Durante las semanas que siguieron al misterioso aterrizaje del Boeing C-40 Clipper en Tierra del Fuego, el 25 de enero, se han concretado inéditas concesiones del gobierno argentino a los Estados Unidos en el marco de lo que hemos denominado un proceso de “occidentalización dogmática y desnacionalización estratégica”.
Aquel domingo, un Boeing C-40 Clipper del Departamento de Defensa de los Estados Unidos aterrizó en el aeropuerto Malvinas Argentinas de Ushuaia, con una tripulación que contaba con al menos siete congresistas norteamericanos. La aeronave había partido de Aeroparque dos horas antes, tras haber llegado el viernes previo a la Ciudad de Buenos Aires, procedente de San Juan de Puerto Rico. Su ruta se había iniciado originalmente en la Base Conjunta Andrews de la Fuerza Aérea estadounidense en Camp Springs (Maryland).
Las inéditas concesiones del gobierno argentino se tratan de una lógica de aquiescencia que no solo compromete activos materiales, sino que ata el destino de la Nación a una administración extranjera que atraviesa una creciente crisis de legitimidad.
Dependencia paracolonial
La arquitectura de “dependencia paracolonial” bajo el experimento libertario ha alcanzado niveles de formalización que superan con creces las “relaciones carnales” de los años 90. Esta contribución a la desnacionalización estratégica se ha cristalizado en tres hitos fundamentales durante el inicio de 2026, donde la Argentina ha asumido compromisos que la sitúan –parafraseando al notable académico Juan Carlos Puig– como un “apéndice del aparato gubernativo” de Washington.
En primer lugar, el 5 de febrero, el canciller Pablo Quirno suscribió en Washington el Instrumento Marco para el Fortalecimiento del Suministro y Procesamiento de Minerales Críticos. Este acuerdo, diseñado para limitar la influencia de China en el control de materiales estratégicos como el litio y el cobre, asegura a los Estados Unidos el acceso preferencial a materias primas vitales para su industria tecnológica y de armamento. Lo más alarmante es que el gobierno nacional cedió a Washington el derecho de participar directamente en el mapeo geológico de los recursos naturales del país y en la gestión de su procesamiento, renunciando al manejo soberano de activos indispensables para la transición energética global.
En segundo término, el mismo 5 de febrero se conoció que la Argentina selló un acuerdo comercial con los Estados Unidos en el que nuestro país asume 113 obligaciones operativas, mientras que Washington únicamente reconoce una decena de compromisos, en su mayoría condicionales y no exigibles. Este pacto transforma la dependencia en un esquema permanente de subordinación que restringe severamente el margen de acción del Estado en áreas críticas. Entre sus cláusulas más gravosas, la Argentina renuncia en gran medida a su poder regulatorio en salud pública y seguridad vial; se compromete a no comprar reactores nucleares o uranio enriquecido de “ciertos países” –un eufemismo para no mencionar a China y Rusia– y asume la adopción de medidas comerciales de “seguridad nacional” dictadas por Washington.
Finalmente, el 19 de febrero, Javier Milei concretó su decimocuarto viaje a los Estados Unidos para participar como miembro fundador del Board of Peace (Consejo de Paz). Este organismo paralelo, creado por Donald Trump para competir con las Naciones Unidas, ha sido calificado por sus oponentes demócratas como un “board de tiranos”, dado que la mayoría de sus integrantes son mandatarios de países con bajas calificaciones democráticas o monarquías absolutas.
Milei fue el primer presidente del mundo en confirmar su presencia en este esquema donde Trump ejerce como presidente vitalicio con poder de veto, consolidando la imagen de la Argentina como un “gobierno vasallo”. La coincidencia en este organismo con entidades como Kosovo –cuya independencia la Argentina no reconoce, en línea con su argumento sobre la integridad territorial en Malvinas– constituye un nuevo “revés diplomático” de la gestión Quirno que debilita el reclamo soberano sobre nuestras islas del Atlántico sur.
Trump y el frente interno. La decisión argentina de atar su destino a Donald Trump y a su secretario del Tesoro, Scott Bessent, es altamente problemática, no solo por la asimetría de los acuerdos, sino por la fragilidad política del propio líder republicano. Para el gobierno libertario, la administración del magnate constituye el principal sostén para su supervivencia, tal como quedó demostrado en las elecciones legislativas del 26 de octubre del año pasado, donde el rescate financiero de Bessent fue el salvavidas del mileísmo.
