El Mundial y la democracia
Cada cuatro años creemos que la Copa solo habla de deporte, pero basta mirar un poco más de cerca para descubrir que también habla de desigualdad, de instituciones, de liderazgo y de reglas.
El Mundial, como cada cuatro años, nos ha enseñado más sobre nosotros como sociedad que muchos análisis. Hemos visto sorpresas de manual, de esas de David contra Goliat: la modesta Cabo Verde primero rescató un empate heroico ante una España que llegaba como una de las grandes favoritas y luego plantó cara a Argentina en dieciseisavos. Y qué decir de Paraguay, protagonista de la histórica eliminación de Alemania antes de caer ante Francia. Confieso que, como cada cuatro años, he esperado este torneo como un niño.
Quizá por eso el Mundial siempre termina pareciéndose a algo más que un torneo. Cada cuatro años creemos que vamos a ver fútbol y terminamos viendo una versión condensada de nosotros mismos. Y este año, mientras trabajaba en el nuevo Informe sobre democracia y desarrollo del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), no dejaba de pensar que muchas de las preguntas que nos hacemos sobre nuestras democracias también aparecen, curiosamente, cada vez que rueda un balón.
El fútbol es uno de los espejos más honestos de una sociedad. En él aparecen, condensadas, muchas de nuestras virtudes y también nuestras contradicciones: quién puede participar, quién queda fuera, cómo se distribuyen las oportunidades, cuánto pesan las reglas y cuánto pesan los recursos. Más que ningún otro deporte, el fútbol permite mirar una sociedad en miniatura. Conviene observar América Latina y el Caribe a través de ese espejo. Lo que devuelve no siempre es cómodo, pero suele ser revelador.
El primer reflejo es el más incómodo, y aparece fuera de la cancha. Este es el Mundial más caro de la historia: las entradas para la final se pusieron a la venta por casi once mil dólares, frente a los mil seiscientos de hace cuatro años. El juego que se inventó descalzo, en potreros y plazas, se está convirtiendo en un espectáculo cada vez más inaccesible para quienes lo hicieron grande. No se trata de que el dinero compre mejores asientos —eso siempre ocurrió—, sino de que el precio ha subido tanto que incluso la clase media que ahorra durante años para vivir un Mundial comienza a quedarse fuera.
Cuando el acceso al juego se reduce, el fútbol pierde algo más que espectadores: pierde parte de la comunidad que le da sentido. Algo parecido ocurre en América Latina y el Caribe. Durante décadas millones de personas lograron salir de la pobreza, pero ese progreso comenzó a estancarse mientras la riqueza siguió concentrándose. La grada y la sociedad empiezan a parecerse demasiado: una parte creciente observa el partido desde la reja, mientras la distancia con quienes ocupan los mejores lugares no deja de aumentar.
El segundo reflejo aparece dentro del campo. Es una discusión tan vieja como el fútbol: ¿gana el mejor jugador o el mejor equipo? Cada Mundial nos recuerda la misma lección. El talento puede decidir un partido, pero rara vez conquista un torneo por sí solo. Hace falta un sistema de juego, compañeros que se entiendan, reglas respetadas y una organización que haga posible que el talento individual se convierta en éxito colectivo.
Con las democracias ocurre algo parecido. Solemos buscar al líder capaz de resolverlo todo, cuando, en realidad, lo que sostiene a una sociedad son las instituciones que permiten transformar el liderazgo en resultados.
El tercer reflejo quizá sea el más importante. Lo que hace apasionante al fútbol es que nadie sabe quién va a ganar. Si el resultado estuviera escrito antes del silbato inicial, dejaríamos de mirar el partido. La incertidumbre no es un defecto del juego: es su esencia. La democracia vive del mismo principio. Su fortaleza no consiste en asegurar quién gobierna, sino en garantizar que la competencia siga siendo abierta, justa y creíble.
Pero hoy la incertidumbre ya no está solo en el resultado de la competencia, sino también en las condiciones bajo las cuales se juega. La polarización, el crimen organizado, la desinformación, la revolución tecnológica y la emergencia climática están transformando el terreno de juego democrático. Durante mucho tiempo, América Latina y el Caribe respondió intentando aguantar, resistir y defender lo logrado, esperando que la tormenta pasara. Pero ya no pasa: se volvió el clima. Un equipo no puede disputar todo un Mundial encerrado en su propia área. La región tampoco puede limitarse a contener las presiones. O se renueva para competir en este nuevo contexto, o se deteriora.
Y, sin embargo, hay una razón para no rendirse, y también la enseña el fútbol. A pesar de los precios, de los negocios y de las frustraciones, la afición no abandona el juego. Llena las plazas públicas, ve los partidos en el bar, le enseña a sus hijos el nombre de los jugadores. El amor por el fútbol sobrevivió incluso cuando el negocio del fútbol comenzó a alejarse de muchos de quienes le dieron vida.
Con la democracia ocurre algo parecido. A pesar del desencanto con los gobiernos y de la frustración por los resultados, la mayoría de los latinoamericanos sigue creyendo que la democracia es la mejor forma de organizar la vida en común. Es como el hincha que hace tiempo dejó de ir al estadio, pero no dejó de querer a su equipo. Esa confianza quizá esté desgastada, pero sigue siendo el activo más importante sobre el que podemos construir su renovación.
El Mundial dura apenas un mes. Pero el partido más importante es el que jugamos todos los días: el de mantener abierta una competencia en la que nadie tenga el triunfo asegurado antes del silbato inicial.
*Asesor en Economía Política del PNUD para América Latina y el Caribe. Latinoamérica 21. Este artículo presenta un avance del Informe sobre Democracia y Desarrollo, titulado “Democracias bajo presión: Reimaginar los futuros de la democracia en América Latina y el Caribe 2026”, elaborado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en América Latina y el Caribe.
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