Mal de época

Demasiado agotados para soportar el caos de pensar por nosotros mismos

Hay algo extraño en esta época. Nunca habíamos tenido tantas posibilidades de construir una vida propia y, aun así, da la sensación de que cada vez más gente necesita que alguien le diga cómo vivirla.

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

Nadie piensa de sí mismo que quiere obedecer. No de forma explícita, claro. Vivimos rodeados de discursos sobre autenticidad, libertad individual y pensamiento crítico. Todo el mundo quiere sentirse diferente, independiente, dueño de su propia mirada sobre el mundo. Pero luego uno entra en internet cinco minutos y empieza a notar algo raro. Millones de personas hablando igual, indignándose igual, obsesionándose con las mismas cosas, utilizando las mismas palabras, intentando construir una identidad perfectamente coherente todo el tiempo. Y quizá ahí hay algo más profundo que una simple moda cultural. 

Creo que estamos cansados. Y honestamente tampoco me parece tan raro. La libertad real desgasta muchísimo más de lo que imaginábamos. Porque la libertad implica incertidumbre, responsabilidad, aceptar que quizá nadie va a venir a decirte exactamente quién eres o cómo deberías vivir. Y eso produce bastante vértigo. 

Vivimos en una época donde todo parece depender de uno mismo. Tu carrera, tu cuerpo, tu ansiedad, tus relaciones, tu identidad, tu forma de pensar, incluso tu manera de descansar. Todo tiene que estar trabajado, explicado y más o menos optimizado. Ya no basta con vivir. Además hay que saber narrarse.

Las redes sociales han llevado eso a un nivel extraño. Antes uno podía sentirse perdido tranquilamente en privado. Ahora la confusión ocurre delante de miles de personas que aparentan tener una vida muchísimo más clara que la tuya. Todo el mundo parece haber entendido algo definitivo sobre cómo vivir. Cómo amar. Cómo sanar. Cómo pensar. Cómo tener éxito. Cómo “despertar”. Y tú, mientras, intentando entender por qué te cuesta tomar decisiones sin sobrepensarlas durante horas.

Hay algo profundamente agotador en esta necesidad constante de tener una identidad clara. Y creo que cuando una sociedad entra en ese nivel de cansancio e inseguridad, empiezan a volverse muy seductoras las estructuras rígidas, los discursos absolutos, las personas que hablan sin dudas. Especialmente las personas que hablan sin dudas. Porque pensar por uno mismo cansa muchísimo. Tener contradicciones cansa muchísimo. 

Vivimos en un momento donde parece obligatorio posicionarse constantemente sobre absolutamente todo. Política, masculinidad, feminismo, inteligencia artificial, capitalismo, salud mental, espiritualidad. Hay días donde abrir X produce la sensación de estar entrando en una especie de examen moral infinito. Entonces aparece alguien con respuestas simples, con enemigos claros y con una visión ordenada del mundo, y por un momento el cerebro descansa. Y no creo que esto sea solo político. Creo que tiene más que ver con una necesidad bastante humana de orden y pertenencia. De sentir que alguien entiende qué está pasando y puede ponerle estructura al caos. Por eso me parece ingenuo analizar la polarización actual únicamente desde las ideologías. Evidentemente las ideologías importan, pero también importa el estado mental desde el que la gente se acerca a ellas.

Los extremos —aunque sean completamente distintos histórica y moralmente— suelen compartir algo: prometen simplificar el mundo. Reducir la ambigüedad. Convertir el caos en algo mucho más claro. Y claro que eso seduce. Sobre todo cuando llevas años sintiéndote perdido, comparándote constantemente y teniendo la sensación de que nunca acabas de convertirte en una persona coherente del todo. Y quizá por eso las ideas más individualistas seducen cada vez menos. Porque requieren algo bastante difícil: tolerar la incertidumbre. Aceptar que nadie va a rescatarte intelectualmente. Que vivir implica contradicción, desorientación y cierto nivel permanente de improvisación. Eso requiere mucha madurez. Y, sinceramente, no estoy seguro de que internet esté ayudando demasiado con eso.

Pero lo más curioso es que este fenómeno también está ocurriendo en la espiritualidad. Hay algo casi irónico en la cantidad de personas que hablan hoy de “liberarse”, “despertar” o “elevar conciencia” mientras terminan entrando en nuevos sistemas llenos de dogmas, reglas y figuras de autoridad. Cambia la estética, pero el mecanismo muchas veces es el mismo. Antes el dogma venía de una institución religiosa, ahora puede venir de un influencer espiritual, de un podcast de desarrollo personal o de una comunidad online obsesionada con convertir cualquier duda humana en una explicación absoluta sobre energía, trauma o propósito. Y obviamente aprender de otros no tiene nada de malo, todos necesitamos referencias.

El problema aparece cuando dejamos de explorar y empezamos simplemente a obedecer. Cuando una idea deja de ayudarte a pensar mejor y empieza directamente a pensar por ti. Porque ahí ya no hay libertad. Hay alivio. Y quizá esa sea una de las contradicciones más incómodas de esta generación. Decimos constantemente que queremos ser libres, pero muchas veces lo que buscamos realmente es sentirnos seguros. Que alguien reduzca el ruido. Que alguien nos diga qué pensar para no tener que convivir todo el tiempo con la sensación de estar improvisando una vida que, en el fondo, casi nadie entiende del todo.

*Actor y músico español, protagonista, entre otros papeles, de la serie Merlí y The Young Pope.