Karakachoff: el radical que quiso cambiar la política
Abogado, periodista y dirigente radical, Sergio “El Ruso” Karakachoff fue una figura de la renovación política de la UCR. Defendió a perseguidos políticos y fue secuestrado y asesinado por la dictadura el 10 de septiembre de 1976, a los 37 años.
Matilde Karakachoff tenía cuatro años cuando mataron a su padre. Durante mucho tiempo, Sergio fue para ella una figura reconstruida a partir de los relatos de otros. Estaban las historias de su madre, las conversaciones de su abuela, los recuerdos de los compañeros de militancia y las visitas de amigos que ayudaron a mantener presente la imagen del hombre que había sido asesinado en La Plata.
Uno de esos recuerdos familiares apareció después de las elecciones de 1983. Raúl Alfonsín había ganado la Presidencia y la madre de Matilde lloraba. La niña todavía no comprendía lo que significaba aquella elección ni la trayectoria política de su padre. Su madre sí. “Si tu papá estuviera vivo, por ahí estaría en el lugar de Alfonsín”, le dijo.
Tal vez presidente, tal vez en ese lugar de conducción que la recuperación democrática acababa de poner en manos de una generación de radicales. Para Matilde, aquella frase fue una de las primeras señales de que Sergio Karakachoff había sido algo más que su padre. Hasta entonces conocía su ausencia y había aprendido a convivir con las consecuencias de esa muerte. Después empezó a comprender su dimensión pública, el lugar que había ocupado dentro de una generación política y la historia que había quedado interrumpida aquel 10 de septiembre de 1976.
Mucho antes de convertirse en una víctima de la dictadura, Karakachoff había sido un adolescente que se acercó al radicalismo casi por curiosidad. Su madre contaba que, cuando tenía alrededor de 14 años, había entrado a un comité de la Unión Cívica Radical porque era el único lugar que veía iluminado de noche. Había gente reunida, se escuchaban conversaciones y quiso saber qué ocurría allí. Esa curiosidad terminó convirtiéndose en militancia.
Matilde vinculó esa historia con una característica que, según quienes lo conocieron, atravesó toda su vida política. “Fue un militante que leía, que escribía, que estudiaba”, dijo. Su madre repetía que podía pasar horas trabajando, conversando y discutiendo. “Se pasaba horas y horas escribiendo, y obviamente conversando también, y discutiendo, y realmente dándole palabra a la política”. Para su hija, era “realmente un pensador, una persona que sobre todo pensaba, que escribía y que elaboraba el pensamiento de la política desde el punto de vista del radicalismo y la militancia”.
Esa dimensión aparece también en los recuerdos de Federico “Freddy” Storani, uno de los dirigentes que compartió con él aquella experiencia política desde la juventud. Lo recuerda como un dirigente “muy bien formado intelectualmente”, pero también como alguien cuya forma de discutir podía ser incómoda: “Tenía una lengua filosa, era ácido, sarcástico e irónico en los debates”. Con los más jóvenes, sin embargo, tenía otra actitud. “Era muy contenedor con nosotros que éramos más jóvenes”, recuerda.
La combinación ayuda a explicar el lugar que ocupó dentro de la política platense de aquellos años. Podía discutir con dureza y, al mismo tiempo, convertirse en una referencia para una generación que todavía estaba aprendiendo a hacer política.
Del Colegio Nacional a la Coordinadora. Sergio Karakachoff nació en La Plata el 27 de junio de 1939. Fue en el Colegio Nacional Rafael Hernández donde adquirió una de sus primeras dimensiones públicas. Allí fundó el Centro de Estudiantes Democráticos y comenzó una actividad que después atravesaría toda su vida: combinar organización, discusión política y construcción colectiva.
En la Universidad Nacional de La Plata estudió Derecho y participó activamente del movimiento estudiantil. Fue uno de los protagonistas de la conformación de Franja Morada, el espacio universitario que comenzó a tomar forma nacional a fines de los años 60 y que estaba vinculado con la tradición de la Reforma Universitaria de 1918. En sus primeros tiempos reunía a jóvenes de distintas tradiciones políticas, aunque el radicalismo fue adquiriendo una presencia cada vez más determinante.
Karakachoff se recibió de abogado en 1965. Antes había sido secretario legislativo del Concejo Deliberante de La Plata, entre 1963 y 1964. Su profesión se convirtió en otra herramienta de intervención en una sociedad atravesada por conflictos laborales, proscripciones y persecución política.
