En la portada de los diarios, en la TV y en las redes aparecen, año tras año, titulares sobre bullying, problemas en la lecto–escritura y conflictos escolares. No hace falta calendario: así sabemos que el inicio del ciclo lectivo está cerca. Cada comienzo reactiva los mismos cuestionamientos sobre la escuela –qué se aprende, qué se enseña– y vuelve a instalarse una lógica que simplifica el acto educativo, reduce su complejidad y asigna responsabilidades sin mirar el contexto cultural en el que vivimos. De eso, precisamente, casi no se habla.
La presencia digital en las esferas de la vida cotidiana afecta directamente la lectura escolarizada y la lectura sostenida. Se despliegan otras modalidades de lectura –imágenes, símbolos, memes, códigos– que los estudiantes son capaces de decodificar, lo que se ha denominado “multialfabetización”. La decodificación rápida se ha convertido en una habilidad estimulada por los dispositivos y, también, por el mercado de trabajo, al que se espera que los estudiantes se incorporen.
Estos ritmos acelerados quebrantan los marcos conocidos: se duerme poco, se está siempre atento, sin tiempos y espacios, todo se flexibiliza. ¿Qué forma de vida requieren estos ritmos que estamos asimilando? Avanzamos con prisa hacia destinos inciertos. Lo sistemático, aquello que implica perseverar, cansa antes de iniciarse; agota la sola idea de leer, de debatir, de reflexionar. Se trata de responder y pasar a otra cosa.
Pero ¿hacia dónde vamos? El agobio aparece incluso antes de empezar. Sabemos que hay algo más, que existen versiones opuestas, pero reflexionar empieza a resultar agotador. Toda esta vivencia podría ser denominada como impotencia reflexiva, sabemos que sabemos, pero nos sentimos incapaces de hacer algo con eso, porque no sabemos de qué somos capaces, cuando lo viejo perece.
Escuela y familia.Cuando la escuela siente que sus acciones no alcanzan, interpela a la familia; cuando la familia percibe dificultades, siente como un peso la demanda escolar. Se configura así un círculo sin resolución que pretende resolverse con una simplificación, expresada en la idea de que la “familia educa” y la “escuela enseña”. Sin embargo, esa concepción segmenta a la familia de la escuela, cuando ambos espacios vinculares se complementan y se entrelazan, por el mundo en común que habitan.
La escuela necesita comprender que la familia, en el presente, asume la crianza intentando sostener un espacio donde prime el principio del placer, el camino de la menor resistencia frente a las demandas cotidianas. El imperativo del disfrute se abre paso, muchas veces, como efecto del cansancio y en los marcos del cariño. Lo normativo es uno de los núcleos que hoy colapsan. ¿Quién es, hoy, una autoridad válida socialmente? Sostener una norma requiere horizonte, valores, proyección y esperanza. Si la autoridad quiere sostener la vida en común, debe promover lo relacional. La libertad, la igualdad y la fraternidad no pueden pensarse de manera aislada: si se segmentan, se anulan. ¿Libertad sin igualdad y fraternidad? ¿Igualdad sin libertad? ¿Igualdad y libertad, sin fraternidad?
Un nuevo ciclo lectivo.
Este ciclo lectivo se inscribe en un tiempo de ruptura. Comprenderlo implica asumir que no es posible retornar a lo que fue, pero aunque se pudiera, nadie puede forzarnos a decir “que todo el tiempo por pasado fue mejor”. El desafío de la escuela es incorporar al espacio educativo el desarrollo humano alcanzado al presente, esto incluye, las nuevas tecnologías, las advertencias sobre sus usos; las guerras, los conflictos, el cambio climático y los modos de lazos que se construyen a cada paso. La escuela habilita a que habitemos un tiempo de pausa que entrelaza reflexión a través del encuentro con lo diverso.
Sin embargo, la escuela se encuentra en tensión con ese mundo que exige productividad constante, queda así subordinada a esos ritmos y las tecnologías tienden a simplificar las relaciones y a producir resultados rápidos que se confunden con calidad. Enseñanza veloz, aprendizaje espasmódico, un poco de esto, otro de aquello. La escolaridad se vuelve entonces una desventura del aprendizaje y de la enseñanza. Queda reducida a alfabetizaciones mínimas, manejo instrumental de tecnologías y desarrollo de habilidades flexibles y gestión de emocionalidades.
