se trata de un placer rengo de dolor, moneda de una sola cara; si no disfrutamos somos culpables, revelándose así un hedonismo precario que nos enfrenta inmediatamente a la posibilidad del fracaso, ese error antropológico que debería ser eliminado como pretende hacer la terapia EMDR con los traumas. Parece un bienestar asfixiante y fantasmático que, a diferencia del dolor o el malestar, no pide ser procesado, sino gestionado, orientado a nuevas metas, reperfilado.
Frente a los presupuestos de las técnicas de sí contemporáneas, cabe anteponer la pregunta por los otros, el espesor de la memoria, la complejidad del paisaje del que formamos parte y, sobre todo, una mirada sobre esas fuerzas que, llamemos inconsciente, naturaleza o voluntad de poder, nos demuestran una y otra vez que no coincidimos con nosotros mismos, que somos parte de tramas constitutivas y que nuestra singularidad es insistencia y cuerpo, y lejos está de reducirse a una consciencia abstracta, y mucho menos a información codificable. A diferencia del psicoanálisis y otras corrientes de la psicología, el coaching ontológico pertenece a una época que niega la dimensión trágica de la vida (cierto, la tragedia como categoría transhistórica que solo retorna históricamente), por eso su diferencia con las terapias no es filosófica ni ideológica, sino epocal, es decir, estructural.
En nuestro país, el coaching ontológico es beneficiario de una ley nacional y variados proyectos de ley provinciales (similares a los proyectos referidos a la “educación emocional” o “gestión de las emociones”) que, propios de la época de la desregulación, no cumplen una función eminentemente normativa, sino que tienden, con tono apologético, a legitimar la actividad. Por su parte, el manual de la Aacop enfatiza el carácter constructivista de su enfoque y, en algún punto, es una definición honesta, ya que, despejado el problema de la verdad, no encuentran motivos para pensar que eso que llaman “el ser” no pueda deconstruirse para rediseñarse.
Al mismo tiempo, ese rasgo los ubica en el corazón de nuestra época, que nos presenta esa forma de deconstrucción –y, digamos, afinidad con lo ilimitado– también en la genética contemporánea, en la biomedicina, en la biología molecular, en las nuevas tecnologías e incluso en figuras de la economía política como la de “capital humano” (que nos invita a desagregarnos en competencias y prestaciones a ser rentabilizadas, y dejar de pensarnos como trabajadores). Solo que, a diferencia de las teorías posestructuralistas y las militancias de disidencia de género, para las cuales –sin dejar de pertenecer a esta época– la deconstrucción tiene como blanco distintas formas de dominación, para las técnicas de sí, las tecnociencias y tecnologías contemporáneas, el constructivismo es una forma de inteligibilidad que permite intervenir sobre la vida desde el punto de vista conservador de la funcionalidad. Según este imaginario, se puede crear en cada quien una especie de foja cero que volvería posible su rediseño personal, económico, anímico y, en última instancia, tal como se repite desde el coaching ontológico, “rediseño del ser”.
Poder y política. La relación del coaching ontológico con el poder y la política es esquiva y a veces resbaladiza. Por ejemplo, en el manual de la Aacop se habla de “la expansión del poder personal del coachee”, o de una “técnica poderosa”, pero siempre puertas adentro (de la persona o de la institución). Mientras que la construcción de horizontes de sentido colectivos en ruptura con “lo existente”, la invención asociada a asuntos comunes, es decir la política, no tiene lugar ni en el manual, ni en los libros de los coaches, ni en el discurso de los coachee y ni siquiera en los proyectos de ley abordados y aprobados por políticos.
Hay un llamado a la acción, la creatividad, la adaptabilidad al cambio permanente, una suerte de gestión sin política, es decir, la administración de una realidad dada, su manipulación y su exposición a un cálculo orientado por una determinada imagen de funcionamiento. Aun habiendo sido Flores senador por la derecha chilena (y apoyar electoralmente a Piñera), aun inscribiéndose el coaching ontológico en el discurso oficial de partidos como el PRO, incluso atravesando casi todos los colores partidarios cuando se dio lugar a los proyectos legislativos, existe desde ese imaginario una tachadura de la política, rayana de la antipolítica. Por eso, personajes menores como Adorni, mientras oficia como jefe de Gabinete y practica todos los vicios de un funcionario deshonesto, insiste en que él no es un político. ¿Lo habrá coacheado su esposa?
Más allá de las chicanas coyunturales, hay un desplazamiento de la política por la gestión, como si en nuestro tiempo histórico la gestión fuera la forma misma que adquiere la actividad de gobierno, como si fuera posible un gobierno no político. No un gobierno técnico, de tecnócratas, sino un gobierno de la técnica. El propio Milei lo planteó literalmente cuando expresó su deseo de contar con una IA que le permitiera manejar la seguridad; hasta reemplazar todas las funciones del Estado. Como si las mediaciones pudieran simplemente eliminarse, como si la relación que mantenemos con las altas tecnologías digitales no fuera prácticamente de sumisión.