Para Storani, esa combinación era fundamental. Karakachoff tenía una intensa actividad política, pero también ejercía como abogado laboralista. Compartía un estudio con Domingo “Mingo” Teruggi y trabajaba en la defensa de trabajadores y de personas perseguidas por razones políticas. Esa relación profesional terminaría teniendo un peso trágico en su historia.
El golpe de Estado de 1966, que llevó a Juan Carlos Onganía al poder, clausuró el funcionamiento de los partidos políticos y profundizó la radicalización de buena parte de la juventud. En ese contexto, los jóvenes radicales comenzaron a buscar una nueva identidad para una fuerza que consideraban demasiado encerrada en sus estructuras tradicionales.
Karakachoff fue parte de ese proceso. Participó de la construcción de una corriente propia que se expresó en el Movimiento de Afirmación Popular y, posteriormente, en el Movimiento de Renovación y Cambio. El objetivo excedía la disputa de una elección interna: buscaban modificar la relación del radicalismo con la sociedad.
En 1969 apareció En Lucha, una publicación que tuvo a Karakachoff entre sus principales impulsores. El periódico era una herramienta de militancia y de intervención política mientras el régimen militar restringía los canales institucionales. Karakachoff preparaba originales, participaba de la producción y distribución y utilizaba el periodismo como otra forma de hacer política. Escribía, argumentaba y buscaba convencer. Entendía que la construcción política necesitaba también una disputa de ideas.
En paralelo, en 1968 comenzó a organizarse en Santa Fe la Junta Coordinadora Nacional. Reunió a jóvenes dirigentes radicales que compartían una crítica al funcionamiento tradicional del partido y buscaban construir una alternativa generacional. Allí confluyeron figuras como Storani, Luis “Changui” Cáceres, Marcelo y Adolfo Stubrin, Enrique “Coti” Nosiglia, Facundo Suárez Lastra y Mario Losada, entre otros. Karakachoff fue una de sus figuras en La Plata.
Storani recuerda que se conocieron siendo muy jóvenes, a través de Mingo Teruggi. La Coordinadora no nació simplemente como una estructura interna de la UCR; era la expresión de una generación que pretendía sacar al partido de una situación que consideraba de inmovilidad.
El diagnóstico era que el radicalismo tenía una enorme estructura territorial, pero que funcionaba fundamentalmente cuando había elecciones. Fuera de los períodos electorales, según la mirada de aquellos jóvenes, el partido quedaba “dormido”.
La respuesta fue construir otros espacios: frentes de trabajo, presencia universitaria, actividad barrial y vínculos con trabajadores y organizaciones sociales. En La Plata, la militancia universitaria y la relación con sectores obreros fueron una parte importante de aquella experiencia.
La ciudad tenía además una particularidad: era el territorio de Ricardo Balbín, que dominaba buena parte del radicalismo bonaerense. Los jóvenes que después formarían la Coordinadora debieron enfrentarse internamente con una estructura consolidada y perdieron elecciones internas antes de comenzar a crecer y adquirir una dimensión nacional.
Cuando apareció Raúl Alfonsín como una alternativa dentro del radicalismo, la Coordinadora encontró una figura con la que compartía buena parte de ese diagnóstico. “Cuando aparece Alfonsín, nosotros vemos que es lo más próximo a lo que nosotros sentíamos”, recordó Storani. Alfonsín comenzó a participar de actividades organizadas por los jóvenes y, según su relato, llegó a ser detenido durante un acto callejero en La Plata. “Un acto callejero, por supuesto, de su tipo relámpago, como se decía en ese momento; improvisado, con unos cajones y un megáfono.”
Para Storani, la relación fue anterior incluso a la creación de Renovación y Cambio: “La Coordinadora es previa incluso a la fundación del Movimiento Renovación y Cambio, que lo unge a Alfonsín como líder.” Aquella red de jóvenes terminaría convirtiéndose en una de las principales bases de movilización del alfonsinismo y Karakachoff estaba en el centro de ese proceso.
Una generación que discutió cómo enfrentar la violencia. Para entender a Karakachoff también hay que entender aquello que decidió no hacer.
