La renuncia de Cámpora, una fallida solución a una época conflictiva
Mañana se cumplirá un nuevo aniversario de la dimisión de Héctor J. Cámpora a la presidencia de la nación en 1973. En esta nota, se rememoran los hechos que conformaron el complejo entramado histórico en que ella se produjo y el escaso resultado que tuvo.
Entre marzo y octubre de 1973, la política argentina vivió uno de los períodos más intensos, vertiginosos y conflictivos de su historia. En apenas siete meses se produjo el fin del gobierno de facto autotitulado “Revolución Argentina”, el regreso del peronismo al poder después de dieciocho años de proscripción, el retorno definitivo de Juan Domingo Perón al país, “la masacre de Ezeiza”, la renuncia del presidente Héctor J. Cámpora, una nueva elección presidencial en septiembre y la asunción de Perón a la primera magistratura en octubre. En esta nota, nos detenemos en un hecho central de ese período: la renuncia de Cámpora a la presidencia.
Para entender el significado histórico de esa dimisión, debe tenerse en cuenta el contexto en que se produce. Comenzaremos entonces por recordar que, en la etapa final del gobierno de la “Revolución Argentina”, surgida a partir del golpe de Estado de junio de 1966, quien ocupaba la presidencia era el general Alejando Lanusse. Ante el deterioro del gobierno militar, en 1972 este decidió llamar a elecciones presidenciales, pero con un requisito legal que intentaba limitar la participación de Perón en ellas. En efecto, se había establecido una cláusula de residencia que impedía presentarse a las futuras elecciones presidenciales de marzo de 1973 a cualquiera que no estuviera en el país antes de agosto de ese año.
Ante esta estrategia, Perón reaccionó designando como candidato del FREJULI (Frente Justicialista de Liberación) a Héctor J. Cámpora, quien había presidido la Cámara de Diputados durante su primer gobierno y era un hombre de máxima confianza y lealtad. Sin embargo, la misma campaña electoral llevó una consigna que mostraba la debilidad institucional; es decir, la difundida consigna “Cámpora al gobierno, Perón al poder” explicitaba que el gobierno tendría un ocupante formal, pero que el mando real residiría en otro lado. En esas elecciones presidenciales celebradas el 11 de marzo de 1973, el FREJULI se impuso con casi el 50% de los votos.
Un par de meses después, el 25 de mayo de 1973, Cámpora asumió la presidencia en medio de una movilización popular extraordinaria. La nueva administración representaba, en gran medida, a los sectores juveniles y a la izquierda peronista que habían ganado influencia durante los años de proscripción. Sin embargo, no debe perderse de vista un hecho muy importante, que a veces ha pasado desapercibido y que se relaciona con lo que plantearemos al final de esta nota: el gabinete ministerial mostraba una gran heterogeneidad, que era representativa de las diversas facciones que conformaban el peronismo. Recordemos algunos nombres y pertenencias: Esteban Righi, un joven abogado penalista vinculado a la Tendencia Revolucionaria, asumió el Ministerio del Interior; José Ber Gelbard, un influyente empresario vinculado a la burguesía nacional, tomó la cartera de Economía; José López Rega, secretario privado de Perón y representante de la facción ultraderechista del movimiento, llegó al Ministerio de Bienestar Social; Ángel Robledo, histórico miembro del primer peronismo y convencional constituyente en 1949, ocupó la cartera de Defensa.
Luego, menos de un mes más tarde, el 20 de junio ocurrió un grave hecho. Ese día estaba planificado el regreso definitivo de Perón al país y se había montado un palco en la autopista Ricchieri, cercano a la zona de Ezeiza, desde el cual el veterano líder se dirigiría a la multitud. Sin embargo, lo que se suponía iba a constituir una gran fiesta popular donde Perón se reencontraría con sus simpatizantes luego de tantos años, adquirió características de tragedia, ya que se produjo un enfrentamiento armado entre sectores de derecha e izquierda del peronismo, dejando un saldo apreciable de muertos y heridos. Por ello, este desgraciado hecho es usualmente recordado como “la masacre de Ezeiza”.
Al día siguiente de lo sucedido, Perón habló al país por cadena nacional y, si bien en su discurso trató de manejarse con cierta ambigüedad, dejó entrever la postura que iba tomando. No condenó a los sectores que habían iniciado el enfrentamiento (sectores ultraderechistas) y, en cambio, concentró toda su severidad en advertir que no toleraría que se desvirtuara el movimiento doctrinario mediante “infiltraciones” ideológicas ajenas a la tradición justicialista.
A partir de “la masacre de Ezeiza”, sectores de la derecha peronista presionaron para desalojar a Cámpora de la presidencia y que se realizaran nuevas elecciones en las cuales fuese Perón el candidato. Por cierto, el propio Perón entendía que los conflictos dentro del movimiento habían alcanzado tal grado que se tornaba necesario que él mismo asumiese las riendas del poder. Ya no bastaba con aquella consigna de “Cámpora al gobierno, Perón al poder”; ahora parecía obligatorio que gobierno y poder confluyesen en una misma persona. Ante la situación planteada, Cámpora, que siempre se había manifestado como leal a Perón, entendió que debía renunciar y fue así como él y su vicepresidente, Vicente Solano Lima, presentaron sus dimisiones el 13 de julio.
