Envejecer solas no significa envejecer en soledad
Argentina es uno de los países más envejecidos de América Latina y el Caribe. La Ciudad de Buenos Aires es la jurisdicción que históricamente tiene el mayor porcentaje de adultos mayores. ¿Cómo habitan el espacio y construyen su subjetividad estas grandes mujeres que viven solas en la gran ciudad?
Durante las últimas décadas, la población latinoamericana y caribeña ha experimentado un envejecimiento creciente, que incrementa cada vez más su expectativa de vida.
El proceso de envejecimiento de las estructuras demográficas, consecuencia del descenso de la mortalidad, de la caída de la fecundidad y mejoras en los estándares de salud, avanzó con distintos ritmos en todos los países de la región.
Argentina se ubica entre los más envejecidos de América Latina, con una participación de casi un 12% del total del país de adultos mayores de 65 años y más, según el último Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas de 2022. La Ciudad de Buenos Aires (en adelante, CABA) es la jurisdicción históricamente más envejecida, con una presencia de un 22,6% de adultos mayores de 60 años y más.
Asimismo, los ancianos viven en hogares de menor tamaño –más de un 32% del total de quienes viven solos en el país tiene 65 años y más, según el último Censo Nacional– y se encuentran escasamente institucionalizados. En la investigación de mi libro Vivir solo. Experiencias de residentes de hogares unipersonales de la Ciudad de Buenos Aires (2023), de la Editorial Imaginante, sostengo tendencias tales como el sesgo urbano y femenino del envejecimiento, predominancia de ancianos varones en hogares nucleares y una mayor incidencia de mujeres del mismo segmento etario en los hogares unipersonales.
En nuestro país, y sobre todo en los grandes aglomerados como CABA, la situación conyugal de viudez es predominante en mujeres: más de la mitad de las mujeres de 65 años y más que viven solas son viudas. Las mujeres no solamente tienen una mayor esperanza de vida al nacer en relación con los varones, sino que además eligen no reincidir mayormente en matrimonio, pareja o unión luego de dicha pérdida.
Tradicionalmente, la persona anciana convivía con alguno de sus hijos y su familia de procreación en hogares de tres generaciones. Actualmente, transitar el dolor se hace por medio del emprendimiento de actividades sociales, culturales y recreativas, el sostén emocional de amistades y familiares, sin convivencia mediante.
Testimonios. Un reencuentro de las mujeres consigo mismas, de empoderamiento y de búsquedas internas que las fortalece en esta etapa de la vida.
“Lo más complicado fue cuando quedé viuda. Estuve un año y medio, dos, hasta que empecé a salir, y entonces apareció un taller de narración oral de cuentacuentos y eso me ayudó muchísimo”, mujer, 75 años.
“Mi marido murió el 1° de julio, y yo ya en agosto empecé a hacer el primer curso de computación. Y después hice cuatro o cinco cursos de computación. Así con eso practiqué mucho, me sacó de toda la soledad y toda la tristeza que podía tener”, mujer, 80 años.
En el caso de los varones de 65 años y más, crece, por el contrario, la codependencia. La necesidad de encontrarse con un otro –mayormente mujeres– que los asistan, los cuiden y los protejan ante situaciones que atenten contra su propia vida o que pongan en riesgo su salud física y psicológica.
“Cuando estás solo ya queda esa idea instalada de que te agarre de sorpresa un golpe, una caída, un infarto, un ACV, lo que sea”, varón, 70 años.
“Uno, gracias a Dios, gozaba de buena salud, y a veces no es que uno necesite a otro por la atención o para compartir cosas. Pero cuando aparecen problemas de salud uno puede pensar ‘bueno, si estás solo, se complica’”, varón, 67 años.
Estos testimonios coinciden con los hallazgos numéricos expresados en mi investigación. Si bien los varones separados o divorciados de 65 años y más que viven solos en CABA superan a las mujeres en el mismo segmento, también las duplican en la situación conyugal de unión y matrimonio. De hecho, si se observan indicadores del Anuario Estadístico de 2024 generados por la Dirección General de Estadística y Censos de la misma jurisdicción, el porcentaje de varones divorciados que vuelven a casarse sobre el total de matrimonios es de un 12,5%, frente a un 9,3% de mujeres en la misma situación.
Las mujeres de edad nos demuestran –una vez más– con sus historias de la vida, la lucha, la superación, la experiencia, que podemos ser uno más allá de un otro. Nos invitan a autoconocernos: a reconocer el valor pleno de envejecer solas, que no es lo mismo que hacerlo estrictamente en soledad.
*Licenciada en Sociología, profesora de Enseñanza Secundaria, Normal y Especial en Sociología, doctora en Sociología y Especialista en Política Internacional. Es autora del libro Vivir solo. Experiencias de residentes de hogares unipersonales de la Ciudad de Buenos Aires, por la Editorial Imaginante.
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