En los años 70, la violencia política se convirtió en uno de los ejes centrales de la vida argentina. La expansión de las organizaciones armadas, la represión estatal y paraestatal y el deterioro de las instituciones llevaron a sectores de la juventud a considerar la lucha armada como un camino posible para transformar el país. Karakachoff rechazó esa alternativa.
Storani insiste en que no se trataba de una posición circunstancial. “Fue absolutamente en contra de la metodología de la violencia”, recuerda. “Su convicción era muy profunda, porque no solamente era desde el punto de vista personal, sino que era política; era un análisis político que hacía”.
La alternativa que defendían era explícita. “En nuestro planteo eran elecciones libres, sin proscripciones y sin condicionamientos”, explicó Storani. Karakachoff rechazaba “el método de la lucha armada como forma –se decía en aquella época–, de asumir la lucha armada para la toma del poder”.
En ese punto se produjo una ruptura con otros sectores juveniles. Storani recuerda una discusión en la sede de la Juventud Política Argentina, donde se anunció la subordinación a la conducción político-militar de Montoneros. La Coordinadora y la Juventud Socialista Popular rechazaron esa decisión.
Para Karakachoff, la democracia no era solamente un objetivo final. Era el método.
Había militantes atraídos por la lucha armada que conversaban con él para intentar convencerlo. Karakachoff hacía el camino inverso: trataba de explicarles por qué consideraba que estaban cometiendo un error. Creía que la violencia terminaría profundizando aquello que pretendía combatir y que una transformación duradera debía construirse desde la política.
“Él era el abogado de los trabajadores, y además comprometido en esa lucha, ese era un poco su rol”, recordó Storani. La militancia del grupo tampoco se limitaba a las estructuras partidarias. “Nuestra militancia también era muy social en esa época”, explicó, al recordar el trabajo con talleres navales, empleados frigoríficos y trabajadores de Berisso, Ensenada y La Plata. “Había mucha efervescencia de la unidad obrero estudiantil, que se expresaba con mucha fuerza”.
Storani recuerda particularmente el trabajo con el ATULP, el sindicato de trabajadores no docentes de la Universidad Nacional de La Plata. Muchos de quienes participaban de aquellas actividades terminarían siendo perseguidos, secuestrados o asesinados durante la dictadura.
El clima político se volvía cada vez más peligroso. “Acá en La Plata el clima era irrespirable”, recordó Storani. “Las bombas sonaban todos los días, los tiroteos también, y quienes asumíamos un compromiso de seguir militando sabíamos que el riesgo era grande. Él también lo sabía”.
Aun así, había momentos en los que entendían que debían hacer alguna demostración pública para mostrar que seguían allí: repartir volantes, hacer pintadas u organizar actividades. Esa decisión tendría una de sus expresiones más dramáticas después del asesinato de Karakachoff, cuando Storani habló desde los balcones de la Casa Radical de la calle 48 durante el funeral de su amigo. Los Falcon verdes pasaban y disparaban.
El abogado que defendía a los perseguidos. A medida que la represión aumentaba, la actividad política de Karakachoff quedó cada vez más vinculada con la defensa de los derechos humanos. En 1975 se incorporó a la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos y participó en presentaciones judiciales y habeas corpus vinculados con personas detenidas y perseguidas.
La persecución, sin embargo, no había comenzado en 1976. Cinco años antes, en 1971, Karakachoff ya había sido detenido por su actividad como abogado defensor de presos políticos y trabajadores perseguidos. Storani recuerda que la noticia movilizó inmediatamente a los jóvenes radicales de La Plata.
La respuesta fue una campaña militante. “Pintamos toda la ciudad de La Plata, estuvimos toda la noche pintando ‘Libertad Karakachoff’”. La detención estaba vinculada con su labor como abogado y, según Storani, especialmente con los ferroviarios de La Plata, que atravesaban un período de fuerte conflictividad. “Era por su labor en general, pero yo lo vinculo más que nada en esa oportunidad a esta cuestión de los ferroviarios que estaban en lucha”, explicó.
La cercanía con esos trabajadores formaba parte de una concepción de la militancia que excedía la vida interna de un partido. La política también estaba en los sindicatos, las universidades y los conflictos sociales. La Unión Ferroviaria de La Plata tenía además un secretario general radical, un vínculo que reforzaba la relación con aquellos jóvenes militantes.
