Una batalla tras otra contra el vacío
El paradigma TikTok en los relatos contemporáneos, la inmediatez y el riesgo de fanatismo para contrarrestarlo.
Desde que nos reunimos alrededor del fuego, surge el milagro del relato, que amplía nuestra experiencia individual y colectiva. Nace así la cultura. Esa historia se convierte en mitología, religión, filosofía, literatura, teatro, cine, ¿videos de TikTok? Desde el principio los relatos han sido piezas que configuran la cosmovisión de una época. En los relatos compartidos hemos buscado sentido comunitario e individual para ordenar al caos de experiencias que es la vida.
Cuántos habrán visto en el héroe griego de la Ilíada, Aquiles, la importancia de la gloria por encima de una vida tranquila y duradera, y en su némesis troyana, Héctor, el valor de defender el hogar y honor propios. Cuántos habrán hallado las propias dudas existenciales en las de Hamlet, acerca de si ser (y confrontar el sufrimiento) o no ser (y no vivir).
El reconocimiento de nuestra conflictiva identidad latinoamericana, mestizaje entre “civilización” y “barbarie”, en el cuento El Sur de Borges. La revisión de nuestra negación a lo que ocurría en las sombras de la dictadura argentina en la película La Historia Oficial. Los dilemas respecto al atractivo y alienante vínculo humano-máquina en el recorrido del héroe de fin de milenio Neo, de Matrix.
Como todo relato significativo, estos tienen infinitos sentidos. Para construir el propio hay un recorrido que uno realiza, donde uno se sumerge en ese mundo imaginado, en el sufrimiento, el amor y los valores de sus personajes. Pero, ¿qué pasa en una sociedad que padece de vacío de sentido y que se rige por la inmediatez, el efectismo y la homogeneización del paradigma Tik Tok? Para empezar, gana el Oscar a mejor película Una batalla tras otra.
Cine tiktoker. Las nuevas generaciones más que ver películas o series, escrolean en YouTube, TikTok o Instagram. La atención y el tiempo de tolerancia son menores y el escroleo, en busca de gratificación inmediata, interminable. Un buen tiktoker sabe que tiene instantes para captar la atención; hay que decir o mostrar algo superador, cada vez. El freak show se vuelve la norma, y la diferencia se caricaturiza. En su ensayo sobre el mundo digital, La expulsión de lo distinto, Byung-Chul Han menciona que en su “pluralidad aparente y superficial, no se advierte la violencia sistémica de lo igual; la pluralidad y la elección fingen una alteridad que en realidad no existe”. Los cinco mejores goles de la historia, el knock out más espectacular, el chiste más desubicado, el músico callejero más increíble; en el escroleo todo es más y más… Ruido. Se pierde el proceso: vemos los goles, pero el partido y el entrenamiento quedan en el olvido. El chiste se vuelve gritar o hacer algo irrespetuoso, más que juego de palabras o humor ingenioso.
Así como el cine que es posterior a la literatura se alimenta de la literatura, TikTok se alimenta del cine. Pero a su vez el cine se ha “tiktokizado”. Los mayores exponentes de la industria sostienen una tendencia dominante que vacía al cine de sí mismo, en cuanto a profundidad y particularidad con la que presenta sus narraciones y sus personajes, y el vínculo que pueda generar con ellos el espectador. Lo han demostrado los Oscar de este año. No sólo el premio a mejor película para Una batalla tras otra, sino la segunda película con más estatuillas, Pecadores, y otras nominadas, como Marty Supreme. Hay excepciones, como Hamnet y Valor Sentimental.
Una batalla tras otra inicia con un diálogo donde la sensual y egocéntrica Perfidia le dice a un dubitativo Pat: “Quiero que crees un espectáculo. Este es un anuncio de una jodida revolución. Hazlo bueno, brillante, impresioname”. Podría ser el manifiesto del marketing tiktoker. Después de eso hay una secuencia con varios ingredientes “explosivos”. Mientras el grupo revolucionario French 75 libera inmigrantes apresados por un estado represivo, la líder Perfidia confronta y ¿seduce? al general “Mandíbula trabada”: mientras lo amenaza con un revólver y declara la revolución, le exige que tenga una erección. Obviamente también explotan bombas de manera literal. De ahí en más, la película pasa de una escena a la otra sin respiro, con un humor negro que excusaría el morbo y la banalización de la violencia. La exhibición constante de climax, la vuelve una película sin proceso y, por lo tanto, sin climax. Difícil saber dónde empieza y dónde termina, y menos vincularse con los deseos y los miedos de los personajes. Como si el montaje se hubiera encargado de la práctica frenética del escroleo por nosotros.
