Análisis literario a cincuenta años del golpe

La época de la dictadura vista por una hija de Montoneros

Al igual que otros hechos relevantes de nuestra historia, la dictadura militar ha sido abordada por la literatura argentina. Entre las múltiples maneras en que lo hizo, en esta nota se considera la original perspectiva ideada por Laura Alcoba en su novela La casa de los conejos.

Foto: cedoc

Sin lugar a dudas, la época más trágica que vivió la Argentina durante el siglo XX fue la época de la dictadura militar. Sin entrar en un debate absurdo sobre la cantidad exacta de víctimas, está probado que ellas deben contarse de a miles. Para tomar como muestra lo que puede considerarse como símbolo de la dictadura, en la ESMA, según las investigaciones, por ella pasaron unas cinco mil personas, de las cuales solo sobrevivieron alrededor de trescientas, la inmensa mayoría no solo fue secuestrada y torturada, sino que luego fue asesinada, frecuentemente en los llamados (eufemísticamente y con cruel ironía) “traslados”, es decir, personas que eran subidas a un avión y arrojadas vivas al mar.

  La literatura argentina ha abordado los múltiples hechos relevantes de nuestra historia. Para limitarnos solo a algunos de los sucesos ocurridos a partir de mediados del siglo XX, diversas obras han tratado el cuerpo post mortem de Eva Perón, los bombardeos a la Plaza de Mayo de 1955, los enfrentamientos entre las facciones del peronismo en los años 70, la Guerra de Malvinas o la “crisis del año 2001”. Por cierto, debemos destacar que a muchas de esas obras me he ya referido en este u otros medios.

 Un hecho de tal gravedad como fue la dictadura militar por supuesto ha sido objeto de numerosas narraciones. Entre ellas podría hacerse una diferenciación por generaciones a las que se refieren los relatos. Así, por una parte, se puede considerar las que cuentan (con distintos grados de ficcionalidad) lo vivido en los años 70 por los militantes políticos, es decir, por personas que para ese entonces tenían 20, 30 o algunos años más; y por otra parte, están las obras que relatan (también con distintos grados de ficcionalidad) lo vivido por los hijos de aquellos, es decir, por quienes eran unos niños en los años 70.

    Dentro del primer grupo se podría nombrar Recuerdo de la muerte (1984), de Miguel Bonasso, que relata dentro del género de no ficción lo vivido por Jaime Dri, militante de la organización Montoneros, en la ESMA y otros campos de concentración de la época. 

O también, de un tono más ficcional pero basada en hechos reales, El fin de la historia (1996), de Liliana Heker, que aborda la controvertida experiencia de una secuestrada en la ESMA y su relación con uno de los represores.

  Dentro del segundo grupo, el de los hijos de militantes, cabe mencionar obras como Soy un bravo piloto de la nueva China (2011), de Ernesto Semán; Diario de una princesa montonera - 100% verdad (2012), de Mariana Eva Pérez; o Pequeños combatientes (2013), de Raquel Robles. Todos estos autores son hijos de militantes desaparecidos.

  La obra a la que nos referimos en esta nota pertenece a este segundo grupo (aclaramos que, aunque sus padres no están desaparecidos, sí es hija de militantes montoneros). La novela en cuestión es La casa de los conejos, de Laura Alcoba, que presenta la particularidad de que, si bien ella es argentina, no está escrita en su origen en español, sino en francés. Ello se debe a que la autora vivió su infancia en la Argentina, pero siendo todavía una niña debió exiliarse en Francia por el peligro que corrían en la época de la dictadura ella y su madre, una militante política. La novela está dedicada a narrar hechos vinculados con su familia siendo ella niña durante los años 1975 y 1976, y es la primera obra de una “trilogía”, ya que luego fue completada con El azul de las abejas (2013) y La danza de la araña (2017), obras en las cuales la autora cuenta hechos posteriores en su exilio.