La detención de 1971 fue una experiencia temprana de persecución política. Antes de convertirse en una víctima del terrorismo de Estado, Karakachoff ya había conocido la privación de la libertad como consecuencia de su actividad profesional y política.
La represión que siguió al golpe del 24 de marzo de 1976 agravó todavía más la situación. La familia sabía que había peligro y comenzó a tomar precauciones, aunque Matilde, que tenía cuatro años, era demasiado chica para comprenderlo.
Con los años, una de las preguntas que más la acompañó fue cómo podía alguien que conocía el nivel de riesgo continuar adelante. Su madre siempre sostuvo que Sergio sabía lo que podía pasar y que no había sido ingenuo. Una amiga de la familia, Ana, una de las últimas personas que habló con él, le había advertido durante los días anteriores que la situación era cada vez más peligrosa.
El 10 de septiembre, sus hijas no fueron a la guardería que compartían con sus primos. A la salida, una maestra advirtió a la tía de las niñas: “Mirá que unos tipos vinieron a preguntar por Matilde y Sofía”. La familia se movió inmediatamente a una casa de confianza, pero Sergio decidió ir antes hasta la vivienda de Mingo Teruggi.
Para Matilde, ese dato modificó la forma de pensar sus últimos minutos. Durante mucho tiempo se preguntó cómo podía no haber visto el peligro. Después empezó a pensar que quizá sí lo había visto. Su madre siempre sostuvo que decidió correr el riesgo y que no habría querido dejar solo a Mingo.
Sergio estaba trabajando en su oficina, cerca de la casa familiar. Dijo que iría detrás de ellos, pero antes quería pasar por la casa de Teruggi. Ese fue el último trayecto que hizo. Cuando llegó, los represores ya estaban allí. Nunca volvió.
El 10 de septiembre de 1976. Sergio Karakachoff fue secuestrado el 10 de septiembre de 1976 en La Plata junto a Domingo “Mingo” Teruggi. Ambos fueron trasladados y torturados. Sus cuerpos aparecieron al día siguiente cerca de la Ruta 36, en la zona de General Mansilla, partido de Magdalena. Karakachoff tenía 37 años.
Teruggi era su amigo, compañero de militancia y colega. La relación entre ambos había comenzado en los espacios de la política universitaria y radical y después habían trabajado juntos como abogados.
Para Matilde, la muerte de su padre quedó durante años como una certeza sin imágenes. No recuerda el secuestro ni la violencia. Su primera memoria relacionada con aquel episodio es otra: la llegada a Venezuela en diciembre de 1976, tres meses después del asesinato.
La familia debió exiliarse. Marimé Arias, la esposa de Sergio, estuvo inicialmente refugiada en la Embajada de Venezuela y después viajó como refugiada política. La familia se instaló allí y posteriormente pasó un largo período en Roma.
Storani mantuvo el contacto durante ese tiempo y viajaba a Italia para colaborar con la familia y con la Fundación Sergio Karakachoff, creada en Argentina en homenaje al dirigente. Marimé tenía un papel central en esa tarea y organizaba parte de sus actividades y contactos, especialmente con sindicatos y organizaciones políticas.
Matilde volvió a Argentina siendo niña, pero su madre no podía acompañarla. Ella y su hermana quedaron al cuidado de una tía en una quinta de Hernández. Incluso entonces existía una regla que de niña no terminaba de comprender: no debían decir su apellido.
Con el tiempo entendió que el peligro no había terminado con la muerte de Sergio, sino que se había trasladado a la vida cotidiana de quienes llevaban su apellido.
La familia recibió ayuda de amigos y antiguos compañeros de militancia. Llegaban visitas, regalos, mates y conversaciones. Cada uno aportaba alguna historia y así Matilde fue armando una imagen de su padre. Su abuela hablaba mucho de Sergio; su madre tardó más. Hablar de él implicaba también hablar de la muerte.
Cuando Matilde tenía alrededor de 17 años, se sentó con su madre y escuchó por primera vez la historia completa desde su perspectiva. Algunas partes seguían siendo demasiado dolorosas.
Incluso décadas después aparecieron nuevos detalles. Hace poco, una amiga de la familia le contó una escena relacionada con la casa de Teruggi que desconocía. María Rostonelli, la esposa de Mingo, tenía un bebé cuando los represores irrumpieron en la vivienda. Ella y el niño fueron encerrados en un baño mientras golpeaban a Teruggi. El bebé lloraba.