Por otro lado, se presenta como una película política, ya que en la superficie está el tema candente de la inmigración frente a un estado represivo y deshumanizante. Sin embargo, no se interioriza ni empatiza con la experiencia de ningún inmigrante, ni plantea debate sobre la problemática; aquellos son solo la escenografía que justifica cada granada que sus personajes egocéntricos tiran al espectador con el fin de no perder la batalla comercial contra el celular y sus redes sociales, que amenazan desde el bolsillo. El único atisbo de humanidad que, de a momentos, aparece en la película es el torpe y fallido intento de Pat de ser un padre suficiente para su hija.
Vacío de sentido y fanatismo. Hace ya cuarenta años, el sociólogo Gilles Lipovetsky declaró La era del vacío, en su ensayo homónimo. Describe el final de los grandes relatos, los grandes proyectos políticos que marcaron sentidos comunitarios y sociales históricos. Y el surgimiento de un individualismo extremo, narcisista y hedonista. Porque si no hay proyectos a realizar, lo único que queda es apuntar al consumo de placer inmediato. Sin embargo, cien años antes, el visionario filósofo Friedrich Nietzsche ya había planteado el final de la verdad absoluta en su polémica declaración de la “muerte de Dios”, como conciencia de la falta de fundamentos de la existencia y despliegue de nuestra libertad. Es decir, no hay un único camino correcto ni un ser superior que puede predeterminarlo, estamos llamados a ser libres y responsables de construir nuestros propios valores y sentidos. El peligro está en no transitar la angustia que esto implica, y desesperar frente a la falta de camino demarcado. Anestesiarnos con el placer inmediato del escroleo “inifinito” se convierte en una gran tentación. Pero para tapar el vacío, se necesita cada vez más estímulo y velocidad en recibirlo. Genera una tolerancia, que multiplica nuestra adicción al efectismo. A medida que miro un video tras otro, necesito más fuegos artificiales para sentir alguna recompensa, impulsado por una ansiedad que se multiplica en el apuro por seguir buscando la recompensa. Y así siento cada vez menos y el vacío incrementa… Y la depresión, cuyo núcleo suele ser la carencia de proyecto, está en puerta.
Otro riesgo del cruce entre el paradigma TikTok y la era del vacío, es el fanatismo, la construcción de un falso sentido totalizador. La polarización tanto política como religiosa surge del miedo primario que tenemos a la falta de certezas permanentes de la existencia, como explica el psicólogo existencial Kirk Schneider. La fobia a la incertidumbre lleva a una reacción defensiva en falso de negación del otro, para adherirse a convicciones absolutas, por más reduccionistas que sean. Para estar seguro de mi perspectiva elimino la posibilidad de dialogar con el diferente menospreciándolo. Esto se potencia con la facilitación del prejuicio que contiene el paradigma TikTok. Respuestas como “zurdos ineptos” o “neoliberales vende patria” recibirán muchos likes y visualizaciones. Finalmente, el insulto ocupa el lugar del debate; se naturaliza humillar al que piensa distinto, incluso con alusiones sexuales. Esto pasa en los cargos más altos de la política, como entre ciudadanos comunes, en Argentina, Estados Unidos, y tantos otros lugares del mundo.
Una batalla tras otra podría parecer una eficaz metáfora de la polarización actual, donde la política, la crueldad y la sexualidad se banalizan y mezclan eufóricamente en redes sociales de presidentes y de ciudadanos. Pero al replicar y estetizar este alarmante cocktail que pretendería criticar, la película pareciera más una funcional muestra en miniatura, en lugar de aquella metáfora que necesitamos para reflexionar sobre lo que nos está pasando.
Paralela a esta tendencia dominante, también existen relatos alternativos que convocan a volver a sentir, a ponernos en contacto con lo que nos pasa. Hamnet, otra película nominada a los Oscar de este año, aunque relegada a segundo plano, se ha animado a contar el proceso de duelo por la muerte de un hijo. El padre del niño Hamnet es William Shakespeare que se inspira en él para crear su obra Hamlet, pero lo más potente es la humanidad compartida. Cómo ese joven dramaturgo busca transforma el dolor y el amor en arte, y en un vívido y conmovedor ritual colectivo de homenaje al ser perdido y al misterio de la vida. Un ritual que reúne a esos dos padres con los espectadores londinenses del siglo XVII frente a la obra Hamlet, y con espectadores argentinos del presente frente a la película que la contiene, trascendiendo así el espacio-tiempo.
Por más acallada que esté, esa humanidad compartida está presente en todos nosotros. Hecha de sufrimiento, amor y de capacidad de realizar sentido. La falta de un camino predeterminado nos convoca con más fuerza a ser libres y responsables de nuestro proyecto individual y colectivo. Surge así el dilema de este tiempo: ser y enfrentar la construcción de sentido y su incertidumbre; o no ser y anestesiarnos en el escroleo y la polarización.
*Psicólogo y guionista. Coautor de ¿Quiénes somos después de la pandemia? Psicología, tecnología y vínculos.
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