En los últimos días leí uno de los libros más lúcidos y clarificadores sobre la generación política que actualmente gobierna en Chile. Se trata de Los inocentes al poder, una crónica de Daniel Mansuy que retrata muy bien al Frente Amplio, su pulsión por la pureza moral, sin una comprensión real del Estado, de la política y de los límites que impone gobernar en democracia.
Una lectura que ayuda a comprender el actual gobierno, que termina con una desaprobación del 70% y sin cumplir ninguna de las promesas de campaña, relacionadas con la primera propuesta de Constitución que fue rechazada por la mayoría de los chilenos (62%), el 4 de septiembre de 2022. Sin duda, fue una apuesta arriesgada que en la práctica significó al gobierno una derrota profunda a solo seis meses de haber asumido, sepultando su programa y obligando el salvataje por aquellos que tanto criticaron: la Concertación de Partidos por la Democracia.
Para entender este proceso, es importante comprender que el problema de esta generación no tiene que ver, principalmente, con la inexperiencia, sino con una concepción moral de la política que no tiene autocrítica. Y es que en el universo frenteamplista el error no tiene cabida. No porque no ocurra, sino porque no se reconoce. Y lo que no se reconoce no existe. Si una política fracasa, no es porque haya sido mal diseñada o implementada, es porque fue resistida por las instituciones, saboteada por los poderes fácticos o incomprendida por una ciudadanía capturada por el miedo. El error propio siempre es externalizado.
Este frenteamplismo no es una izquierda que se equivoca y aprende, es una izquierda que se equivoca y niega. Porque reconocer el error implicaría aceptar que la realidad es más compleja que el relato. Y eso, para una cultura política construida sobre la superioridad moral, es inadmisible. Según Mansuy, la inocencia a la que apela el frenteamplismo chileno es una condición inicial y permanente. Si todo fracaso es producto de factores estructurales –el neoliberalismo, el modelo, la herencia– entonces nunca hay responsabilidad política directa. Reconocer que gobernaron mal no es una opción y lo único posible para ellos es seguir siendo las víctimas.
Esta lógica explica buena parte del recorrido del gobierno de Boric. Frente al rechazo ciudadano al primer plebiscito constitucional, más que una revisión del proyecto refundacional, hubo acusaciones implícitas a un pueblo que “no entendió” y que debe ser educado por ellos, los iluminados. Frente a la actividad económica no hubo ajuste de prioridades ni medidas concretas y más bien hubo una apropiación discursiva sobre que la recuperación económica no conversaba con las cifras de inversión ni empleo. Lo mismo en seguridad, tema en el que el gobierno se adjudicó avances, destacando la batería de proyectos que se aprobaron en el Congreso, pero desconociendo el aumento en la violencia y la aparición de delitos a los que no estábamos acostumbrados los chilenos, como las encerronas. Esta lógica explica por qué llega al final de su mandato sin un balance honesto. No hay reconocimiento explícito de errores graves en gestión, prioridades o conducción política. No hay admisión de improvisación. No hay mea culpa institucional.
Fuera de La Moneda, Boric y el Frente Amplio intentarán rearmarse rápidamente desde la confrontación. El modelo neoliberal chileno volverá a ocupar el centro del debate y se convertirá en la causa última de desigualdad, inseguridad, malestar. De hecho, en el verano se percibieron los primeros movimientos: la instalación de Kast como enemigo público número uno, la denuncia preventiva de un supuesto retroceso democrático y en los derechos sociales adquiridos, y la reactivación del discurso que encadena todos los males sociales a un culpable único. Esta estrategia busca cohesionar identidades e intenta deslegitimar el poder.
Cuando no se puede disputar el poder desde la gestión, se lo intenta erosionar desde la legitimidad. Creo que la nueva oposición, que comienza el 11 de marzo con el inicio del gobierno electo, muy probablemente retomará el camino destitucional en el sentido moderno con foco en el desgaste permanente, judicialización política, denuncia maximalista, presión internacional y un clima constante de crisis. El objetivo será impedir que el nuevo gobierno se estabilice, manteniendo abierto el conflicto y reinstalando la idea de que cualquier decisión es sospechosa por definición. En ese marco, el coqueteo con la violencia –nunca explícito, siempre relativizado– vuelve a aparecer como un elemento tolerado en el discurso, al menos en sus márgenes.
El Frente Amplio volverá así a su origen, a la política como tensión permanente, no como administración responsable. Y es que para un partido sin norte y una nueva oposición fragmentada, Kast se convierte en una salvación simbólica, una justificación que alimentará su narrativa: progreso versus reacción, derechos versus mercado, democracia versus autoritarismo.
El problema es que esa simplificación ignora que el ciclo político cambió. No por manipulación ni por miedo; cambió por una demanda social concreta de orden, seguridad y estabilidad.
Por lo tanto, persistir en la caricatura del adversario no hará más que profundizar la desconexión entre el Frente Amplio y una mayoría social que responde menos a épicas morales y que espera resultados concretos a sus principales problemas.
En este contexto, Gabriel Boric enfrenta su propio dilema. Puede optar por liderar esta oposición confrontacional, reafirmando su identidad original y capitalizando su base simbólica. O puede intentar una pausa estratégica, asumir errores y contribuir a una recomposición más madura de la izquierda chilena. Todo indica que elegirá lo primero, por convicción personal y porque su espacio político no le deja demasiado margen. Boric no transformó al Frente Amplio; fue, en gran medida, producto de él. Y ese espacio necesita un referente visible para sostener el relato de resistencia. El riesgo que corren el actual mandatario y la nueva oposición es quedar atrapados en el pasado, repitiendo consignas que ya no interpelan a la mayoría, mientras el país avanza –con dificultades, sin duda– en otra dirección.
El problema no es que el Frente Amplio vuelva a la oposición. Eso es parte normal de la democracia. El problema es que vuelve sin aprendizaje, sin balance y sin reconocimiento de límites. Y una fuerza política que no reconoce el error no evoluciona, se radicaliza o repetirá los errores que costaron muy caros a los chilenos, especialmente en materia de seguridad, educación, salud, crecimiento y empleo.
Chile enfrenta así una paradoja inquietante. Mientras el sistema político y económico demuestra una resiliencia notable y el ciclo electoral favorece a la derecha, una parte de la izquierda insiste en reabrir un conflicto que la sociedad parece querer cerrar. Esa insistencia puede inaugurar un nuevo ciclo de inestabilidad política.
Los inocentes regresan. Pero no más sabios. Regresan convencidos de que nunca se equivocaron. Y cuando una fuerza política cree sinceramente que el error no existe, el problema deja de ser ideológico y se vuelve estructural.
Chile ya conoce ese camino. Y sabe que rara vez termina bien.
*Director Consulting.