“Racionalmente sabía qué había sucedido”. Sabía que habían torturado a su padre y a Teruggi, pero aquella escena concreta produjo otra forma de comprensión. La violencia que durante años había conocido como un dato histórico apareció como una escena doméstica y cercana.
La muerte que no borró la política. La desaparición de Karakachoff dejó un vacío dentro del radicalismo platense. A Storani, todavía muy joven, le tocó ocupar el lugar que él dejaba. “Fue perder un liderazgo que era muy esclarecido, y al mismo tiempo asumir yo el mando”, resume.
La conducción de la Coordinadora necesitaba a alguien al frente y ese lugar terminó en manos de uno de los más jóvenes del grupo.
El diagnóstico que Karakachoff y sus compañeros habían sostenido antes del golpe se confirmó de la peor manera. Frente a quienes veían en una intervención militar una forma de poner orden, la Coordinadora había advertido que la dictadura no iba a apaciguar la violencia sino multiplicarla. “Nosotros tuvimos un diagnóstico, me parece, con toda modestia, muy acertado”, reflexionó Storani.
Después del 24 de marzo de 1976, la realidad fue todavía más dura que esa advertencia. Storani recuerda que hasta el Partido Comunista se equivocó en ese pronóstico, confiado en que el régimen argentino sería una versión más moderada del chileno.
Esa misma lectura reapareció durante la guerra de Malvinas. El grupo consideraba legítimo el reclamo de soberanía, pero rechazaba el método elegido por la dictadura y estaba convencido de que la aventura militar buscaba recuperar legitimidad política y terminaría en una catástrofe.
Karakachoff no estaba ya para verlo, pero la generación que había formado con él fue la que, derrotada la guerra, llenó el primer acto público de la resistencia democrática. La convocatoria en la Federación de Box de La Plata desbordó cualquier previsión y Storani la describe como el inicio de “una bola de nieve” que un mes después llenó el Club Atenas con siete mil personas y dejó otras siete mil afuera.
Hay una frase del Ruso que Matilde guarda como un presagio. En 1973, el mismo día en que mataron a Salvador Allende en Chile, su padre dijo, casi de paso, que a ellos también los iban a matar “como hormigas”. Era un comentario íntimo, dicho en su casa frente a una noticia que llegaba de otro país. Tres años después dejó de ser una intuición.
Una historia que sigue siendo de La Plata. Cincuenta años después, La Plata sigue siendo el escenario donde el nombre de Karakachoff se actualiza. La Universidad Nacional de La Plata presentó en 2023 el Archivo Digital Sergio Karakachoff, con documentos y fotografías que Matilde ayudó a reunir, y el edificio de las Tres Facultades lleva su nombre.
Esta semana, alrededor del aniversario, esa memoria volvió a hacerse pública. La Cámara de Diputados de la provincia le otorgó la distinción Azucena Villaflor, reservada a quienes se comprometieron con los derechos humanos, en un acto convocado por legisladores de distintos signos políticos.
En los jardines de la Universidad se plantó un árbol en su nombre. Por la tarde, más de mil personas se reunieron en el Salón de los Espejos de la Facultad de Derecho, donde Franja Morada proyectó un corto sobre su figura. Además, el Concejo Deliberante de La Plata votó, con el rechazo de los bloques libertarios y la abstención del PRO, declararlo ciudadano ilustre post mortem.
Storani lo resume con una frase que también podría leerse como definición: la de Karakachoff es la historia de “el militante mártir, pero progresista, comprometido”. No como una síntesis definitiva, sino como un punto de partida para volver a mirarlo antes de convertirlo del todo en símbolo.
Porque antes que eso fue el adolescente que entró a un comité porque era el único lugar iluminado de noche. Fue el abogado que defendía a trabajadores y presos políticos mientras escribía en las páginas de En Lucha. Fue el dirigente que discutía con lengua filosa y cuidaba a los más jóvenes. Y fue el hombre que, en 1973, intuyó en voz baja que la violencia los alcanzaría a todos y que tres años más tarde, sabiendo el riesgo que corría, decidió de todos modos ir a buscar a su amigo antes de ponerse a salvo.
No volvió de ese trayecto. Pero esa última decisión de no dejar solo a Mingo Teruggi quedó como una de las imágenes que mejor condensan quién es.
*Licenciada en Ciencia Política y redactora de Perfil.com.
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