‘La casa de los conejos’. Antes del capítulo 1, la narradora da a entender los motivos que la llevaron a dejar por escrito lo ocurrido en su niñez. Así, en una especie de diálogo con Diana (Diana Teruggi, a quien está dedicada la obra), confiesa: “Te preguntarás, Diana, por qué tardé tanto en contar esta historia. Me había prometido hacerlo algún día, pero más de una vez terminé por decirme que no era el momento”. Sin embargo, destaca que luego de una visita al país junto a su hija en el año 2003 cambió de opinión y decidió relatar su historia: “Por fin voy a evocar toda aquella locura argentina, a todos aquellos seres arrebatados por la violencia. Me decidí a hacerlo porque muy a menudo pienso en los muertos, pero también porque sé que no hay que olvidarse de los sobrevivientes”. Como en muchos otros casos, lo que narra es un relato que da cuenta de hechos que efectivamente ocurrieron, sin que por ello sea meramente un testimonio ya que lo relatado adquiere forma literaria. 

  Laura, la protagonista y narradora de la historia, comienza contando que antes vivía con sus padres en un departamento en una zona céntrica de la ciudad de La Plata, pero que en ese momento (1975) se ha ido a vivir a una zona de los alrededores de dicha ciudad. Al referirse a ese nuevo hogar, la madre le dice que ahora vivirían en una casa con tejas rojas como aparentemente le gustaba a la niña. Sin embargo, no es eso lo que piensa Laura: “Tengo la impresión de que mamá no me entendió bien. Referirme a una casa de tejas rojas era tan solo una manera de hablar. Las tejas podrían haber sido rojas o verdes. Lo que yo quería era la vida que se lleva ahí dentro. Padres que vuelven del trabajo a cenar, al caer la tarde. (…) Una mamá elegante con uñas largas y esmaltadas y zapatos de taco alto”. Desde un principio se plantea así el conflicto con el modo de vida en que vive la niña. Es decir, sus padres llevan una vida que está lejos del tipo de la que tenían comúnmente otras familias. Lo que se relata en la novela es esa clase de “vida especial” que llevan sus padres y, por consiguiente, la “niñez peculiar” que vive la narradora.

  Lo que hace singular la infancia de Laura es que sus padres integran la organización armada Montoneros. Al comenzar la historia, se ven obligados a extremar las medidas de seguridad para poder mantenerse con vida: “Es necesario, porque ciertas personas se volvieron muy peligrosas: son los comandos de la Triple A, la Alianza Anticomunista Argentina, que ‘levantan’ a los militantes como papá y mamá y los matan o los hacen desaparecer”.

  Si bien Laura es una nena de 7 años, la narradora señala que comprende bien cuál es la situación y lo fundamental que es ser precavidos: “A mí ya me explicaron todo. Entendí y voy a obedecer. No voy a decir nada. Ni aunque me hagan daño. Ni aunque me retuerzan el brazo o me quemen con la plancha. (…) Yo ya entendí hasta qué punto callar es importante”.

  Más adelante, la madre le comunica a la niña que pronto se mudarán a vivir con Daniel y Diana, a quienes llama de manera afectuosa Cacho y Didi. Según cuenta Laura, la vivienda a la que se trasladarán fue seleccionada por la conducción de Montoneros debido al galpón ubicado en el fondo del terreno. En ese espacio se montará un criadero de conejos que, en realidad, funcionará como una pantalla para la construcción de un sector oculto donde operará una imprenta destinada a la publicación de la organización, Evita montonera. 

   En esa obra trabajan el Ingeniero, responsable del diseño del lugar clandestino, y el Obrero, tal como se los nombra en el relato. Tanto el criadero como el sitio donde funcionará la imprenta se construyen de manera simultánea: “Las dos obras avanzan al mismo tiempo y las cosas, cada día, van tomando más forma: mientras de allá atrás se extraen kilos y kilos de tierra para crear el cuarto secreto donde se esconderá la imprenta, en el galpón se apilan docenas de jaulas metálicas destinadas a los conejos que pronto vendrán a vivir con nosotros”.  Obviamente, ese lugar donde va a vivir Laura es lo que da el título a la obra, La casa de los conejos.

