Cómo la onda corta desafía el apagón digital en Irán
En este mundo hiperconectado, donde las comunicaciones dependen de cables de fibra óptica, un apagón de internet parece un golpe decisivo. Pero a pesar de que Irán ha impuesto bloqueos masivos a la red las comunicaciones, las más estratégicas siguen fluyendo gracias a una comunidad peculiar que la mantiene viva: los diexistas, radioaficionados especializados en captar señales lejanas.
Desde la década de los 80, soy diexista. ¿Qué es eso? lo explico más abajo, pero Wikipedia nos dice: un diexista (o DX–ista) es una persona aficionada a la escucha, identificación y reporte de emisoras de radio lejanas o señales exóticas, principalmente en onda corta. Proviene de “DX” (D por distancia, X por incógnita), y se diferencia del radioyente pasivo por investigar y enviar informes de recepción para obtener tarjetas QSL, que certificaban haber captado una transmisión determinada.
Conservo todas mis tarjetas QSL. Usaba la short wave mucho antes de la aparición de internet. Así me conectaba con el mundo, escuchaba las últimas noticias y así fue como grabé en casetes que conservo, la Guerra de Malvinas, y lo que opinaban sobre ella distintas radios del mundo. Un material aún virgen.
En este mundo hiperconectado, donde las comunicaciones dependen de cables de fibra óptica, satélites y servidores centralizados, un apagón de internet parece un golpe decisivo. Pero cuando Irán ha impuesto bloqueos masivos a la red –como ha ocurrido en múltiples ocasiones de tensión política y, recientemente, en el contexto del conflicto de 2026–, surge una paradoja fascinante: las comunicaciones más sensibles y estratégicas siguen fluyendo a través de una tecnología que muchos consideraban obsoleta. Estamos hablando de la “onda corta (short wave)” (HF, entre 3 y 30 MHz), y de una comunidad peculiar que la mantiene viva: los radioaficionados diexistas.
La onda corta tiene una propiedad física casi mágica. Sus señales, al chocar con las capas de la ionosfera, se reflejan hacia la Tierra a miles de kilómetros de distancia, permitiendo que una transmisión modesta desde Europa o Asia llegue con claridad a Oriente Medio, o viceversa. No requiere infraestructura terrestre vulnerable, no depende de proveedores de internet ni de redes móviles que pueden desconectarse con un simple interruptor gubernamental. Un receptor portátil barato, una antena improvisada y auriculares bastan para sintonizar el mundo.
Esta característica la convirtió, durante la Guerra Fría, en el canal preferido de los servicios de inteligencia. Las llamadas “estaciones de números” (number stations) eran transmisiones en las que una voz monótona –a veces de mujer, a veces de hombre, ocasionalmente sintética– leía interminables secuencias de números o letras en grupos de cinco. El destinatario, un agente en territorio enemigo provisto de un “one–time pad” (un cuaderno de claves de un solo uso), convertía esos números en texto legible. Cualquiera podía escuchar el mensaje, pero solo quien tuviera la clave exacta podía descifrarlo. Era, y sigue siendo, un sistema prácticamente indescifrable y casi imposible de rastrear en el receptor.
Este año (2026), en febrero, con los primeros ataques y el subsiguiente apagón de internet en Irán, reapareció un fenómeno que los especialistas creían casi extinto: una nueva estación de números en idioma persa, catalogada por la comunidad como “V32”. Comenzó a transmitirse el 28 de febrero, apenas horas después de iniciadas las hostilidades. Una voz masculina repetía “Tavajjoh! Tavajjoh! Tavajjoh!” (“¡Atención! ¡Atención! ¡Atención!”) y luego desgranaba grupos de cinco dígitos en persa.
Las transmisiones se realizan en 7910 kHz (y ocasionalmente en 7842 kHz), dos veces al día, con un formato altamente estructurado que los radioescuchas han registrado con precisión. La señal ha sido rastreada hasta una instalación de transmisión dentro de una base militar estadounidense en Böblingen, Alemania. Irán, por su parte, ha intentado interferirla con un “bubble jammer” –un potente transmisor que satura la frecuencia con ruido–, lo cual sugiere que la emisión le resulta incómoda.
Aquí entra en escena el diexismo. Los diexistas o DXers (de “DX”, código telegráfico para “distancia”) son radioaficionados especializados en captar señales lejanas. Muchos de ellos no buscan mensajes secretos, simplemente disfrutan el desafío técnico de sintonizar emisoras débiles a través de miles de kilómetros, identificar su origen y registrarlas. Pero en coyunturas como esta, su hobby se convierte en una forma de vigilancia ciudadana de las ondas. Grupos como Priyom.org y Enigma2000 catalogan estas emisiones, analizan sus patrones, localizan transmisores mediante triangulación y comparten grabaciones. Sin ellos, muchas de estas estaciones permanecerían en el anonimato.
La ironía es profunda. Un régimen que corta el acceso a internet y redes sociales para controlar el flujo de información no puede silenciar fácilmente las ondas que viajan por el cielo. Un receptor de onda corta de pocos dólares, escondido en un sótano o en un mercado de Teherán, permite recibir tanto noticias de emisoras internacionales (Radio Farda, Radio Zamaneh o la BBC han reactivado emisiones en onda corta precisamente por estos apagones) como, potencialmente, instrucciones cifradas dirigidas a agentes o células operativas.
Este resurgimiento no es solo anécdota geopolítica. Es una lección sobre la fragilidad de las tecnologías digitales centralizadas frente a sistemas analógicos distribuidos y físicamente resilientes. Mientras los gobiernos invierten miles de millones en ciberdefensa y en herramientas de vigilancia masiva, la humilde onda corta recuerda que, en situaciones extremas, lo viejo puede ser lo más seguro.
Los diexistas, con sus receptores analógicos y sus libretas de notas actúan como testigos silenciosos de esta realidad: las señales más estratégicas del mundo siguen viajando por el éter, invisibles para los algoritmos y los firewalls, pero audibles para quien sepa dónde y cuándo escuchar.
En la era del 5G y la inteligencia artificial, el diexismo no es nostalgia. Es una forma de resistencia tecnológica y de curiosidad científica que, sin pretenderlo, nos recuerda que la información siempre encuentra su camino. Incluso cuando un país entero es desconectado de la red, el cielo sigue abierto. Lo viejo sirve. Oesterheld dixit. Y alguien, siempre, en algún lugar, está escuchando.
*Diexista, mgiuffre@mdp.edu.ar
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