Se pasa de enseñar saberes disciplinares a capacidades y habilidades, bajo la promesa de que así el individuo aprenderá a seleccionar. De modo que tener una vida humana digna o no dependerá de las habilidades y capacidades que se supo conseguir, lo que niega la existencia de los condicionantes sociales o, por lo menos, los reduce a la nada misma. En el pasado se decía que era la raza, el credo o el género los que limitaban el desarrollo de determinadas personas. En el siglo XXI, el fracaso individual resultaría de la carencia de habilidades y capacidades. Misma lógica, distinto indicador.
Posibilidades educativas en contextos de ruptura.
Vivimos en una cultura donde imperan posiciones asertivas y cada segmento social pareciera saber qué responder, antes de que exista una pregunta. La pregunta establece la duda, la incógnita. Si es una pregunta genuina, no tiene respuesta que requiera ser aprobada o desaprobada. La comprensión emerge y se evidencia en el intercambio que produce la diversidad, el diálogo con un otro. Pero la comprensión no emerge como una afirmación cerrada, sino que es resultado de hacer algo nuevo con lo que nos es brindado.
Esto resulta de inferir comprensivamente a partir de un texto (problema o tema), porque inferir requiere de atreverse a decir lo que no está dicho, aquello que quedó vacío e incompleto; construyendo un nuevo recorrido.
Se trata de motivar la inferencia en el estudiante y aprender a indagar sobre las inferencias que cada estudiante es capaz de realizar. El espacio del aula debe ser un medio capaz de habilitar preguntas porque cuando promovemos preguntas genuinas, basadas en vivencias, abrimos un mundo que estimula el proceso de inferencia. Las preguntas escolarizadas tienden, principalmente, a la anulación de la promoción de la inferencia, porque siempre esperan recibir una respuesta cerrada.
Promover preguntas, pensar escuchando, permite habilitar las voces para resolver problemas en común. El surgimiento de preguntas diversas por parte de los estudiantes implica no sentirse cuestionado por lo que se dice, sino asumir una pregunta propia. E implica evidenciar si la pregunta es acorde o no al tema que se trata. En definitiva, la habilidad y la capacidad se desarrollan según cada necesidad que debe resolverse.
No hay recetas en tiempos de ruptura, se trata de construir desde lo acontecido y desde dónde estamos, pero pensando hacia dónde queremos ir. El debate educativo no puede reducirse a prohibir o no el uso del celular, porque cualquier elemento, cuando se les confiere un rol educativo, se vuelve partícipe del proceso de enseñanza y aprendizaje. La actividad educativa reclama, continuamente, la atención del estudiante y la perspectiva orientadora de la enseñanza. En tal sentido, el rol docente debe apuntar a producir un señalamiento.
¿Qué significa esto en educación? Que al señalar orientamos hacía algo, pero también aludimos a alguien, atraemos su atención, pedimos que levanten la vista y buscamos redirigir su atención: situamos al estudiante. A través del señalamiento le pedimos a alguien que atienda al mundo, algo que se convierte en un gesto de apertura porque abre el mundo al alumno, pero también abre al estudiante al mundo.
El valor humano, lo que aún destaca a la enseñanza, sucede toda vez que se vivencia implícitamente, una experiencia subjetiva que interpela, que provoca conflicto cognitivo y que abre preguntas. Es todo un desafío generar, en el estudiante, la inferencia de que si no está en la experiencia escolar, algo se pierde.
En un contexto de crisis civilizatoria, la enseñanza tiene la tarea de promover la convivencia y el aprendizaje como vivencias. El aula puede convertirse en un espacio habitable, de cuidado físico y emocional, donde el mundo conocido se pone en tensión y se vuelve pensable. Allí, la educación abre un sentido y se convierte en una actividad creadora, en tiempos de ruptura.
*Sociólogo. Director de escuela. @profedmelcer.