  La propuesta del criadero de conejos no cumple únicamente la función de encubrir la verdadera actividad que se llevará a cabo en el lugar, la impresión de Evita montonera, sino que además sirve como justificación para la posterior distribución de la publicación: “Cuando los conejos estén con nosotros, los viajes incesantes de la furgoneta gris, que servirá para llevar gente o para hacer salir de la casa los periódicos que ya se están imprimiendo, se explicarán como transporte de conejos o reparto de conservas”.

   Una vez iniciada la actividad prevista en esa vivienda, la madre de Laura se dedica de lleno a la impresión de la publicación de Montoneros, mientras que Didi asume el rol de cuidadora afectuosa de la niña. En contraste, el padre ha sido detenido y Laura lo visita en la cárcel, un encuentro que resulta especialmente perturbador para ella.

   La obra se estructura en 18 capítulos y un cierre final sin numerar que concluye el relato. Es en este tramo final donde el ambiente se vuelve cada vez más asfixiante. Así como el primer capítulo está fechado “La Plata, Argentina, 1975”, el capítulo 13 consigna “La Plata, 24 de marzo de 1976”, fecha correspondiente al golpe de Estado. Este acontecimiento es narrado por Laura de la siguiente manera: “Ya está. Ocurrió. Fue Diana quien me lo dijo no bien me levanté. En verdad, hacía tiempo que lo esperábamos. Desde algunos días atrás, la prensa venía anunciándolo. ‘Es inminente el final. Está todo dicho’, había llegado a titular un periódico”.  

  Por razones vinculadas a la seguridad, Laura deja de asistir a una escuela religiosa administrada por monjas. Esta situación la distancia todavía más, si eso fuera posible, de lo que podría considerarse una “vida normal”. De este modo, en el anteúltimo capítulo, la niña se detiene a reflexionar: “¿Cuánto tiempo hace que no voy a la escuela? Tres, cuatro meses quizá. (…) Estoy obsesionada por el miedo a volverme idiota, como la presidenta, que al final ya no entendía nada de nada. (…) Sé perfectamente que debería estar aprendiendo cosas nuevas, que todos estos días sin escuela me alejan más y más profundamente del resto de los chicos y de lo que pasa fuera de la casa”.

  En ese mismo capítulo 17, en el que la niña elabora estas reflexiones, surge en la obra un elemento fundamental que puede leerse como una síntesis concentrada y visual de la situación particular que atraviesa. En un momento, Laura piensa en crear un crucigrama como una manera de ejercitar la mente y le comenta la idea a Diana, quien la recibe con entusiasmo y la alienta a llevarla a cabo. 

   Lo significativo de este hecho es la forma en que Laura concibe ese crucigrama: “Yo quería darle una sorpresa imaginando palabras que, al cruzarse, dijeran algo de lo que nos estaba pasando”. Las referencias de las palabras cruzadas que inventa la niña son las siguientes: “Horizontales: 1, Del verbo ‘ir’; 2, Imitadora, fracasada y odiada; 3, Del verbo ‘dar’; 4, Patria o…; Verticales: 1, Asesino; 2, Casualidad; 3, Literatura, música”. En el texto aparecen las respuestas con el diagrama propio de un crucigrama, siendo las más significativas las horizontales 2 (Isabel) y 4 (muerte) y la vertical 1 (Videla). Así imagina la niña unas palabras cruzadas que “hablaran un poco de lo que nos sucedía”.

  Las maneras en que se ha narrado literariamente la dictadura son múltiples. Si bien no faltan las que dan cuenta de los secuestros, torturas y muertes que efectivamente ocurrían en esa época, otras tantas eligen muy diferentes perspectivas (como es el caso de la novela aquí abordada). Claro que, en forma más explícita o implícita, con toques de humor o sin ellos, de todas las narraciones brota ineludiblemente el trágico clima de la época.

*Licenciado en Letras (UBA), doctor en Ciencias Sociales (UBA). 

IG @carloscampora100.