Sin embargo, el apoyo de Bessent –quien ha intervenido de manera opaca en el mercado del dólar y ha negociado un swap de monedas por 20 mil millones de dólares para evitar el colapso argentino– se asienta sobre arenas movedizas. Donald Trump atraviesa un declive político acelerado que la Casa Rosada parece ignorar. El descontento ciudadano es palpable: el índice de aprobación de Trump se sitúa en un 37%, mientras que su desaprobación alcanza el 63%, el nivel más alto de sus dos presidencias.
En este marco se inscribe la sucesión de siete derrotas electorales consecutivas que Trump ha sufrido desde fines de 2025 en elecciones municipales y estatales. Los demócratas han arrasado en distritos históricamente republicanos, evidenciando un cambio de ánimo en el electorado norteamericano:
u En Texas, bastión republicano por excelencia, los demócratas ganaron una elección especial para el senado local en el Distrito 9, revirtiendo una ventaja de 31 puntos que Trump tenía en 2024. Fue la primera derrota republicana en territorio texano desde 1991.
u En Miami, los republicanos perdieron la alcaldía por primera vez en treinta años.
u En la ciudad de Nueva York, el joven musulmán Zohran Mamdani fue electo alcalde con un discurso fuertemente crítico al trumpismo.
u En Nueva Jersey, la exaviadora de la Marina y exfiscal federal Mikie Sherrill ganó la gobernación basando su campaña en el rechazo a las políticas de Washington.
u En Virginia, la exoficial de la CIA Abigail Spanberger se quedó con la gobernación superando a los candidatos de MAGA.
u A estas derrotas se suman victorias demócratas en elecciones especiales en Kentucky y Iowa, estados que Trump consideraba propios.
La debacle electoral trumpista coincide con la caída de la imagen del presidente republicano a causa de la conmoción social generada por las violentas redadas y asesinatos de la policía migratoria (ICE). Además, el caso Epstein ensombrece a la Casa Blanca con la amenaza de la publicación de archivos que involucren directamente a Trump y a funcionarios como el secretario de Comercio, Howard Lutnick.
Si este declive se profundiza y los demócratas recuperan el control del Congreso en las elecciones de medio término, Trump enfrentará lo que el senador republicano Ted Cruz calificó como un “impeachment cada semana”. Para la Argentina, haber depositado sus decisiones soberanas en manos de un líder que podría quedar inmovilizado políticamente o ser removido del cargo representa una creciente vulnerabilidad estratégica.
Psicología de la claudicación. Para comprender por qué un país decide correr tales riesgos, resulta útil remitirse a la obra del académico estadounidense Alexander L. George sobre el papel de los aspectos psicológicos en la toma de decisiones en política exterior. George sostiene que el trazado de la política exterior a menudo padece de restricciones psicológicas que confinan la respuesta política a temas de “valores e incertidumbre”. En el caso de Javier Milei, su personalidad opera como un filtro que distorsiona la evaluación de riesgos y beneficios nacionales.
Milei utiliza lo que George denomina “ideología y principios generales para la acción” como un recurso cognitivo para simplificar la complejidad del mundo. Al adoptar los criterios de un anarcocapitalismo radical y un supuesto espíritu de cruzada moral, el Presidente elude el análisis de los costos reales de sus decisiones. Para George, el uso de reglas de decisión dogmáticas permite al decisor evitar el malestar psicológico que genera el conflicto de valores, aunque esto lleve a una política exterior inconsistente e imprudente.
Asimismo, se observa en la gestión libertaria lo que Alexander George denomina “refuerzo”: una tendencia a aumentar el atractivo de una opción ya elegida, desacreditando violentamente las alternativas. Milei se rodea de un círculo íntimo –especialmente su hermana, a quien considera su “Moisés”– que funciona como un sistema de apoyo para consolidar sus creencias místicas y su misión presidencial “encomendada por Dios”. Este refuerzo anula la capacidad de beneficiarse del asesoramiento técnico-profesional en política exterior, llevando al Presidente a recurrir a lo que George denomina “retraso defensivo” o elusión del conflicto de valores, postergando cualquier decisión o información que no encaje en su esquema dogmático de “Occidente contra el mal”.