Al mismo tiempo, el Presidente parece un personaje desbordado por todos lados, muy lejano a la asepsia tecnológica. El reverso de los “deseos imaginarios” de la antipolítica es la brutalidad de una posición que no cree en la diferencia y cifra el conflicto como puro enfrentamiento, ya que quienes no se adecuan a la positividad total, forman parte de la negatividad total.
Otra técnica de sí contemporánea como el mindfulness es practicada por la amiga de Milei y ministra de Capital Humano, Sandra Pettovello (también formada en Ciencias de la Familia en la Universidad del Opus Dei). Según enseñan sus gurúes: “Contamos con la poderosa capacidad innata de sostener en nuestra consciencia lo que sea –aun el terror, la desesperación y la rabia– y llevarlo de manera diferente”. Pero su enfrentamiento con las personas que tiene encomendado asistir, vidas por cierto muy dañadas, derivó en una causa judicial que intimó al Ministerio a entregar toneladas de alimentos que escamoteaba a los destinatarios. Sus intervenciones públicas resultan siempre tensas y amenazantes. ¿Será que la negatividad a su vez negada o descuidada retorna como agresividad difícil de contener?
Sin embargo, hay historia. Mientras nuestros coaches, los “técnicos” del ser, pretenden rediseñar una vida desprovista de mitos y conflictos, proponemos la fuerza del mito como método de lectura del coaching ontológico. Así, la marca de una conversión política vuelve sobre la idea de una transformación casi metafísica, en tanto no quedarían huellas de lo anterior, como si los avatares vitales se desarrollaran en un soporte neutro.
Es cierto que, si pensamos la bisagra en la vida de los fundadores como traición, parecemos ubicados en el siglo pasado, mientras que, desde el punto de vista del realismo ontológico del coaching, no hay traición, sino adecuación; para los coaches cada desplazamiento es equivalente, no hay más penas ni olvido, ni retorno de lo reprimido, sino una tarea permanente de deconstrucción y reperfilamiento.
Sin embargo, hay historia, la experiencia asesina de la dictadura ahí está y pulsa en un encadenamiento de hechos y cuerpos como terror y memoria, como conflicto y redención. Suponer que alcanza con un cambio de actitud y unas cuantas palabras de autoconvencimiento para dejar atrás esa herida aún abierta, no parece ser el discurso de los negacionistas de siempre, pero deja ver un negacionismo que pulula en el imaginario del que forma parte el coaching: negación de la fragilidad, del límite material, de la mordedura de lo real.
El mito de la traición de los fundadores del coaching ontológico se parece a un sacrificio que permite a quienes toman la posta continuar sin remordimientos, entregarse a un constructivismo cuyas consecuencias psíquicas y sociales podemos, en parte, avizorar, pero aún no conocemos.
Mientras tanto, la relación entre coaching ontológico y política se define por un frío realismo del poder, donde todo podría ser dicho y hecho sin consecuencias materiales, como en un giro lingüístico alucinado.
Ahora bien, ¿qué pasa con una sociedad obstinadamente desprevenida ante las tempestades que rugieron en el comienzo de los tiempos y harán tronar el escarmiento cuando todo finalmente se esfume? La tragedia siempre vuelve y no siempre necesariamente como farsa.
Entonces, los rostros se desfiguran, los personajes ya no se sostienen y los espíritus cándidos que tanto trabajaron para calcular sus vidas no fueron precisamente entrenados para procesar el malestar verdadero, la bofetada inesperada.
Porque la vida es pérdida y donación; vivir calculando tiene un límite, nada menos, que lo incalculable como fondo y pulsión.
En la soledad de ser todos y uno solo al mismo tiempo, en la intensidad por y para la cual vivimos, no hay gurú que valga, no hay rediseño posible.
*Ensayista, docente, investigador (Unpaz, UNA). Doctor en Ciencias Sociales (UBA). Integrante del Grupo de Estudios Sociales y Filosóficos (IIGG-UBA) y del Instituto de Estudios y Formación de la CTA A. Codirector de Red Editorial. Cofundador de la Red Interfaces Digitales. Autor de Nuevas instituciones (del común) (2022); Globalización. Sacralización del mercado (2001). Coautor de Sátira y política. Diario de la Argentina de Milei (2025, con Adrián Cangi); La inteligencia artificial no piensa (el cerebro tampoco) (2023, con Miguel Benasayag), y Del contrapoder a la complejidad (con Miguel Benasayag y Raúl Zibechi), entre otros.
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