La renuncia de Cámpora a la presidencia, a solo 49 días de haber asumido, era el paso necesario para que Perón asumiese el gobierno. Esta solución se presentaba como una firme garantía de que los conflictos que se venían produciendo fueron dominados por la proverbial habilidad de conducción del líder. No solo los peronistas, sino una gran porción de la ciudadanía supuso que con Perón en la presidencia finalmente se encauzaría la compleja situación. De hecho, en la elección de septiembre de 1973, en las que Perón encabezaba la fórmula presidencial, esta obtuvo un aplastante triunfo con más del 60% de los votos. Sin embargo, desafortunadamente, el paso al costado de Cámpora no llevó a la solución de los graves problemas que afrontaba el país.
Repasemos ahora brevemente qué sucedió luego de su renuncia. Pocos días después de celebrarse las elecciones que llevarían a Perón a su tercer gobierno, el 25 de septiembre, un comando que pertenecía a Montoneros asesinó a José Rucci, secretario general de la CGT, hombre con quien contaba Perón para guiar al sindicalismo y concretar el “pacto social” que esperaba implementar entre empresarios y trabajadores.
Luego, estando Perón ya como presidente (había asumido el 12 de octubre), ocurrió otro grave hecho. El 19 de enero de 1974 se produjo un ataque a la Guarnición Militar de la localidad de Azul, Provincia de Buenos Aires, por parte del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo), organización guerrillera no peronista y de menores dimensiones que Montoneros. Este ataque sirvió de excusa a Perón para cuestionar no solo a este grupo guerrillero, sino al accionar de la guerrilla en su conjunto, lo cual incluía obviamente a Montoneros.
Meses después, el 1° de mayo de 1974, durante el acto por el Día del Trabajador en la Plaza de Mayo, se produjo otro hecho significativo. Desde el balcón de la Casa Rosada, Perón cuestionó duramente a los sectores juveniles del movimiento, a la vez que multitudinarias columnas juveniles y de Montoneros abandonaron la plaza en medio del acto. Esto mostró claramente la ruptura pública entre Perón y sectores de la izquierda del movimiento.
Otro hito fundamental del proceso histórico de la época ocurrió el 1 de julio de 1974: la muerte de Perón. El veterano líder había sufrido infartos cardíacos en los últimos dos años a los cuales había podido sobrevivir. Sin embargo, un tercer infarto, sumado a otros problemas de salud, terminó con su vida a los 78 años.
La muerte de Perón a su vez abrió una nueva etapa caracterizada por el debilitamiento progresivo del gobierno constitucional y la aceleración de la violencia política. María Estela Martínez de Perón asumió la presidencia, pero obviamente sin la autoridad política de su esposo. Su gestión debió enfrentar presiones de los sindicatos, de las Fuerzas Armadas, de la guerrilla y de distintos sectores del peronismo. El ritmo del deterioro de la situación política se incrementó aún más y finalmente desembocó en la trágica dictadura militar surgida del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976.
En cuanto a Héctor J. Cámpora, recordemos que este aceptó ejercer la Presidencia de la Nación siendo consciente de que nunca tendría totalmente las riendas del poder y que, si bien mantuvo siempre su lealtad a Perón, este no retribuyó esa conducta y lo hizo objeto de reiterados destratos. También recordemos que, luego del golpe de Estado de 1976, Cámpora tuvo que exiliarse en la embajada de México, lugar del que la dictadura militar solo le permitió abandonar en noviembre de 1979 estando él gravemente enfermo. Finalmente, exiliado en el país azteca, falleció al año siguiente, en diciembre de 1980.
Con referencia a los múltiples y contradictorios hechos acaecidos en la primera parte de los años 70, estos han sido, por cierto, objeto de numerosas interpretaciones. Aquí queremos plantear específicamente una posible interpretación sobre la renuncia de Cámpora a la presidencia. Esa dimisión se suponía que iba a dar paso a que Perón asumiese el gobierno y solucionase con su autoridad política los graves problemas que atravesaba el país. Se esperaba que el viejo líder pudiese disciplinar a las facciones en pugna y devolverle orden al Estado. Sin embargo, como hemos reconstruido, ello no fue lo que sucedió.
Dadas las fuerzas en conflicto en aquella época, cabe interpretar que Cámpora tendía una especie de puente político entre los sectores de la izquierda peronista y el aparato tradicional del partido, como mostraba su gabinete ministerial al que hemos hecho mención, el cual estaba compuesto por miembros de marcada heterogeneidad. La asunción de Perón a la presidencia no aplacó las contradicciones existentes, sino que más bien las avivó. Su ejercicio del gobierno duró escasos meses durante los cuales no logró encarrilar la situación. Luego de su muerte, hubo un notorio incremento de las acciones de grupos guerrilleros y de organizaciones parapoliciales. El deterioro del orden político bajo Isabel Perón fue mayúsculo y el golpe de Estado de 1976 dio lugar a una de las épocas más trágicas de nuestra historia. Entonces, frente a los hechos realmente sucedidos, cabe preguntarse qué hubiera pasado si Cámpora no hubiese renunciado. Por supuesto, esto es contrafáctico y muchas podrían ser las respuestas a esa pregunta. Sin embargo, sobre lo que no cabe ninguna discusión, son los penosos hechos que efectivamente ocurrieron luego de esa dimisión.
*Doctor en Ciencias Sociales (UBA).
IG @carloscampora100.
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