Como ha señalado el sociólogo chileno Alberto Mayol, Milei es un “niño doliente” que proyecta su trauma de desprotección infantil en la gestión de las políticas públicas. Extremando el análisis, en el caso de la política exterior esto significaría que la Argentina de Milei celebraría la autopercibida insignificancia nacional frente al hegemón hemisférico. El resultado es una política exterior claudicante, donde la convicción mesiánica del líder busca convencer a la sociedad de que la única salvación posible es la entrega voluntaria de la soberanía.
Linaje colonial y estridencia parlamentaria. La instrumentación de esta política exterior recae en perfiles personales que encarnan la claudicación soberana. El canciller Pablo Quirno personifica lo que podríamos llamar un “linaje colonial”, según sus recientes posteos en la red social X. Orgulloso de una genealogía que se remonta a 1810, Quirno omitió que su antepasado, Norberto de Quirno Echeandía, votó en el Cabildo Abierto a favor de la continuidad del virrey Cisneros, en contra de la Revolución de Mayo.
Este exdirector del JP Morgan integra –junto a Luis Caputo y Santiago Bausili– un tridente financiero que maneja simultáneamente la economía y la diplomacia, supeditando los intereses del Estado al parecer de los bancos de inversión y los intereses norteamericanos. Su desprecio por la soberanía quedó expuesto en viejas publicaciones donde ironizaba sobre el reclamo de Malvinas; y en su reciente orden de purgar archivos históricos sobre derechos humanos y sobre la reivindicación soberana de las islas del Atlántico sur en las embajadas, instalando la lógica del miedo entre los funcionarios de la Cancillería.
En el ámbito legislativo, la diputada nacional Juliana Santillán, presidenta de la Comisión de Relaciones Exteriores y Culto, representa una degradación sin precedentes de la diplomacia parlamentaria. Resulta pertinente recordar que destacados autores del campo de las relaciones internacionales –entre ellos, Alberto Van Klaveren– destacan que los Parlamentos modernos desempeñan relevantes facultades de fiscalización y participan subsidiariamente del diseño de la política exterior. Sin embargo, en el caso de Santillán, esta facultad es empleada para actuar como una garante de la sumisión externa bajo un manto de ignorancia técnica y estridencia mediática.
El perfil de Santillán está marcado por dos años de constantes “papelones”: desde confundir la Navidad con la resurrección de Jesús –una “Navidad de resurrección”, según sus propias palabras– hasta citar erróneamente datos del Indec para burlarse de los sueldos de los médicos del Hospital Garrahan. También pesan sobre ella sospechas sobre su autonomía intelectual en el recinto, donde se ha sugerido el uso de audífonos para repetir discursos grabados, evidenciando una absoluta falta de preparación para los desafíos geopolíticos actuales.
El protectorado como destino. La Argentina asiste a la demolición de su mejor tradición autonómica y neutralista en política exterior a manos de un “Estado matón” externo y de una élite colaboradora interna de niveles inéditos de ignorancia en materia de política exterior. El alineamiento dogmático con el gobierno de Donald J. Trump no supone un abordaje utilitarista de la política exterior como el que alguna vez planteó Carlos Escudé e instrumentó Guido Di Tella. Se trata de algo mucho peor: una lectura insustancial del mundo, estructurada en torno a la “occidentalización dogmática”, que ignora que el centro de gravedad global se ha desplazado irremediablemente hacia Asia-Pacífico, con eje en China.
Mientras el mundo transita hacia un orden “no hegemónico” y posoccidental –según surge de la convergencia conceptual de autores como Robert Cox y Roberto Russell–, la Argentina de Milei se aferra a un orden global de primacía estadounidense que ya no existe.
Solo mediante el rechazo a la “psicología de la impotencia” impuesta por el mileísmo se podrá evitar que nuestro país vuelva a ser el campo de materialización de las ambiciones imperiales hemisféricas de un gendarme global en retroceso. De lo contrario, la historia recordará este período como el momento en que la Argentina, impulsada por las obsesiones psicológicas de su líder y la obsecuencia de funcionarios subordinados a Wall Street, decidió renunciar definitivamente a su destino como nación soberana para convertirse en un protectorado de una potencia en declive.
*Doctor en Ciencias Sociales (UBA) y profesor de Relaciones Internacionales (UBA-Unsam-UNQ-UTDT).